
No sé a santo de qué, pero hoy por la mañana me acordé de mi primera incursión en el mundo de los negocios. Fue hace mucho, un titipuchal de años, cuando me dio por convertirme en un ciudadano productivo, ejemplar y (de pasadita, como no queriendo la cosa) millonario tipo Slim. Era yo joven e idealista, y no obstante estos defectos puse manos a la obra y abrí un negocio de lavado de autos: "LIMPIO... hasta el último detalle". Un amigo y yo ―con unos uniformes ñoñísimos que nos inventamos― lavábamos coches a domicilio. Era la muerte. Estábamos a merced del sol, de la lluvia, de los locos al volante, de los pandilleros, de los policías, de las cacas pajariles, de las burlas de todo el mundo. Por fortuna, el negocio fracasó estrepitosamente a las pocas semanas, y entonces decidí que mejor me iba a dedicar a algo menos físico y más intelectual.
Pero volví a fracasar, esta vez por falta de intelecto.
Poco después, convencido de que era un bueno para nada, hallé refugio en la publicidad. Y ahí me estacioné con freno de mano.
¿Que por qué ando contando aquí mis intimidades? ¿Que a quién pueden importarle? ¿Que si ya ando otra vez de ocioso escribiendo lo primero que se me viene a la mente para no quedarme dormido en el escritorio?
En una de las preguntas está la respuesta.
Hasta el último detalle.
***


2 comentarios:
Caramba colega. Qué reflexión. y lo mejor de todo es que lo mejor de todo está por venir. Saludos cordialex.
¡Colega!
Luego de esta sesuda reflexión decidí irme de vacaciones. Estoy en México consumiendo puros estimulantes intelectuales: tacos, tortas, chilaquiles, frijoles refritos...
Nos veremos dentro de diez kilos.
Sócrates
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