lunes 25 de julio de 2011

Galofrando con los Malpica

El querido parque: antes fue un hervidero de niños
y hoy éstos brillan por su ausencia. Qué triste.


El mundo es un pañuelo, decía mi abuela. Y con sobrada razón. Resulta que dos antiguos vecinos míos, los hermanos Javier y Toño Malpica, son hoy en día dos de los mejores escritores mexicanos de literatura infantil y juvenil. Toño y Javier acumulan premios al ritmo que yo acumulo deudas: una cosa impresionante.

El chiste es que me topé con ellos hace poco en la ancha mar de Internet. Nos escribimos, nos saludamos con harto afecto, intercambiamos anécdotas y toda la cosa.

Hace mucho tiempo
en una galaxia muy, muy lejana...


Tipazos los dos Malpica. El puro apellido me trae recuerdos de una época en concreto: los años setenta, es decir, los años de mi infancia. Así, me vienen en tropel gratas imágenes (y algunas ingratas, que de todo hubo): el parque de la colonia, los partidos de futbol en la cancha de tierra, los columpios, el pasamanos, la casa de los tubos, las palomillas de la cuadra, la moquetiza que le di al niño sangrón amigo de los Manolos, la moquetiza que me dio el niño sangrón amigo de los Yayos, el estreno de La guerra de las galaxias (la buena, la de 1977), la tienda de la señora Magaña, los camioncitos de Marinela que anunciaban a través de altavoces la llegada de los gansitos y los chocorroles (ni modo: le entré duro a la chatarra), mi hermano Rodrigo patinando a la velocidad de la luz, PUM, PUM, PUM, las explosiones de dinamita por la construcción de la presa Madín (terminamos viviendo junto a una cortina de unos cincuenta metros de altura y millones y millones de litros de agua), los árboles que escalamos hasta mero arriba, la fuerza de gravedad que nos hizo descender a ramazo limpio y a 9.18 metros por segundo al cuadrado, la súbita aparición en la papelería del póster de Farrah Fawcett en traje de baño (que puso en entredicho mi inocencia infantil), las batallas a pedradas con los Yayos (jamás usamos casco: de ahí el daño), el desastroso mundial de Argentina 78 (los ratones verdes quedaron en último lugar, acribillados a goles), el balón Tango que nos compró mi padre y que puso en riesgo las finanzas caseras, el mismo balón Tango que se ponchó a la semana siguiente cuando mi hermano Rodrigo rompió una ventana de un tiro libre. En fin. Un desorden de imágenes. Pero entrañables como un buen sueño.

Toño Malpica, cuyas facultades narrativas y cronológicas son muy superiores a las mías, lo cuenta mejor que yo en su página web: Galofrando. No deje de visitarlo. Se encontrará con un amigo de toda la vida, en un país de fábula: la infancia.

Mi hermano Rodrigo, de elegante mameluco,
y yo, de uniforme escolar. Año del caldo.

***