jueves, 13 de marzo de 2014

Águilas Z

IV. Derribados.

Eagles are not afraid of vultures... by Ufekkk007

Muchos meses después...

El silencio reinaba en la amplia habitación, y en su cabeza, hasta que escuchó acercarse unos pasos a lo lejos, por el pasillo.
Aya, sentada en aquellas escaleras de piedra frente al trono en el que algún día algún noble se sentó, elevó la cabeza mirando al frente, molesta. Los portones de madera se abrieron y un joven entró, alto, bastante fuerte, con el gesto amable pero preocupado y una barba bastante prominente.

– Hemos encontrado a otro en la carretera. - Dijo sin miramientos. 


Aya, se cruzó de piernas y permaneció pensativa. 

- Venía en moto, no tiene mucha carga, sólo algunas armas. Parecía estar solo. No ha querido decirnos más.

Ella seguía pensando. Pasados unos veinte segundos, volvió a elevar la mirada hasta el joven y asintió con la cabeza.

– Tráelo. Y llama a los demás. – El joven, como movido por un resorte, se giró sobre sus propios pies y salió despedido de la sala.


Aya aprovechó para caminar hasta el gran asiento de madera engarzado con joyas y las tocó con sus dedos, asombrada por su brillo, con el gesto serio. Siempre serio. Se pudo ver reflejada en ellas, altiva y con los ojos profundos y pesados, cansados pero con una violencia de la que ella no se sentía poseedora. Poco después entraron en la sala otros dos jóvenes, uno muy grande y otro más bien pequeño, pero que pecaba de pura sabiduría. Antonio y Enrique. Ella sabía elegir bien a los que tenían que cubrirle las espaldas.
Y escuchó los pasos
extraños, después, llegar. Dio la espalda a la puerta principal, mirando al gran tapiz que había siempre tras el trono, y esperó que los pasos hubiesen terminado de hacer eco, sabiendo que tenía al intruso tras ella. Desde el tapiz, un grupo de seis águilas volando contra un atardecer, tejidas con la mano más dulce que podía ser capaz de imaginar, le devolvían la mirada, imperiales. Siempre le daban fuerzas.

– Al parecer no quieres contarnos si eres un lobo solitario o si nos vas a echar a tu manada encima de un momento a otro.


Con un gesto, Aya recogió una de las espadas que tenía apoyadas sobre el tapiz y la guardó en su funda, colgada de su cintura. Tal vez tuviese que usarla unos segundos más tarde, aunque no le hacía gracia la idea.
 
– No tengo nada que decirle a una escoria como vosotros. –
“Pum”

Restalló en la sala el puñetazo al extraño como un cañonazo ahogado en el mar. Aya unió las cejas.

No le gusta
ba aquello, tener que hacer aquellas cosas con los que aún eran humanos, pero la experiencia le había enseñado que o matabas, o morías. No era el mejor mundo en el que vivir, pero era el único, y ella lo sabía.

– Verás,
tenemos un problema. No podemos dejarte ir si no sabemos si vienes con gente detrás o no. No serías el primero aparecer a reconocer el lugar y lanzarnos a los perros encima. ¿Entiendes?
– Me importa una mierda lo que penséis, yo no le debo nada a nadie, menos aún a vosot... – “Plas” – ...Yo me cuido solito.

Un golpe más seguido de un gemido hizo que
Aya tuviese que morderse el labio. Se giró al fin sobre sí misma para ver al joven tirado en el suelo, boca abajo, sobre sus rodillas y manos. Parecía escupir sangre.

Mirándole, pero sin poder verle la cara, bajó los escalones de piedra uno a uno. Sus pasos resonaban en la sala mientras los demás la miraban con atención, alerta. Todos parecían estar tensos, su simple presencia en actos como aquel les ponía los pelos de punta. Era pura amabilidad, pero cuando
se trataba de temas difíciles... Por algo ella era la que tenía el mando.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca, desenfundó su espada, y despacio la colocó en su brazo.
Subió por su hombro y se depositó en su cuello, así obligándole a bajar la cabeza para que no la mirase. No quería verle los ojos.

– Voy a hacerte unas preguntas muy sencillas, y luego podrás marcharte. – “
Mentira”. – Así de fácil ¿De acuerdo? – No contestó, permaneció inmóvil. – ¿Cómo has conseguido sobrevivir sólo?
– … No siempre lo estuve.

Eso era lo que ella quería oír. Ahora sólo tenía que descubrir con quiénes estaba o había estado, y de dónde habían salido para evitar más problemas. Una lucecita se había encendido al fin sobre su cabeza.

– ¿Cuántos erais? ¿Y dónde están?
– Éramos una resistencia, y luego quedamos sólo dos. Y ¿Dónde? –
Rió de forma irónica, triste – Ojalá lo supiese...
– ¿No lo sabes? –
Su compañero, el alto, hizo un gesto de mofa. Eso lo había oído antes. – Creo que no voy a tragarme eso.
– Nos separamos. No tuvimos elección. Y no pudimos encontrarnos. -
Aya cerró los ojos unos segundos, exasperada. - No pude encontrarla...

“¿Encontrarla...?”
Aya iba a preguntar algo al respecto, intrigada, cuando algo tras ella atravesó la ventana con un estallido de cristales. Alarmada, lo miró. Era una bomba casera, y sin pensárselo se lanzó hacia delante tapándose los oídos, justo antes de que la mitad de la sala volase por los aires. Hizo un par de señales a los de su alrededor, notando el molesto pitido de la explosión embotarlo todo, dando órdenes a los suyos, y se encontró a Antonio apresando al prisionero contra la pared. Le aferraba del cuello, gritándole mil barbaridades distintas.

– ¡¿Son los tuyos?! ¡Maldito hijo de...! –
Aya se lanzó contra él y le apartó el brazo.
– ¡No le habrían intentado hacer volar por los aires si fuesen de los suyos! Déjale y busca un arma. – Supo que iba a replicar. - ¡YA!


Aya preparó sus armas. Encima sólo llevaba una pistola y la espada, pero de momento le bastaban. Dio un par de órdenes a gente que pasaba por debajo de la balaustrada y alguien le lanzó una pistola que cogió al vuelo. Se dispuso a girarse para dársela a Enrique, y empezar el contrataque, cuando notó el frío acero de un cuchillo pegarse a su cuello. No tuvo otra que permanecer totalmente quieta.

– Soy estúpida... - Susurró.

Aya cerró los ojos con una sonrisa, sarcástica. El prisionero estaba con ellos, claro que lo estaba, pero lo de casi matarle a él o se trataba de una nueva técnica algo suicida o denotaba que en ese grupo a nadie le importaba nada una mierda.  Sea como fuere, el engaño había funcionado.

– Sólo demasiado ingenua...

El cuchillo se pegó más aún contra su piel y pudo sentir la sangre comenzar a bajar por su cuello. Antonio apareció de la nada, y el prisionero pasó a poner el cuchillo en su espalda, casi clavándolo, para instar a que actuase con normalidad. Aya lo hizo.

– ¡Aya, los tenemos en ambos flancos!- Gritó, agitado. - ¡Te esperamos en el lado oeste, allí parecen agolparse los experimentados!
-
Ahora mismo voy. - Su gesto serio consiguió hacer que el chico se marchase.

Acto seguido, el cuchillo dejó de hacer presión en su espalda.
En su lugar una mano le aferró por el brazo, y le obligó a girarse. Al hacerlo, se encontró de frente con unos ojos cálidos, asustados, llenos de dolor y sobretodo tan conocidos...

– ¿...
Aya? – Con el gesto desencajado, él dejó caer su arma al suelo.
– ¿... Unai? Aya relajó su dedo del gatillo de la pistola con la que pensaba contraatacar, no hacía ni dos segundos.

Todo a su alrededor comenzaba a ser destrucción. Se escuchaban tiros por doquier, gritos, el humo comenzaba a llenar las callejuelas de aquella fortaleza que habían reformado a modo de refugio, pero ante todo ellos permanecían de pie, sin creer lo que estaban viviendo. 
Unai posó la mano en la mejilla de Aya mientras ésta dejaba escapar una exhalación, que culminó en una sonrisa. Casi le dolió. Hacía demasiado tiempo que no sonreía. Quería abrazarle, decirle tantas cosas... Pero la suerte tampoco iba a estar de su lado en aquel momento. La puerta de metal a la izquierda de ambos cedió, y por ella comenzaron a entrar montones de aquellas criaturas, que al parecer sus enemigos habían dejado entrar para hacer el trabajo sucio.

Ambos sacaron sus armas y comenzaron a luchar.
Aya pronto se quedó sin balas y tuvo que pasar a hacer uso de su espada mientras que Unai buscaba mil y una forma de esquivar los ataques que le propinaban para devolverlos con todo lo que tuviese a mano.

En su vida habían luchado ninguno de los dos de aquella forma, pero la adrenalina por protegerse mutuamente era tan fuerte que ni un tanque habría podido con ellos, y l
as criaturas, aquellos seres casi reptantes sedientos de sangre humana, pero lentos y torpes, fueron diezmados.
Sin embargo, aquellos que les habían asediado seguían vivos y de una pieza.
Antes de poder siquiera decir una palabra, Aya se llevó un golpe en la nuca que la hizo caer desmayada en los brazos de un extraño, repleto de jirones de ropa y malos tatuajes caseros, pero que tenía la mayor sonrisa de triunfo pintada en la cara existente en la faz de la tierra.


domingo, 2 de marzo de 2014

Águilas Z

III. Agua y sangre.

Shower by AWishperOfLove

Aya ni siquiera tuvo miedo cuando se arrojaron al vacío, su mente le intentaba decir que estaba en peligro pero el ruido de su corazón bombeando lo opacaba todo. Los brazos de Unai contra ella le robaban cualquier pensamiento válido en su mente, y disfrutó del momento como si fuese una eternidad, cuando seguramente no serían ni dos segundos. Fue entonces cuando el golpe la sacó de su ensimismamiento. El agua le apartó de él. Pataleó como pudo ¿Agua? ¿Había un río debajo de aquel puente? Salió a duras penas del asfixiante líquido hasta alcanzar el aire y miró a su alrededor. ¡¿Dónde estaba Unai?! Pudo ver algunos de esos seres cayendo al agua tras ellos ¿Sabían nadar? Nunca lo había comprobado... Pero en aquel momento le daba exactamente igual.

– ¡¡¡
UNAI!!! - Gritó entre los movimientos tan frenéticos del agua.

Aquel río, que había permanecido casi seco durante años, ahora estaba embravecido, salvaje e indomable, como si la presa que lo mantenía hubiese estallado a pedazos. Y seguramente, así debía ser.

Antes de poder seguir buscando, uno de los rápidos la hizo hundirse hasta chocar contra el suelo y
las rocas alrededor, repetidas veces. Quiso agarrarse a algo, pero parecía imposible. No podía creer que ese era su final, no mientras no le encontrase a él, aún si el pecho le ardiese a cada segundo que pasaba. Consiguió agarrarse a algo sólido, y asomó la cabeza tomando aire con dificultad para después subirse lo que quiera que le había salvado la vida. Resultó ser un camión de hormigón, que el agua parecía no haber podido arrastrar del todo. Cuando al fin consiguió salir, a duras penas, tosió para poder respirar con normalidad y le buscó.

Su corazón se paró cuando vio un bulto flotar.
Reconoció el azul cielo de la camiseta de Unai. Se lanzó tan rápido contra él como su cuerpo le permitió, ignorando el dolor, el frío y el peligro, y luchó contra la fuerza del agua hasta llegar a él. Le agarró de la cintura y se hundió bajo el agua para tirar de su cuerpo, haciendo que así flotase y no le entrase más agua en los pulmones. Empujó, nadó, pataleó, casi gritó en silencio bajo el agua que la ensordecía y la hacía chocar contra todo lo que había a su alrededor, pero una fuerza que no parecía suya tiraba de su cuerpo, solo para ponerle a salvo. Y al fin, como si su mayor deseo hubiese tomado forma, dio con la mano contra algo a lo que pudo aferrarse. Al momento sintió un golpe en la pierna de la fuerza de un bateo en béisbol, pero no se paró a comprobar qué había ocurrido, solo se molestó en sacar a Unai del agua a tirones y empujones. Consiguió que más de tres cuartas partes de su cuerpo estuviesen fuera y se lanzó a su lado, sobre el césped. Un reguero de sangre bajaba por la ladera hasta fundirse con el torrente masivo de agua... ¿Estaba herido?

– No puedes hacerme ésto... - No sabía si hablaba para él, para sí misma, para el mundo...
Aya se echó sobre su cuerpo practicándole los primeros auxilios. Una, otra y otra vez. Dos minutos. Cinco minutos. Seis minutos, su corazón estaba paralizado del miedo pero le pasaba oxígeno a los pulmones de un modo casi autómata, empujándole el pecho sin descanso, y entonces... Tosió. Al fin tosió. Aya le empujó para ponerle de lado y le hizo toser más aún ayudándole con un par de palmadas en la espalda.

– ¿
A-Aya... ? - Unai susurró entre toses, intentando fijar la mirada sobre ella.Se hizo el silencio unos instantes. Unai pudo centrar la mirada de forma débil y perdida sobre los ojos de Aya, que parecían tan húmedos como el resto de su cuerpo tras salir del río. ¿Acaso había estado llorando?
– ¡
Idiota!

Aya se le echó al cuello con un abrazo tan fuerte que durante un par de segundos se le olvidó incluso el dolor de los pulmones.

– Q-Qué susto me has dado... Dios... No vuelvas... - Se apartó de él unos segundos para sujetarle las mejillas entre sus manos. – A hacerme eso nunca... ¡Nunca! ¿Me oyes?

Como toda respuesta,
Unai simplemente la sonrió ladino y le colocó una mano en la cintura, para tranquilizarla. Estaba bien, no tenía que preocuparse, no volvería a dejarla nunca si podía evitarlo.Aya entonces volvió a la tierra, bajando de su nube anclada en la profundidad de sus ojos, y le repasó el cuerpo con la mirada de arriba abajo. ¿De dónde venía entonces la sangre? No se cortó un pelo y le levantó la camiseta de golpe. Unai hizo un comentario sarcástico, sin entender qué hacía, pero ella ni lo escuchó, siguió buscando. Y no vio nada. <<Entonces...>>
Se miró a sí misma. La pierna. Allí donde aquel golpe tan exagerado le había dado, ahora sangraba hasta hacer que un reguero la siguiese por donde quiera que fuese. No quiso levantarse el pantalón para ver qué era lo que había ahí debajo, pero
Unai se la adelantó. Ella habría hecho exactamente lo mismo.

– No te muevas. – Dijo.

Con un gesto serio, insistente, la obligó a tumbarse. Un dolor intenso la recorrió el cuerpo entero cuando sus manos se dirigieron a su pernera del pantalón y la subieron despacio. No quería mirar... No quería. No lo haría.

– Mierda... - <<¿Qué es? ¿Qué pasa?>> Pero no preguntó nada. – Un hierro, te ha atravesado la pierna.
– No lo saques.
– ¿Qué...?
¿Estás loca? ¡Así no puedes caminar!

Unai alzó la mirada furioso a los ojos de Aya, cuando vio que ella atendía con gesto fúnebre a otra cosa. Giró el rostro, y comprendió.


Por encima de ellos se acercaban al menos tres de aquellos seres, que parecían acabar de darse cuenta de su presencia.
Ambos dejaron lo que estaban haciendo para sacar sus armas, pero ninguna de ellas funcionó.
Estaban empapadas. Aya quiso sacarse el cuchillo que llevaba en el pantalón, pero al intentarlo rozó contra el hierro clavado en ella y gritó como si la hubiesen disparado. Aquellos seres reaccionaron y echaron directamente a “correr” hacia ellos. Unai les esperó de pie, con una pequeña espada entre las manos. Aya quiso hacer algo, pero simplemente no podía moverse, el dolor le llenaba la mente. Aún así insistía en coger su arma. No hizo falta, Unai sabía lo que hacía, y despachó a los tres sin mucho esfuerzo en menos de veinte segundos. Tras hacerlo, se quedó de rodillas tosiendo, expulsando los pocos resquicios de agua que le quedaban en el pecho. Su rodilla fue a dar sobre el pecho de uno de aquellos seres, y se manchó de una sangre putrefacta y ya fría.

– ¿Estás bien? - Preguntó
Aya, incorporándose.
– Soy duro de pelar.

Se acercó hasta que estuvo al lado de ella y le puso un brazo alrededor de la cintura para ayudarla a levantarse.

–Tenemos que encontrar refugio antes de que anochezca.
– ¿No podemos volver al de antes? - Preguntó ella, pensando en su hermano.
– Imposible, no se cuánto nos ha arrastrado el río pero... No nos daría tiempo a regresar. Además, está plagado.
– ¿Entonces...?
– Encontraremos algo.

Llegaron a la carretera mientras Unai mantenía su espalda en alto con un brazo y sostenía a Aya con el contrario.

Tardaron en encontrar un piso en el que poder entrar, que estuviese abierto pero fuese seguro.
Cuando se hicieron con uno se aseguraron de que fuese lo suficientemente alto como para saber que esos seres no llegasen con facilidad. La suerte estuvo de su lado, pues no se encontraron ni uno en el camino, y estuvieron a cubierto antes del anochecer. La hora punta. Aquellas criaturas no tenían ni los oídos ni el olfato tan desarrollado como para encontrarlos allí. Unai se empeñó en subir a Aya los últimos pisos en brazos, aunque ella se negase rotundamente, pues parecía ya demasiado cansada como para hacerlo por sí misma. Una vez dentro, tapiaron la entrada con todo lo que encontraron y Aya se dejó caer sobre el sofá con todo su peso, cerrando los ojos. Estaba empapada, dolorida, cansada... Y sentía una inmensa opresión en el pecho que susurraba por su hermano a cada segundo que pasaba, preocupada.
Unai mientras tanto seguía tapiando la puerta.

Mientras tanto
Aya aprovechó para arrancar un trozo de la tela del sofá, y tomó rumbo al baño, cojeando. Vio la bañera. <<Que recuerdos...>> se acercó a ella y entró dentro, con cuidado para no caerse. Una vez allí, se quitó los pantalones, la chaqueta y las armas, y los dejó caer fuera, extendiendo la pierna. Mordió el trozo de tela, y se aferró al grifo con tanta fuerza como tenía con su mano derecha. De un tirón, se arrancó el hierro. Ahogó el grito que profirió con la tela mientras notaba la sangre caer con fuerza al suelo de la bañera.
Moist Touch by enchantedone
Dejó caer la tela de su boca, repentinamente exhausta... Y gritó aun más fuerte, cuando sintió algo que no esperaba caer sobre ella.Unai escuchó el grito desde la puerta, y con la espada en alto de nuevo entró corriendo dando un portazo al cuarto de baño, esperándose cualquier cosa. Pero lo que encontró, en contra de todo pronóstico, fue a Aya y solo a ella, vestida únicamente con su camiseta blanca y la ropa interior mojándose con el agua de la ducha. La cara de ambos era de impacto. La de ella pasmada porque en aquel lugar hubiese agua potable, y funcionase incluso la caldera ¡Era agua caliente! y la de él por todo eso, y el añadido de encontrársela de aquel modo. Al tirar por culpa del dolor de arrancarse aquel hierro, Aya había accionado el grifo. Y Funcionaba. Simplemente no se lo podía creer... No podía. Y cuando se dio cuenta de que Unai la miraba, intentó cerrarlo avergonzada <<¡Estoy gastando éste agua! ¡Soy idiota!>> pero justo cuando iba a accionarlo, una mano la detuvo.

– Espera...

Tanto la mano como la mirada que él la dirigió eran totalmente decididas. Se quitó la chaqueta, dejó caer las armas a su espalda junto con sus botas, y entró dentro de la ducha con ella.

– ¿Qué estás...?

No pudo siquiera respirar cuando sintió sus manos rodearle la cintura. Unai la empujó para quedar debajo del agua, y Aya pudo notar el calor de ésta bajarle por la espalda, despacio.

Entre las gotas del agua y el vapor que poco a poco se formaba en la habitación, pudo ver el rostro de
Unai acercarse al suyo hasta quedar a escasos centímetros el uno del otro. Acababan de casi morir ahogados, e irónicamente estar ahí, bajo el agua una vez más, se había convertido en el mejor refugio posible. En el mejor lugar del mundo.

– ¿Y si en realidad estamos muertos? – Preguntó Aya, dudosa.

Agua y sangre se unían cayendo entre ambos sin descanso, formando un remolino grotesco que desaparecía por el sumidero.

– No quiero comprobarlo nunca.

Habló tanto con su voz como con sus labios, que ahora, silenciosos, se acercaron a besar los de Aya con el mayor cariño y deseo posibles. El “Gong” del corazón de ambos, restallaba al unísono creando un coro magnífico con el agua, chocando en el suelo de la bañera.

<<¿Comprobarlo?>> Pensó Aya. No importaba. En aquel momento no. 

_______________________________________________
Debo dar las gracias a Alfonso por la frase final de Unai. 
Cuando pregunté "¿Y si en realidad estamos muertos?" contestó "Que preguntita. No sé, contestaría que no quisiera comprobarlo nunca". 
Fue más que perfecto. Gracias. 

jueves, 27 de febrero de 2014

Águilas Z

II. No me conformaré con ésto.

Fight for your life  by Smaragdi

Caminaban los tres por mitad de la calle, con las armas en ristre, mirando a su alrededor. Todo estaba desierto, tan vacío, desolado y repleto de destrucción, que asustaba. Los coches levantados, las cristaleras rotas, las hojas del otoño campando a sus anchas. Y lo peor de todo... Aquel cielo gris, que permanecía así desde hacía tanto...

– Deberíamos ponernos a cubierto, no tardará en empezar a llover – Dijo Aya – ¿Está lejos el refugio?
– No, es la siguiente calle, ya casi estamos. - Respondió Unai.

Giraron la esquina, y se quedaron clavados en el sitio. Estaba plagado de aquellos seres. Aya tiró de ambos para que se escondiesen tras la pared de nuevo, y mantuvieron un silencio casi inhumano, atentos a todo. No les habían visto, pero sería cuestión de tiempo que les oliesen.
Unai levantó la mano y señaló a la mitad de la calle, donde una puerta blindada adornaba el edificio, en apariencia militar. Ese debía ser el refugio, pero era imposible llegar hasta él. Aprovechando que su hermano vigilaba y no la prestaba atención, Aya le hizo a Unai un gesto con la mirada, que increíblemente, él entendió a la perfección. Les distraerían de nuevo.

– Cuando te diga... – Susurró Aya a su hermano. – Corre hasta la puerta y no dejes de llamar hasta que te abran ¿Vale?

El hermano se le agarró al brazo y negó con la mirada, sabiendo lo que pretendía.

– Oye, será como antes, y además no estaré sola ¿De acuerdo? Uno solo no podría despistarles, hay que dividirlos, iremos los dos. No te preocupes.

En un gesto que no creía ni suyo le besó la frente y se apartó de él, señalándole que se escondiese.

Unai y Aya se miraron, asintiendo con la cabeza e incorporándose, y casi al unísono salieron corriendo hacia la calle atestada. Aquellos seres tardaron menos de un segundo en verlos y echar a correr jadeado hacia ellos, y tuvieron que hacer varias piruetas para que no les rozasen.
Cuando al fin llegaron al final de la calle, Aya se giró y silbó con fuerza para que su hermano corriese hacia la puerta. No tardaron en abrirle la entrada haciendo resonar las visagras metálicas, y cuando ella supo que estaba a salvo, volvió sobre sí misma, y se encontró corriendo de nuevo a toda velocidad. El camino se separaba, Unai le lanzó una última mirada para girar hacia la izquierda mientras ella lo hacía por su derecha, los seres se dividieron de forma patosa y abrupta.

Ni ellos sabrían cuanto tiempo pasaron corriendo ni cuántas de aquellas criaturas les seguían, pero cuando al fin se encontraron en lo alto del puente de la autopista, supieron que habían hecho mal, pues estaban corriendo de frente el uno contra el otro sin ninguna salida.
Se detuvieron en seco a menos de un palmo de distancia y se miraron con la respiración descontrolada, escuchando a los seres gritar tras ellos y sintiéndose completamente acorralados.

Era el fin... Pero Aya estaba tranquila, pues su hermano estaba bien, y a fin de cuentas, si aquella iba a ser su forma de morir...

Se alzó sobre sus pies, y agarrándose a la chaqueta de Unai se inclinó sobre éste de forma rápida para que no pudiese preverlo... Y le abrazó. Con la fuerza de un terremoto.
Los sentidos de Aya se habían abotargado, su cuerpo entero ardía mientras su estómago sentía que no necesitaría protección nunca más si podía abrazarle de aquella manera, y su mente viajó a un mundo lejano donde no existía el dolor, el miedo... En el que aquellos seres nunca habían sido reales. Sintió la necesidad de cortar el momento cuando la alerta pudo más que todo aquello, y atendió al gesto de Unai totalmente anonadado por lo que acababa de hacer, mirándola sin palabras.

Entonces sí, estaba lista. Sacó las armas que tenía, una en cada mano, y se giró sobre sí misma apuntando al primero de aquellos que se le iba a echar encima. No pretendía morir sin luchar, si aquel era su final sería el mejor que hubiese existido nunca, y sonrió ladina preparada justo cuando sintió unos brazos aferrarse a su cintura. Los de Unai.

Giró el rostro por encima de su hombro y le miró, sin entender qué hacía, pero antes de poder preguntar nada él la sonrió y le guiñó un ojo.

– Si crees que pienso morir aquí... ¡Vas lista!

Tiró de Aya hasta acercarse peligrosamente al borde del puente y cuando sintió sus pies casi en el aire, la giró para tenerla de frente y la volvió a abrazar con fuerza, susurrándole al oído.


– No me conformaré con ésto.

Y la estrechó contra si, cerrando los ojos y obligándola a pegar el rostro contra su pecho para que no pudiese ver nada... Mientras daba un paso atrás y caían juntos al vacío.

lunes, 3 de febrero de 2014

Águilas Z

I. ¿Quién eres? ¿Importa eso?.

Platform lights by ilona-lightpainting

Aquella mañana todo parecía mucho más alterado que de costumbre, y ella se despertó mirando a su alrededor como si hubiese estallado una bomba. Recogió sus cosas, despertó a su hermano con un par de zarandeos y le hizo una señal para que mantuviese la boca cerrada.

– Quédate aquí. - Susurró.

Quitó el seguro de su pistola, viendo cómo su hermano se incorporaba y también recogía sus armas y salió de la habitación cerrando la puerta metálica tras de sí, mirando a su alrededor.

No tardó ni un segundo en encender la linterna que siempre llevaba con ella y apuntar a izquierda y derecha, pero no vio nada. Fue entonces cuando le llegaron los claros gemidos lejanos de aquellas criaturas, no tan distantes como debían estar. Corrió hacia el andén de metro, en busca del foco del sonido, y en su final pudo ver, por una de las salidas, como al menos una veintena de esos seres bajaban directamente hacia ella.
Se le heló la sangre.
Estaba completamente paralizada cuando vio a uno de ellos correr, a una velocidad impactante.
No le dio tiempo a reaccionar, cuando
se la echó encima.

– ¿Estás bien? - Preguntó aquel... ¿Ser? ¡No! ¡Ellos no podían hablar!

Era un... Era un humano, aunque no podía verle porque su linterna se había ido a la mierda. Se agachó y levantó a la chica del suelo por la cintura.

– S-Sí...

El hermano salió de su escondite con el arma en ristre, al ver a aquella persona sobre la muchacha. Sobre su hermana.

– ¡No, tranquilo, es humano!
– ¿... Qué? - Ni él se podía creer aquello.

Bajó el arma justo cuando el grupo de aquellos seres comenzaba a bajar a las vías del tren. 

– ¡Vámonos! - gritó la chica agarrando a su hermano y al desconocido para salir corriendo por las vías del metro.

Al menos pasarían veinte minutos corriendo hasta llegar a un andén que aún tenía su propia luz de emergencia, y de una patada la chica abrió la puerta de la sala de contadores, rompiendo la cerradura y señalando a su hermano que entrase dentro. Cuando al fin lo estuvo, hizo caso omiso de sus quejas y cerró la puerta
desde fuera, no sin antes abrazarle y decirle con gesto serio “No se te ocurra salir hasta que hayan pasado. Nos veremos en seguida”.
Los seres también corrían, y se les estaban echando encima, pero al menos así se aseguraba de que no se quedasen a por su hermano. Pegó un par de tiros a uno de ellos y siguió corriendo, señalando al chico que corría con ella que la siguiese. Los gritos y jadeos a sus espaldas eran estremecedores, y la luz poco a poco escaseaba cada vez más hasta que llegaron al siguiente andén. Subieron sin pensarlo dos veces.

– ¡A la sala de control! - Gritó ella agarrando del brazo al desconocido y llevándolo escaleras arriba.

Llegados
al fin, ella tuvo que empujar con todo su cuerpo tres veces seguidas, casi partiéndose el brazo, para intentar abrir la puerta sin resultado. Con un “Aparta” el extraño la abrió de un solo movimiento, y entraron dentro, parapetándose con un mueble lleno de ficheros que no le interesaban a nadie.
Ella se agachó y tiró del chico para que se escondiese a su lado, bajo la mesa, pues si los seres les veían a través del cristal estarían perdidos. Pero no lo hicieron.
Los gritos se sucedían, los gemidos, repugnantes, llenaban sus oídos. Los golpes contra el cristal al pasar de aquellos seres se repetían uno tras otro... Pero al fin, hubo silencio.
Pasarían más de veinte minutos hasta que, ella, se atrevió a hablar.

– ¿Quién eres...? - Dijo con un susurro, aún agazapada.
– ¿Importa eso?

No, no importaba. Pero era el primer humano que veía desde hacía meses... Se levantó y se encaminó a la puerta, para apartar el mueble y salir por ella.
– Yo soy Aya... - Se levantó ella tras sus movimientos y salió también por la puerta.

Uno de aquellos seres se había quedado rezagado, y mientras el chico se giraba para mirarla se le echó encima. La chica ni lo pensó, empujó al chico a un lado con los brazos, tirándole al suelo, y levantó la pistola para disparar al
ser a la cabeza, de un solo movimiento. Éste, que parecía un hombre mayor pero bastante deformado, cayó cual saco de patatas hacia atrás, chocándose contra la pared. Aya se giró hacia el chico y le tendió la mano para ayudarle a levantarse.

– Perdona... -
Dijo sintiéndolo por el empujón.
– Soy
Unai.
Sostuvo su mano con fuerza y se levantó del suelo. Al instante, Aya sintió una electricidad descomunal recorrerle la columna vertebral, y apartó la vista haciendo como que comprobaba su cargador.
– Debo... Debo volver a por mi hermano.
– Voy contigo. - Señaló al muerto tras ella con la cabeza y asintió. - Ahora te lo debo.

Y ella no se quejó.


Echó a andar de nuevo hasta las vías del tren en busca de su hermano. A mitad de camino se detuvo en seco, cuando sintió como Unai se agarraba de su mano, entrelazando sus dedos. No sabía por qué lo había hecho, pero no se quejó. No dijo nada. Le encantaba sentir aquello, el contacto humano... Así que continuó su camino, apretando su mano alrededor de la de él, sin saber que desde ese momento... Ya nunca se soltarían.

martes, 7 de enero de 2014

La Guardia de fuego

IV. La locura de la luna.

The Moon by deejaywolf

Los días cada vez eran más cortos en la zona Norte de la ciudad, ¿Cuánto tiempo llevaba caminando a la deriva? Pronto harían dos semanas desde su salida triunfal del Congreso, y ya incluso había encontrado una octavilla con su nombre en una taberna a las afueras de la ciudad. Tuvo que aguantar la risa cuando vio aquel “Se busca por desacato a la autoridad” ¿Qué autoridad? ¿Y qué le harían, si es que la encontraban? Valverde no era más que un niñato, y todos los que le seguían simplemente eran borregos dispuestos a todo con tal de sobrevivir. El mundo siempre había apestado bastante, pero desde que Zelen tenía memoria, era prácticamente un infierno repleto de imbéciles y asustadizos arrogantes.

Dos días hacía desde que dejó atrás la población más cercana y se adentró en la montaña, bordeando la ciudad, adentrándose en el bosque y dejando que el frío le calase hasta los huesos. Seguía aquel ruido, aquellas voces que se metían en su mente, esa canción que la guiaba de lado a lado como una nana que acunaba sus sentidos mientras la luna en lo alto de la noche se movía arrulladora... Simplemente hipnótico. No entendía nada, pero cuanto más lo pensaba, menos quería hacerlo.

" Siempre me pregunté cómo sería convertirse en ellos... "

Sus pies la guiaban mientras sus manos se aferraban a los troncos de los árboles a su alrededor. Evitaba el día y caminaba de noche, pues la luz del sol le dañaba ya demasiado la vista, y no podía ver.

"Es una paz tan extraña... Es casi como quedarse dormido, muy lentamente. Podría acostumbrarme."

No se podía mirar en ningún espejo desde hacía días, pero no hacía falta hacerlo para saber que ahora debía tener los ojos más brillantes que nunca. Podía ver en plena oscuridad como si hubiese la más brillante de las bombillas sobre su cabeza. La luna, aún si menguada o casi oculta tras las montañas, era suficiente para mostrarle el mundo entero. Era rápida, mucho más rápida, y el frío invernal que hacía tiempo arreciaba sólo era notorio en el vaho que salía de entre sus labios cuando el oxígeno era expulsado de sus pulmones. Y aquella paz...

Era el tercer día de la tercera semana que había salido del Congreso cuando uno de ellos apareció a su paso en las colinas del Norte. Zelen, se agazapó entre las hierbas.

– Mamá luna canta, mamá luna canta ¡Canta, canta, CANTA!

La chica contuvo el aliento. Por el aspecto de la criatura, llevaría convertida apenas un par de meses, pues prácticamente vestía la ropa impoluta que en su día debió llevar como humana, vaqueros ajustados y camiseta de tirantes ligeramente raída. Era una mujer, estaba claro, aunque el tono de su voz no lo hubiese dejado claro. Y todo ésto, sólo le llevaba a una única conclusión: Que la superaría en fuerzas. Un recién convertido siempre era más fuerte que cualquiera de los anteriores a ellos, pues aún mantenían la forma física humana, sumada a su nueva condición. Zelen tenía todas las de perder ahí.

Sin darse cuenta, Zelen arrancó con una uña un pedazo de la corteza del árbol sobre el que su mano se apoyaba mientras oteaba a la criatura, y ésta, como movida por un resorte, se giró clavando sus ojos en ella como si fuese el último bocado sobre la tierra.
Zelen se incorporó de golpe, intentando ser rápida, y posó las manos sobre la empuñadura de su espada lista a luchar hasta su último aliento mientras la criatura se agazapaba. Pero, para incredulidad de la joven, aquel monstruo ligeramente pareció ir relajándose.

"¿Qué está ocurriendo...?"

– Nooo... – Dijo con voz gutural la criatura. – ¿Tú?
Zelen se quedó de piedra.
Le hablaba, aquel ser le estaba hablando directamente a ella, ¿Desde cuando eran capaces de hacerlo? El escalofrío que le recorrió la espalda de arriba abajo le impedía respirar.

– ¿Túúúú?
– … Yo.

El ser pegó un salto en el sitio, cual cachorro cánido cuando se le dicen dos palabras amables.

– ¿Túúúú...? – Dijo una vez más.
– Yo, sí.

La criatura no parecía caber en sí de gozo, pero ésta vez parecía querer llegar “Más allá” o por lo pronto, daba señas de pretender comunicarse de un modo algo más profundo.

– ¡¿Túúú?! – Se llevó la criatura una mano al oído, y la otra en un brusco y nada natural movimiento, la dirigió de un golpe al cielo. Hacia la luna.

Y Zelen, comprendió.

– … Sí, yo lo oigo. Es... ¿Es la Luna?
– ¡Mamá canta, canta, CANTA!
– Canta... Pero, ¿Qué...?
– ¡Ven a cantaAaAaAAAAaaarrRRR! – Pronunció la criatura mientras sonreía de lado a lado con su ahora amorfo rostro no humano y señalaba a Zelen que la siguiese a través del bosque.

No entendía por qué, ni de qué manera, pero algo la decía que debía seguir a aquella criatura. Aunque no soltó la empuñadura de su espada ni un solo instante, clavando los ojos en la nuca de la criatura, sentía una paz interior que no era capaz de explicar unida a todo un amasijo de sensaciones increíblemente sobrecogedoras, y aterradoras.
El ser caminó durante largo rato, sería sobre hora y media al menos, y sin detenerse ni un minuto estuvo cantando, gritando y dando saltos toda la travesía hasta llegar al destino que en su mente debía haber fijado.
Los árboles se iban apelmazando, cada vez era más difícil caminar, y el frío impedía que Zelen pudiese mover bien los músculos de su cuerpo. Seguía a la criatura por cada paso que daba, cada movimiento, y ésta no se giró ni una sola vez para dirigirle la mirada de nuevo mientras mantenía sus ruidosos gritos en vilo. Estruendosos silbidos y graznidos que, pronto, comenzaron a escucharse desde otras partes del bosque uniéndose a las de aquel primer ser con el que Zelen se había topado.

"Uno en el Norte, dos al Éste, al menos otro al Oeste y tres por el Sur... Se están reuniendo."

Sus suposiciones, entonces, parecían correctas. Pensó en Valverde durante un segundo, y una sonrisa ladeada le surcó el rostro no supo si por maldad pura, rabia o desasosiego. Simplemente, surgió de la nada y le hizo sentir mejor. Ella tenía razón.

Se sintió rodeada, no podía huir y lo sabía, pero a la vez estaba... Excitada. Iba a llegar al origen de aquella “llamada”, sabría de donde venía todo aquello, y a dónde pretendían llegar ellos o, simplemente... Comprenderlos, si es que podía.
El bosque poco a poco pareció ir abriéndose, y entre el ramaje aparecieron las primeras estrellas, que a ojos de Zelen, relucían como nunca antes lo habían hecho. Por primera vez en su vida se dio cuenta de que, aún sin una luna en el firmamento o luz alguna artificial, sería capaz de guiarse únicamente con el brillo de aquellas luciérnagas espaciales

Las ramas fueron desapareciendo, y las hojas de los árboles dieron paso a un claro que pronto quedó iluminado de un modo casi espectral por la luz de la luna y los ojos inhumanos de Zelen.
La visión, le cortó a Zelen la respiración.
El claro, estaba lleno de ellos.No podría contarlos aunque quisiese, pero aquel lugar tendría fácilmente la extensión de un campo de fútbol, y más de la mitad estaba completo. Pronto más y más de aquellas criaturas fueron llegando al claro, tal y como ella y su guía habían entrado ya, y se reunieron en torno al centro del lugar.

"¿Qué es eso...?" Algo, parecido al arrullo de un violín perfectamente afinado, entonando la más bella de las melodías, daba la impresión de surgir del centro del claro. "Esa música... "

Zelen, que se había quedado de piedra al sentirse rodeada por aquellas criaturas, de repente sintió un resorte empujarla hacia delante, para poder descubrir qué era aquello.
Cuando salió por completo de entre los árboles, el silencio se hizo en el lugar. Y todos los ojos, fríos como el hielo y henchidos de locura, se clavaron sobre ella.

"Mierda..." Pero algo, aquella melodía, casi le impedía sentir miedo. Sin mediar palabras o gestos algunos con los seres, echó a andar hacia el origen del sonido.

Ellos, a pesar de fijar sus ojos en ella, la dejaron paso conforme caminaba.

Había criaturas de todas las edades, algunas apenas habrían alcanzado la treintena (la edad común de conversión) y otras, sin embargo, ya mostraban claros signos de vejez. La mayoría tenían señales de batalla en sus cuerpos, y los tics que les asediaban les obligaban a proferir un grito tras otro de vez en cuando, poniendo el vello de punta de cualquiera que pudiese escucharles.
Zelen, caminaba erguida, pero con un escalofrío permanente recorriéndole la nuca.

Al fin, alcanzó el centro, el origen de aquella nana tan increíble e hipnótica, y apartando al último de ellos pudo ver el misterio que tanto había esperado.

Una roca, del tamaño de una mesa de comedor, lisa y brillante como el nácar, con un pequeño hueco en su centro en el que reposaba algo de agua, plácida y ligera, que reflejaba la luz de la luna como si fuese el espejo más bello que hubiese existido jamás.
La música, salía directamente de aquel pequeño remanso de agua, y Zelen, impulsada por una emoción similar al amor más intenso que jamás hubiese sentido, se acercó a ella con la mano extendida, queriendo tocar su infinita belleza.

Al instante, cinco ellos se la echaron encima y la hicieron caer al suelo, de la forma más brusca posible.

– ¡NO! – Gritó en su oído uno de ellos.
– ¡NO TOCAS!
– ¡NO! ¡NO!

No comprendió nada, el agua le atraía de tal modo que sin duda les habría matado a todos para poder siquiera mirarla otra vez.
– ¡Soltadme! ¡Dejadme! Necesito...
– Entenderás. – Dijo de nuevo en su oído otra de las criaturas.
– ¡No quiero entender nada! ¡Quiero tocarla, lo necesito! ¡Dejadme!


Poco a poco los seres la soltaron hasta que pudo ponerse en pie por sus propias fuerzas, y Zelen, llena de furia, sacó su espada y les miró de uno a uno preparada para cortarles el cuello. El agua, la luna, todo aquello la estaba llamando tanto que no era capaz de ver, de sentir o pensar algo que no fuese en ella, aquella misticidad, ese milagro, esa “Madre”. La amaba, y no sabía lo que era.
Les mataría a todos para llegar a ella.

Puso su arma en ristre, y gruñó. Nunca había gruñido.

– No. – Susurró uno de ellos.Zelen pudo sentir el frío golpe de una roca sobre su nuca nada más escuchar aquella seca palabra, y cayó cuan larga era sobre el verde pasto a sus pies. Lo último que pudo ver, fue la roca impía desde el suelo, y un pequeño reflejo que la luz de la luna y el agua ejercían sobre uno de los lados de la piedra. Se desmayó, soltando su espada, con una sonrisa al ver aquello.

Sin duda alguna, se había vuelto loca.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

La Guardia de fuego

III. Un nuevo camino.



El Congreso se alzaba imponente, con las únicas luces que existían por la zona iluminándolo, como si se tratase de un faro en la oscuridad. Los grandes muros metálicos de más de tres metros de altura, electrificados, evitaban que curiosos indeseables se adentrasen en sus inmediaciones, y la veintena de guardias por flanco que lo asediaban, también recordaban el aviso a los viandantes.

Ella se aproximó al edificio, con la cabeza aún cargada en su mano, y se detuvo cuando varias armas restallaron entre chasquidos, listas para dispararla.

– ¡¿Quién va?! – Dijo autoritaria una voz poco amigable.
– Una Guardián. Traigo el informe del norte de ésta semana.
– Muestra la cara.

Chasqueó la lengua, molesta. Sabía lo que aquello significaría, pero no tenía elección, así que elevó la mirada hasta ellos.

– Lárgate. No dejamos entrar
iniciados. – <<Todas las semanas igual...>> Permaneció en el sitio, molesta – ¿No me has oído? ¡Largo, monstruo!

Aquella palabra, hirió su alma. La poca que le quedaba.
Con un gesto, único, rápido y certero, desenfundó la espada y dejó caer la cabeza de su mano al suelo, que rodó quedando a la vista desprotegida de todos.

– Repite eso. – Sentenció con la mirada mortífera.
– Mons...
– ¡Basta! Ella tiene permiso para entrar. – Dijo una voz conocida. – Bajad las armas. Es una orden.

Al segundo, todas las armas cedieron. La voz, al otro lado del muro, era totalmente invisible para ella que permanecía fuera, pero aún así sabía quién era. Le llamaban Muñoz, pero no era su apellido real. Ella era de los pocos que lo sabían.
Una de las verjas metálicas comenzó a chirriar, y poco a poco ésta se apartó empujada por tres de los hombres que la habían asediado a modo de puerta deslizando. Ella recogió la cabeza de aquel Ser, la colocó de nuevo entre la tela raída, y caminó hacia dentro enfundando su espada, una vez más.

– ¡Dios santo! No tienes buen aspecto, ¿Estás bien? – De un par de pasos, se colocó frente a ella y se dejó ver. – ¿Qué ha ocurrido? Oh... Dime que eso de tu mano no es lo que crees.

Ella miró a su nuevo acompañante de arriba abajo, con detenimiento. Muñoz, de su misma estatura, siempre había sido un tipo con el que se podía hablar. Compañero de mil batallas, pero ninguna de sangre, llevaba en las venas la política y la negociación, el liderazgo, pero desde la silla. Por eso sus caminos se habían separado tan drásticamente.
Tenía los ojos castaños y la mirada profunda, unas gafas exageradamente cuadradas pero finas, que reflejaban las luces del Congreso, y una barba incipiente que nunca desaparecía del todo. Algunos dirían que era atractivo. A ella jamás se lo pareció.

– Es justo lo que crees. Y ahora vamos, tengo que seguir con la ruta antes de que salga el sol.
– Por supuesto, pero mantén eso alejado de mi. – Añadió Muñoz con gesto de desagrado, mirando la bolsa de tela. -- Me alegro de verte.

Pasaron dentro del edificio, por sus escalones inmensos y rodeados por las estatuas de los leones que aún permanecían casi intactas tras todo lo ocurrido. Dentro, la actividad parecía casi nula. Los pocos jóvenes que allí se encontraban, estaban demasiado ajetreados entre distintos papeleos como para siquiera reparar en su presencia. Aún así, no faltaron las miradas de desprecio.

– Guardianes... – Escuchó cómo susurraba uno de ellos con asco.

<<Y pensar que doy mi vida por éstos... >> Pensó mientras fruncía el ceño. Se encogió de hombros y continuó su camino, hasta la sala central. Allí, el Consejo se encontraba reunido alrededor de un joven que al parecer exponía cómo su casa había sido derribada por unos rebeldes y pedía ayuda para proteger a sus hermanos, y su recién nacida hija.
No tardaron en despacharle con las manos vacías.

– Adelante, Guardián. – Dijo el que presidía la sala, mientras Muñoz tomaba asiento a su lado.

Tomás Valverde, de venticinco años, había adquirido el cargo de Presidente del Consejo de un modo que poca gente era capaz de explicarse. Pero tampoco nadie tenía ánimos de hacer preguntas.
Alto, desgarbado, con gesto extremadamente serio, barba de varios días y rasgos muy cuadrados y fuertes. De haber vivido en una época prehistórica, habría sido el perfecto líder de la tribu rodeado de mujeres a las que las presas que solía aplastar les atraían como a las moscas la mierda. Ese símil la hizo sonreír.

– El informe del Norte. – Dijo mientras se colocaba en el centro de la sala y soltaba la cabeza en el suelo, ante ella.
– ¿Qué significa ésto, Guardián? ¿Y por qué no te identificas antes de hablar?

Su mirada lo dijo todo. Aquellas nimiedades políticas le daban exactamente igual, por no parecerle simplemente absurdas. No tenía tanto tiempo como para perderlo con aquellas estupideces.

– Ésto es lo que he encontrado durante la semana en el Norte. Ellos. ¿Debo ser más explícita? – Colocó un pié sobre la cabeza del Ser y la removió ligeramente con su bota.
– ¡Ya basta! ¡Exijo que te identifiques o abandones ésta sala inmediatamente!

La mirada de la chica vagó hasta Muñoz, que apartó la suya a algo que repentinamente parecía llamar su atención en sus zapatos. <<Cobarde...>>

–
Guardián de la zona Norte, nivel Avanzado. Zelen.
– ¿Apellidos?
– No tengo. Renegué de ellos. – <<Como casi todos los guardianes, lo sabrías si no fueses idiota>>.
– Muy bien, Zelen, Guardián de la zona Norte, prosigue con tu informe.

El calor que subió a la cara de la chica, fue repentino e impactante. Pero mantuvo su compostura como pudo y apartó la bota de la cabeza de aquella criatura, o terminaría por aplastarla.

– Los Ellos se han replegado. Cada vez son menos. En toda la semana, sólo me encontré con éste. Estaba completamente desubicado, desnutrido y confundido, pero era letal. Su fuerza ha sido impactante.
– Eso son buenas noticias. – Dijo reclinándose hacia atrás Valverde.
– Creo que no.
– Explícate, Zelen.

Tomó aire una única vez, cerró los ojos para poder concentrarse en todo lo que había descubierto a lo largo de la semana, y lo soltó de golpe. No quería tener que repetirlo, y con aquellos patanes, estaba claro que tendría que hacerlo bien para evitar estupideces.

– Creo que se están reagrupando más allá del límite Norte. Todos los que he encontrado viajaban en esa dirección.– Tragó saliva y continuó. – Me parece que están reuniéndose donde saben que no atacaremos.
– Estás dando por hecho que tienen raciocinio más allá de la simple alimentación. ¿Es eso?
– Tras luchar con ellos y observarlos, me atrevo a decir que sí. Se están organizando.

La sala se tornó en silencio. Para acto seguido comenzar a estallar en risas jocosas y nada agradables, que restrallaron en los oídos de Zelen.

– Y dinos, Guardián Zelen... ¿En qué te basas? No tenemos indicios anteriores de que Ellos sean capaces de comunicarse entre su misma especie ¿Cómo pueden decirse de unos a otros hacia donde deben viajar, o qué hacer?
– No se comunican, no es tan sencillo. Es como si algo les... Llamase.
– ¿Ese “algo” también te está llamando a ti, Zelen?

Ella alzó la mirada una vez más hasta clavarla en los ojos de Valverde, que alzó las cejas de forma inquisitoria. No podía contestar, e hiciese lo que hiciese, sabía lo que ocurriría a continuación.

– Guardián, creo que tu tiempo se acaba.
– Te equivocas, aún es pronto.
– Me parece que hemos oído suficiente.
– ¡No has oído nada! ¡Te digo que se están reagrupando en el Norte! Se preparan para algo, alguien los controla, lo sé, simplemente lo...
– ¡Basta! – Gritó Valverde poniéndose en pie. – ¡Hemos tenido demasiada de ésta locura tuya, iniciada! Lamentamos todos tu pesar, pero está claro que no puedes seguir ejerciendo como Guardián del Norte. Tu luna se acerca, y estás perdiendo la cabeza.
– ¡No, aún tengo tiempo!
– Pero no con nosotros.

La sala de nuevo se hundió en la nada. Los ojos de Muñoz, ahora estaban bien fijos en ella, que le devolvió la mirada de forma casi desesperada. <<No lo hagas, Víctor...>>

– Ya no eres bienvenida aquí, Zelen. Permitirte quedarte, supone un peligro para todos nosotros, y deberías saberlo. – Sentenció Valverde. – Cierra ésto, Muñoz. Los Guardianes son tus protegidos, no los míos.
– Señor...

Zelen miró a Víctor como si fuese la última roca a la que sujetarse en una cascada que caía al vacío. No podía hacer nada, solo esperar, solo desear que él no hiciese aquello, pero sabía que era demasiado difícil. Sabía que llegaría ese momento tarde o temprano, y por desgracia, había sido antes que después.

Víctor miró a Valverde una última vez, y agachó la cabeza hasta el suelo.

– Zelen, Guardián del Norte de niv...
– Al menos mírame a los ojos cuando lo hagas. – Dijo ella con la voz fría como el hielo.

Un escalofrío recorrió a Víctor mientras la miraba a sus brillantes ojos amarillentos. Aquello le encogía el corazón de tal modo que bien podría dejar de latir, pero ya no había marcha atrás. No tenía elección alguna.

– Zelen... Guardián del Norte, de nivel Avanzado. Te relego de tu posición de Guardián. A partir de ahora, descansarás de tu puesto, y esperarás tu última Luna como humana, con el honor que aún posees. No conservarás tu espada, perderás todo título antes otorgado, y tendrás impedida la entrada a toda zona común pública durante el día, para evitar el peligro de los nuestros.

<<Nuestros...>> dolía escuchar aquella palabra tanto que Zelen tuvo que ponerse una mano en el pecho, intentando respirar con normalidad. Con la otra, sostuvo la espada con fuerza entre sus dedos. Que se la arrebatasen, si es que podían. Ella no la entregaría.

– Zelen, antigua Guardián del Norte...
Apaga la llama.Ella, con la mirada oscurecida y a la vez de aquel brillo tan espectral, frunció los labios en una mueca de puro odio y deseó poder retener las palabras que por juramento debía anunciar en aquellos momentos. Las palabras que significaban su fin como Guardián.

– Se acabó mi camino.
–
Descansa ahora, iniciada. Tus últimos días deben ser vividos con honor y la gloria de un guerrero.
– No hay ninguna gloria en ésto.
– Entrega tu espada. – Interrumpió entonces Valverde.
– ¿Qué tal si me la quitas tú?

Los susurros molestos en la sala se sucedieron, mientras Zelen sostenía el acero aún enfundado entre sus manos. Sabía que pronto comenzarían los fuegos artificiales. Víctor le imploraba con la mirada que detuviese aquella locura, pero a fin de cuentas... ¿No estaba ya loca?

– Arrebatádsela.

Esa palabra sola bastó para que tres guardias, venidos de cada puerta de la sala, se echasen sobre Zelen, la cual mostró su casi innata habilidad para el combate rodando sobre sí misma de un modo que ni un danzarín experimentado conseguiría, desarmándoles casi al instante.

– ¡Ésto es un escándalo! ¡No tienes honor, iniciada! – Chilló Valverde.
– Tal vez no. Pero tengo algo que sí que puedo darte.

De forma soez y vulgar, Zelen extendió su mano libre con el brazo extendido hacia el Presidente del Consejo, y le mostró cierto dedo a modo de insulto como despedida magistral. Valverde no tardó en ponerse casi a patalear como un bebé, mientras Zelen echaba a correr hacia la parte trasera del Congreso.
Mientras corría, se encontró de frente con Víctor, que la miró como quien ve alejarse un fantasma, con los ojos casi hendidos en lágrimas, repleto de dolor. Hacerle aquello, renegar de su casi hermana, le era más doloroso que cualquiera de las heridas, pero de los ojos de ella solo recibió odio, pues era el autor del mayor deshonor jamás habido por los Guardianes.

– ¡Detenedla! – Restalló a sus espaldas.

Ella dio gracias a que nadie de los allí presentes, excepto Víctor, la conocían de verdad. Cuando era apenas una niña, había vivido entre aquellas paredes, y conocía cada rincón, cada escondite y cada puerta por recóndita y pequeña que fuese. Es por ello que antes de que pasasen quince minutos, Zelen había conseguido salir fuera del edificio sin ser vista, con la espada aún entre sus manos.

Y una vez más, respirando hondo el frío de la noche, se colocó la capucha sobre la frente y retomó su acostumbrado calmado pero firme caminar.

Ésta vez, iría más allá del Norte. A donde aquella sensación la llamaba.

Y debería sentir miedo, ira o tal vez nostalgia por todo lo ocurrido y lo que podría suceder, pánico tal vez por poder sentir algo que los demás no sentían, o dolor en sus entrañas al verse traicionada por los que ahora ya no la consideraban su igual. Pero lo único que podía sentir, era cómo las lágrimas resbalaban silenciosas por sus mejillas hasta caer en el filo de su espada aún desenfundada que no era capaz de dejar de mirar, en cuyo reverso de la hoja había escritas cuatro nombres, de los que un día fueron sus hermanos en su anterior vida:

Álvaro
Lydia
Víctor

Zelen

Dos de los nombres ya estaban tachados, pues hacía tiempo que ya no recorrían su mismo camino, y deteniendo sus pasos unos segundos sacó su cuchillo corto de la bota izquierda y postró el filo contra el nombre del tercero, y comenzó a sesgarlo de un lado a otro. Víctor estaba tan muerto como los demás ahora.

Y ella, Zelen, ahora solo podía caminar hacia el Norte. <<Se acabó mi camino...>> recordó para sí misma.

-- Pero empieza uno nuevo.

lunes, 19 de agosto de 2013

Y entonces aprendimos a luchar.

 Fight by ~Inominatus


Tenía el rostro entre las sombras y la voz mezclada con el humo que salía de su cigarro. Entrecerró los ojos una vez más, clavó los dedos en la cabeza de su bastón y alzó la voz.
– No existían.
– ¿Qué? – Preguntó el joven. – Eso es imposible.
– ¿Acaso crees que miento?
– No, pero...
– Ven, te enseñaré algo.
El hombre se puso en pie y encendió las luces de la habitación. Cama, cómoda, mesita de noche, lámpara, libros en la estantería y una ventana, todo en su sitio, todo normal. El joven, aún niño de apenas ocho años de edad, se incorporó del lecho y siguió los pasos de su abuelo a donde quiera que éstos le llevasen.
La casa era pequeña, tal vez demasiado, y las ventanas estaban completamente cerradas a la luz diurna selladas con capas y capas de papeles de periódicos y revistas viejos, por lo que era casi imposible saber en qué posición debía estar el sol. El abuelo subió unas pequeñas escaleras que llevaban a la buhardilla, y el joven se detuvo antes del primer peldaño, mirando al anciano.
– Mamá dice que no debo subir ahí...
– ¿Tienes miedo?
El pequeño pareció pensárselo de nuevo. Sopesó las posibilidades, los riesgos y las aventuras que podía correr, y decidió que merecía la pena.
– ¡No! – Gritó mientras subía a trompicones.
La buhardilla era un lugar pequeño, de madera carcomida por el tiempo y suelo quejumbroso. El techo dejaba caer goteras en los días de lluvia, y por ello la mitad de la sala estaba llena de cubos de plástico, casi todos de distintas tonalidades de azul. El niño quedó asombrado cuando pudo ver que dos de las ventanas de la buhardilla daban al exterior, y no estaban tapadas.
– Eso es... ¿Es el cielo, abuelo?
– Sí, lo es. – Dijo renqueante. – Ven aquí.
El pequeño obedeció y apartó la mirada de los cristales para redirigirla hasta llegar con su abuelo. Al alcanzarle, éste sostenía una pequeña caja de latón entre sus dedos.
– ¿Qué es? – Preguntó impaciente.
– Es una caja de recuerdos.
El chico de repente había perdido todo interés en las ventanas, y tomando asiento al lado del anciano, en el mismo suelo, se cruzó de piernas y esperó que comenzase a hablar.
– Lo que ésta caja contiene podría abrir muchas mentes, y cerrar tantas otras. – Comentó mientras se acomodaba. – Pero yo busco sólo algo en particular...
El abuelo comenzó a rebuscar en la caja, lejos de la visión del niño. El pequeño intentaba asomarse al interior del increíble cofre del tesoro que ahora parecía el anciano tenía entre sus dedos, pero éste era apartado de su vista a cada intento un poco más. Aún así, no desistió, pero pasados unos segundos ya fue tarde. El abuelo cerró la caja con un fuerte chasquido del metal, y extrajo de ella lo que parecía una fotografía antigua.
– Éste de aquí, hijo mío, adivina quién es. – Dijo tendiéndole la foto.
– ¿Eres tú, abuelo?
– El mismo.
– ¡Pero si eras tan pequeño como yo!
– ¡Por supuesto! ¿Crees que siempre he sido viejo?
Ambos rieron unos segundos, y el abuelo casi dio gracias porque el pequeño reparase antes en todo aquello que en lo alarmante de la fotografía en sí.
– Fíjate con detalle, y dime qué es lo que no encaja.
El abuelo tendió la fotografía al nieto y le dejó que la examinase. Antes de decirle nada más, el niño se puso a observarla como si tuviese mil secretos escondidos.
Ante sus ojos podía ver a un niño, de su edad, que sostenía una pelota entre los brazos y sonreía frente a las luces de un muelle, reflejadas en el agua. Llevaba un traje de marinero, tal vez viniese de su propia comunión, y a su lado se alzaba amable un hombre mayor que él, que le aferraba con cariño un hombro. Ambos poseían una sonrisa pintada en sus caras.
– No veo nada...
Pensó entonces el pequeño en que allí, había algo que no encajaba. Algo en el agua... El agua... ¿Podía ser?
No. Eran las luces que se reflejaban.
De repente, lo entendió.
– ¿Era de noche?
El abuelo asintió lentamente con la cabeza.
– Pero... ¿Cómo es posible?
Repasó la fotografía una y otra vez en busca del distintivo que ambos, padre e hijo, debían tener en la parte central de su cuello, pegado al pecho, bien claro y a la vista para que los Centinelas no acabasen con ellos.
– ¡No llevabais Marca! Eso significa que...
– Que no existían.
El niño soltó la fotografía poco a poco hasta dejarla caer en el suelo, atónito ante la mirada de su abuelo. De repente, todo en lo que siempre había creído, desapareció poco a poco.
Alzó su mano derecha lentamente y paseó los dedos por la Marca en relieve que sobresalía de la parte central alta de su pecho. Marca que le fue implantada el día de su nacimiento.
– Los Centinelas no existían. Las Marcas tampoco existían. Podíamos hacer lo que quisiésemos e ir donde quisiésemos. – Dijo el anciano mirando al cielo nocturno. – Éramos libres.
– ¿Y qué pasó?
El niño pasó la mirada de los ojos cansados de su abuelo hasta su pecho, donde también se podía ver el relieve arrugado de la Marca sellado en su piel.

El hombre, tomó aire.

– Olvidamos cómo luchar.



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Éste es el comienzo de una nueva serie de relats cortos, quién sabe si novela si da para más, que iré sacando adelante a la vez que continúo con la Guardia de Fuego, que por supuesto no he olvidado. Espero que tena buena acogida, pues es una nueva forma de escribir completamente distinta a la que hasta ahora he incubado (algunos lo notaréis bien, otros no).

¡Que lo disfrutéis, los que lo aguantéis!