martes, 25 de marzo de 2014

Águilas Z

V. Remontar el vuelo.

Eagle Eye 2 by cwaddell

Despertó entre barrotes, con un dolor de cabeza impactante... ¿Qué había pasado? ¿Qué...? Y entonces recordó. Recordó el asedio, las bombas, los disparos, aquellos seres. Recordó a Unai. Aya se puso en pie como pudo y se acercó hasta los hierros que la retenían para mirar a través de ellos. Una voz, la detuvo en seco.

– ¿La princesa ya está despierta?--
Aya centró la mirada, y se encontró con la cara de un tipo que no le era siquiera conocida.
– ¿Dónde está...? – Fue a preguntar por él, por
Unai, pero no lo vió inteligente. Le delataría. – ¿Dónde está mi gente?
– ¿Quieres decir “los que quedan”? - El tipo se echó a reír, sus numerosos piercings en la cara repiquetearon entre ellos al hacerlo. – Esperando tu bienvenida. Vamos, tienes una fiesta esperándote.

El tipo abrió la reja y con un gesto la instó a que avanzase.
Aya no tenía otra que hacerlo. Apenas le había dado la espalda, avanzando por la sala, cuando otros dos tipos salieron de detrás de las paredes y le aferraron los brazos, haciendo que el trozo de piedra que había recogido del suelo para usar a modo de arma, sin que se diesen cuenta, cayese de sus manos.

– Guárdate las fuerzas para luego, preciosa... Te vendrán bien.

Antes de darse cuenta, tenía las muñecas atadas y la arrastraban por los brazos hasta la salida. No opuso más resistencia, era inútil.

Al fin llegaron a la que había sido la sala del trono en tiempos inmemoriales y que ella había convertido en la habitación de juntas y reuniones estratégicas. Ahora estaba medio derrumbada... Pero en la gran silla se encontraba sentado un hombre. Alto, con una larga barba repleta de trenzas y abalorios, los ojos pintados de negro, armado hasta los dientes y
portando varios chalecos antibalas, uno encima de otro ¿Tanto necesitaba protegerse...? Y a su lado, de pie, se encontraba Unai. Aya le miró, solo un segundo, y desvió su vista a otra parte. Demasiado peligroso.
Desearía no haberlo hecho, pues al girar el rostro se encontró con tres de sus compañeros atados a su lado, todos con marcas de haber recibido varios golpes nada amistosos. Se mordió el labio inferior, y no pudo reprimir el tono de rabia en su voz.

– Qué queréis.
– Algo de hospitalidad... No creo que te hubiese costado nada dejarnos entrar por las buenas ¿Verdad?

Aya alzó la mirada, henchida de odio, para clavarla en sus oscuros y despiadados ojos. Y le reconoció.

– Eres el hermano de Fidas...

Debió decirlo con tal desdén y asco en la voz, que uno de los hombres que la sujetaban comenzó a cerrar la mano con fuerza sobre su brazo. Aya cerró los dientes con fuerza, pero no se quejó.

– ¿Crees que te iba a dejar entrar después de lo que nos hizo...? - La mano se cerraba cada vez con más fuerza. – Puto psicópata.

Aquello
fue un detonante. Sin que el jefe hiciese gesto alguno el guardia le soltó tal puñetazo en el estómago que la hizo caer al suelo de rodillas, apoyando su frente contra éste, pues no podía sujetarse con las manos atadas a la espalda. Aprovechó para girar el rostro a los suyos, que la miraban repletos de furia, deseando atacar. Con los labios pronunció un “¿Listos?” y los tres asintieron con la cabeza al mismo tiempo, en silencio. En la sala habría en total unos seis guardias, Unai y el hermano de Fidas... Tal vez tuviesen suerte.
La alzaron de nuevo para que mirase a aquel “jefe” a los ojos.
Un sabor metálico acudió a su boca.

– Tuvisteis suerte con mi hermano... Pero ya se sabe, la venganza se sirve en un plato frío, pequeña zorra.

Los puños de Unai se cerraron con fuerza. Aya necesitaba una escusa para mirarle, cualquiera, pero él no se la daba... Así que la buscaría por sí misma.

– ¿Y tenías que ser tan rastrero como para enviar a uno de los tuyos casi a su muerte por tu venganza personal? ¡Eres basura! – Ésta vez el golpe fue en la cara.
Se repuso recogiendo la sangre del interior de su mejilla con la lengua y escupiéndola contra el suelo. – ¡¿Cómo puedes seguir a un animal así?! – Miró a Unai a los ojos. Ahora tenía la escusa. – ¡Lárgate mientras puedas!

Y ahí estaba, la advertencia. Le señaló con los ojos que se apartase de aquel tipo, además de gritárselo. Pudo ver el gesto de incomprensión en los ojos de
Unai, pero al poco tiempo pareció haberlo entendido. Se apartó de él lentamente, caminando hacia atrás. Aya sonrió mientras otro de los guardias se preparaba para darle un rodillazo en el estómago. El hermano de Fidas hizo un gesto con la mano, y se detuvo justo a tiempo.

– ¿Sabes qué sois vosotros... ? –
Aya susurró, dolorida pero llena de energía. – Serpientes...

Alzó la mirada, y entre sus cabellos repletos de polvo y escombros de las bombas, esbozó una sonrisa que habría sido digna del mejor de los asesinos en serie, psicópatas o actores que encarnaban a los malos en las películas
que hacía tiempo no existían.

– ¿Y sabes qué somos nosotros...? – Elevó el rostro hasta clavarlo en el tapiz tras el trono.
Las aves inmensas le devolvieron la mirada. – Águilas.

Uno de los hombres de
Aya dio entonces una patada a una columna. Sonó un “Clonc”. El techo se abrió, y de él cayó sin medida alguna una gran cantidad de hierro fundido que se derramó por la sala. Tapó al jefe y a dos de sus guardias, y en el momento los tres compañeros de Aya se alzaron contra sus captores, intentando derribarlos gracias a la sorpresa. Lo consiguieron. Una sonrisa de triunfo se formó en el rostro de Aya justo cuando uno de aquellos tipos la agarró del cuello y la obligó levantarse, usándola a modo de rehén. No le apretó ni dos segundos, pues un tiro le atravesó la cabeza a una velocidad de espanto, exactamente igual que al otro guardia que quedaba con ella. Unai se encargó de volarles los sesos. Se acercó a Aya y la liberó de las ataduras, para después comenzar a disparar a los guardias que aún quedabn y luchaban por sus vidas. Aya mientras tanto, corría hacia el trono, esquivando aquella montaña de hierro que poco a poco se solidificaba, tomando la forma del trono y el hombre que había quedado sentado, para siempre, en él. Saltó un par de veces para evitar quemarse, hasta que al final dio con lo que buscaba, su espada. La sacó del hierro fundido, se quemó las manos dejando eternas marcas en sus palmas, pero le dio exactamente igual.
El olor a quemado se unía
a los gritos en las calles, parecía que todos los enemigos que quedaban fuera se estaban preparando para luchar contra ellos cuando saliesen. Aya cortó las ataduras de sus compañeros, y les abrazó a todos y cada uno de ellos, preguntándoles si estaban bien. Ellos hicieron lo mismo y recogieron las armas de sus enemigos, preparándose para la batalla.Aya se giró a Unai. No sabía bien qué hacer... Le había dado la espalda a los suyos por ella. Había matado a los suyos por ella.

– No hace falta que vengas... –
Ya había hecho demasiado.Unai se acercó a ella y la miró a los ojos. Extendió una de sus manos y le colocó el cabello que tanto se le había revuelto tras la oreja, sonriendo poco a poco. Aquella sonrisa hizo que Aya volviese a respirar tranquila.

– No pienso volver a separarme de ti.

Alguien le di
o una de las pistolas de los cadáveres a Aya, y ella la cogió al vuelo, la cargó, y se preparó. Sin dejar de mirar a Unai a los ojos.
Posó su mano sobre su mejilla y sonrió, sabiendo que no le dejaría ir. No podía dejarle ir...

Sus hombres la esperaban en la puerta, y a ellos se habían unido otros seis que habían conseguido rescatar de las salas colindantes.
Aya agarró a Unai de la mano y tiró de él hasta colocarse al frente del grupo. Allí, se giró para mirarles a todos, escuchando los gritos y disparos a sus espaldas. Eran muy pocos. Normalmente era bastante dada a los discursos, a animar a los grupos que luchaban bajo su mando, pero en aquella situación... Miró a todos sus compañeros, uno tras uno. Y sonrió dejando caer los hombros. No aceptaría la derrota tan fácilmente, pero abrazaría a la muerte contra su pecho si es lo que se les venía encima.

– ¿... Hasta el final? – Preguntó sin alzar la voz, asiendo la pistola con fuerza.
– Hasta el final. – Contestaron los demás, asintiendo con la cabeza.

Paseó la mirada una última vez por todos ellos. Habían compartido tanto... Y se detuvo en Unai. Se acercó de un par de pasos hasta él. Alzándose sobre las puntas de sus pies, le besó en los labios de una forma efímera, pasajera, pero suave y decidida. Y se giró, sacando la espada de su funda y caminando firme hasta atravesar de una patada el gran portón de madera, sabiendo que lo que le esperaría al otro lado, sería la batalla que decidiría su vida.


jueves, 13 de marzo de 2014

Águilas Z

IV. Derribados.

Eagles are not afraid of vultures... by Ufekkk007

Muchos meses después...

El silencio reinaba en la amplia habitación, y en su cabeza, hasta que escuchó acercarse unos pasos a lo lejos, por el pasillo.
Aya, sentada en aquellas escaleras de piedra frente al trono en el que algún día algún noble se sentó, elevó la cabeza mirando al frente, molesta. Los portones de madera se abrieron y un joven entró, alto, bastante fuerte, con el gesto amable pero preocupado y una barba bastante prominente.

– Hemos encontrado a otro en la carretera. - Dijo sin miramientos. 


Aya, se cruzó de piernas y permaneció pensativa. 

- Venía en moto, no tiene mucha carga, sólo algunas armas. Parecía estar solo. No ha querido decirnos más.

Ella seguía pensando. Pasados unos veinte segundos, volvió a elevar la mirada hasta el joven y asintió con la cabeza.

– Tráelo. Y llama a los demás. – El joven, como movido por un resorte, se giró sobre sus propios pies y salió despedido de la sala.


Aya aprovechó para caminar hasta el gran asiento de madera engarzado con joyas y las tocó con sus dedos, asombrada por su brillo, con el gesto serio. Siempre serio. Se pudo ver reflejada en ellas, altiva y con los ojos profundos y pesados, cansados pero con una violencia de la que ella no se sentía poseedora. Poco después entraron en la sala otros dos jóvenes, uno muy grande y otro más bien pequeño, pero que pecaba de pura sabiduría. Antonio y Enrique. Ella sabía elegir bien a los que tenían que cubrirle las espaldas.
Y escuchó los pasos
extraños, después, llegar. Dio la espalda a la puerta principal, mirando al gran tapiz que había siempre tras el trono, y esperó que los pasos hubiesen terminado de hacer eco, sabiendo que tenía al intruso tras ella. Desde el tapiz, un grupo de seis águilas volando contra un atardecer, tejidas con la mano más dulce que podía ser capaz de imaginar, le devolvían la mirada, imperiales. Siempre le daban fuerzas.

– Al parecer no quieres contarnos si eres un lobo solitario o si nos vas a echar a tu manada encima de un momento a otro.


Con un gesto, Aya recogió una de las espadas que tenía apoyadas sobre el tapiz y la guardó en su funda, colgada de su cintura. Tal vez tuviese que usarla unos segundos más tarde, aunque no le hacía gracia la idea.
 
– No tengo nada que decirle a una escoria como vosotros. –
“Pum”

Restalló en la sala el puñetazo al extraño como un cañonazo ahogado en el mar. Aya unió las cejas.

No le gusta
ba aquello, tener que hacer aquellas cosas con los que aún eran humanos, pero la experiencia le había enseñado que o matabas, o morías. No era el mejor mundo en el que vivir, pero era el único, y ella lo sabía.

– Verás,
tenemos un problema. No podemos dejarte ir si no sabemos si vienes con gente detrás o no. No serías el primero aparecer a reconocer el lugar y lanzarnos a los perros encima. ¿Entiendes?
– Me importa una mierda lo que penséis, yo no le debo nada a nadie, menos aún a vosot... – “Plas” – ...Yo me cuido solito.

Un golpe más seguido de un gemido hizo que
Aya tuviese que morderse el labio. Se giró al fin sobre sí misma para ver al joven tirado en el suelo, boca abajo, sobre sus rodillas y manos. Parecía escupir sangre.

Mirándole, pero sin poder verle la cara, bajó los escalones de piedra uno a uno. Sus pasos resonaban en la sala mientras los demás la miraban con atención, alerta. Todos parecían estar tensos, su simple presencia en actos como aquel les ponía los pelos de punta. Era pura amabilidad, pero cuando
se trataba de temas difíciles... Por algo ella era la que tenía el mando.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca, desenfundó su espada, y despacio la colocó en su brazo.
Subió por su hombro y se depositó en su cuello, así obligándole a bajar la cabeza para que no la mirase. No quería verle los ojos.

– Voy a hacerte unas preguntas muy sencillas, y luego podrás marcharte. – “
Mentira”. – Así de fácil ¿De acuerdo? – No contestó, permaneció inmóvil. – ¿Cómo has conseguido sobrevivir sólo?
– … No siempre lo estuve.

Eso era lo que ella quería oír. Ahora sólo tenía que descubrir con quiénes estaba o había estado, y de dónde habían salido para evitar más problemas. Una lucecita se había encendido al fin sobre su cabeza.

– ¿Cuántos erais? ¿Y dónde están?
– Éramos una resistencia, y luego quedamos sólo dos. Y ¿Dónde? –
Rió de forma irónica, triste – Ojalá lo supiese...
– ¿No lo sabes? –
Su compañero, el alto, hizo un gesto de mofa. Eso lo había oído antes. – Creo que no voy a tragarme eso.
– Nos separamos. No tuvimos elección. Y no pudimos encontrarnos. -
Aya cerró los ojos unos segundos, exasperada. - No pude encontrarla...

“¿Encontrarla...?”
Aya iba a preguntar algo al respecto, intrigada, cuando algo tras ella atravesó la ventana con un estallido de cristales. Alarmada, lo miró. Era una bomba casera, y sin pensárselo se lanzó hacia delante tapándose los oídos, justo antes de que la mitad de la sala volase por los aires. Hizo un par de señales a los de su alrededor, notando el molesto pitido de la explosión embotarlo todo, dando órdenes a los suyos, y se encontró a Antonio apresando al prisionero contra la pared. Le aferraba del cuello, gritándole mil barbaridades distintas.

– ¡¿Son los tuyos?! ¡Maldito hijo de...! –
Aya se lanzó contra él y le apartó el brazo.
– ¡No le habrían intentado hacer volar por los aires si fuesen de los suyos! Déjale y busca un arma. – Supo que iba a replicar. - ¡YA!


Aya preparó sus armas. Encima sólo llevaba una pistola y la espada, pero de momento le bastaban. Dio un par de órdenes a gente que pasaba por debajo de la balaustrada y alguien le lanzó una pistola que cogió al vuelo. Se dispuso a girarse para dársela a Enrique, y empezar el contrataque, cuando notó el frío acero de un cuchillo pegarse a su cuello. No tuvo otra que permanecer totalmente quieta.

– Soy estúpida... - Susurró.

Aya cerró los ojos con una sonrisa, sarcástica. El prisionero estaba con ellos, claro que lo estaba, pero lo de casi matarle a él o se trataba de una nueva técnica algo suicida o denotaba que en ese grupo a nadie le importaba nada una mierda.  Sea como fuere, el engaño había funcionado.

– Sólo demasiado ingenua...

El cuchillo se pegó más aún contra su piel y pudo sentir la sangre comenzar a bajar por su cuello. Antonio apareció de la nada, y el prisionero pasó a poner el cuchillo en su espalda, casi clavándolo, para instar a que actuase con normalidad. Aya lo hizo.

– ¡Aya, los tenemos en ambos flancos!- Gritó, agitado. - ¡Te esperamos en el lado oeste, allí parecen agolparse los experimentados!
-
Ahora mismo voy. - Su gesto serio consiguió hacer que el chico se marchase.

Acto seguido, el cuchillo dejó de hacer presión en su espalda.
En su lugar una mano le aferró por el brazo, y le obligó a girarse. Al hacerlo, se encontró de frente con unos ojos cálidos, asustados, llenos de dolor y sobretodo tan conocidos...

– ¿...
Aya? – Con el gesto desencajado, él dejó caer su arma al suelo.
– ¿... Unai? Aya relajó su dedo del gatillo de la pistola con la que pensaba contraatacar, no hacía ni dos segundos.

Todo a su alrededor comenzaba a ser destrucción. Se escuchaban tiros por doquier, gritos, el humo comenzaba a llenar las callejuelas de aquella fortaleza que habían reformado a modo de refugio, pero ante todo ellos permanecían de pie, sin creer lo que estaban viviendo. 
Unai posó la mano en la mejilla de Aya mientras ésta dejaba escapar una exhalación, que culminó en una sonrisa. Casi le dolió. Hacía demasiado tiempo que no sonreía. Quería abrazarle, decirle tantas cosas... Pero la suerte tampoco iba a estar de su lado en aquel momento. La puerta de metal a la izquierda de ambos cedió, y por ella comenzaron a entrar montones de aquellas criaturas, que al parecer sus enemigos habían dejado entrar para hacer el trabajo sucio.

Ambos sacaron sus armas y comenzaron a luchar.
Aya pronto se quedó sin balas y tuvo que pasar a hacer uso de su espada mientras que Unai buscaba mil y una forma de esquivar los ataques que le propinaban para devolverlos con todo lo que tuviese a mano.

En su vida habían luchado ninguno de los dos de aquella forma, pero la adrenalina por protegerse mutuamente era tan fuerte que ni un tanque habría podido con ellos, y l
as criaturas, aquellos seres casi reptantes sedientos de sangre humana, pero lentos y torpes, fueron diezmados.
Sin embargo, aquellos que les habían asediado seguían vivos y de una pieza.
Antes de poder siquiera decir una palabra, Aya se llevó un golpe en la nuca que la hizo caer desmayada en los brazos de un extraño, repleto de jirones de ropa y malos tatuajes caseros, pero que tenía la mayor sonrisa de triunfo pintada en la cara existente en la faz de la tierra.


domingo, 2 de marzo de 2014

Águilas Z

III. Agua y sangre.

Shower by AWishperOfLove

Aya ni siquiera tuvo miedo cuando se arrojaron al vacío, su mente le intentaba decir que estaba en peligro pero el ruido de su corazón bombeando lo opacaba todo. Los brazos de Unai contra ella le robaban cualquier pensamiento válido en su mente, y disfrutó del momento como si fuese una eternidad, cuando seguramente no serían ni dos segundos. Fue entonces cuando el golpe la sacó de su ensimismamiento. El agua le apartó de él. Pataleó como pudo ¿Agua? ¿Había un río debajo de aquel puente? Salió a duras penas del asfixiante líquido hasta alcanzar el aire y miró a su alrededor. ¡¿Dónde estaba Unai?! Pudo ver algunos de esos seres cayendo al agua tras ellos ¿Sabían nadar? Nunca lo había comprobado... Pero en aquel momento le daba exactamente igual.

– ¡¡¡
UNAI!!! - Gritó entre los movimientos tan frenéticos del agua.

Aquel río, que había permanecido casi seco durante años, ahora estaba embravecido, salvaje e indomable, como si la presa que lo mantenía hubiese estallado a pedazos. Y seguramente, así debía ser.

Antes de poder seguir buscando, uno de los rápidos la hizo hundirse hasta chocar contra el suelo y
las rocas alrededor, repetidas veces. Quiso agarrarse a algo, pero parecía imposible. No podía creer que ese era su final, no mientras no le encontrase a él, aún si el pecho le ardiese a cada segundo que pasaba. Consiguió agarrarse a algo sólido, y asomó la cabeza tomando aire con dificultad para después subirse lo que quiera que le había salvado la vida. Resultó ser un camión de hormigón, que el agua parecía no haber podido arrastrar del todo. Cuando al fin consiguió salir, a duras penas, tosió para poder respirar con normalidad y le buscó.

Su corazón se paró cuando vio un bulto flotar.
Reconoció el azul cielo de la camiseta de Unai. Se lanzó tan rápido contra él como su cuerpo le permitió, ignorando el dolor, el frío y el peligro, y luchó contra la fuerza del agua hasta llegar a él. Le agarró de la cintura y se hundió bajo el agua para tirar de su cuerpo, haciendo que así flotase y no le entrase más agua en los pulmones. Empujó, nadó, pataleó, casi gritó en silencio bajo el agua que la ensordecía y la hacía chocar contra todo lo que había a su alrededor, pero una fuerza que no parecía suya tiraba de su cuerpo, solo para ponerle a salvo. Y al fin, como si su mayor deseo hubiese tomado forma, dio con la mano contra algo a lo que pudo aferrarse. Al momento sintió un golpe en la pierna de la fuerza de un bateo en béisbol, pero no se paró a comprobar qué había ocurrido, solo se molestó en sacar a Unai del agua a tirones y empujones. Consiguió que más de tres cuartas partes de su cuerpo estuviesen fuera y se lanzó a su lado, sobre el césped. Un reguero de sangre bajaba por la ladera hasta fundirse con el torrente masivo de agua... ¿Estaba herido?

– No puedes hacerme ésto... - No sabía si hablaba para él, para sí misma, para el mundo...
Aya se echó sobre su cuerpo practicándole los primeros auxilios. Una, otra y otra vez. Dos minutos. Cinco minutos. Seis minutos, su corazón estaba paralizado del miedo pero le pasaba oxígeno a los pulmones de un modo casi autómata, empujándole el pecho sin descanso, y entonces... Tosió. Al fin tosió. Aya le empujó para ponerle de lado y le hizo toser más aún ayudándole con un par de palmadas en la espalda.

– ¿
A-Aya... ? - Unai susurró entre toses, intentando fijar la mirada sobre ella.Se hizo el silencio unos instantes. Unai pudo centrar la mirada de forma débil y perdida sobre los ojos de Aya, que parecían tan húmedos como el resto de su cuerpo tras salir del río. ¿Acaso había estado llorando?
– ¡
Idiota!

Aya se le echó al cuello con un abrazo tan fuerte que durante un par de segundos se le olvidó incluso el dolor de los pulmones.

– Q-Qué susto me has dado... Dios... No vuelvas... - Se apartó de él unos segundos para sujetarle las mejillas entre sus manos. – A hacerme eso nunca... ¡Nunca! ¿Me oyes?

Como toda respuesta,
Unai simplemente la sonrió ladino y le colocó una mano en la cintura, para tranquilizarla. Estaba bien, no tenía que preocuparse, no volvería a dejarla nunca si podía evitarlo.Aya entonces volvió a la tierra, bajando de su nube anclada en la profundidad de sus ojos, y le repasó el cuerpo con la mirada de arriba abajo. ¿De dónde venía entonces la sangre? No se cortó un pelo y le levantó la camiseta de golpe. Unai hizo un comentario sarcástico, sin entender qué hacía, pero ella ni lo escuchó, siguió buscando. Y no vio nada. <<Entonces...>>
Se miró a sí misma. La pierna. Allí donde aquel golpe tan exagerado le había dado, ahora sangraba hasta hacer que un reguero la siguiese por donde quiera que fuese. No quiso levantarse el pantalón para ver qué era lo que había ahí debajo, pero
Unai se la adelantó. Ella habría hecho exactamente lo mismo.

– No te muevas. – Dijo.

Con un gesto serio, insistente, la obligó a tumbarse. Un dolor intenso la recorrió el cuerpo entero cuando sus manos se dirigieron a su pernera del pantalón y la subieron despacio. No quería mirar... No quería. No lo haría.

– Mierda... - <<¿Qué es? ¿Qué pasa?>> Pero no preguntó nada. – Un hierro, te ha atravesado la pierna.
– No lo saques.
– ¿Qué...?
¿Estás loca? ¡Así no puedes caminar!

Unai alzó la mirada furioso a los ojos de Aya, cuando vio que ella atendía con gesto fúnebre a otra cosa. Giró el rostro, y comprendió.


Por encima de ellos se acercaban al menos tres de aquellos seres, que parecían acabar de darse cuenta de su presencia.
Ambos dejaron lo que estaban haciendo para sacar sus armas, pero ninguna de ellas funcionó.
Estaban empapadas. Aya quiso sacarse el cuchillo que llevaba en el pantalón, pero al intentarlo rozó contra el hierro clavado en ella y gritó como si la hubiesen disparado. Aquellos seres reaccionaron y echaron directamente a “correr” hacia ellos. Unai les esperó de pie, con una pequeña espada entre las manos. Aya quiso hacer algo, pero simplemente no podía moverse, el dolor le llenaba la mente. Aún así insistía en coger su arma. No hizo falta, Unai sabía lo que hacía, y despachó a los tres sin mucho esfuerzo en menos de veinte segundos. Tras hacerlo, se quedó de rodillas tosiendo, expulsando los pocos resquicios de agua que le quedaban en el pecho. Su rodilla fue a dar sobre el pecho de uno de aquellos seres, y se manchó de una sangre putrefacta y ya fría.

– ¿Estás bien? - Preguntó
Aya, incorporándose.
– Soy duro de pelar.

Se acercó hasta que estuvo al lado de ella y le puso un brazo alrededor de la cintura para ayudarla a levantarse.

–Tenemos que encontrar refugio antes de que anochezca.
– ¿No podemos volver al de antes? - Preguntó ella, pensando en su hermano.
– Imposible, no se cuánto nos ha arrastrado el río pero... No nos daría tiempo a regresar. Además, está plagado.
– ¿Entonces...?
– Encontraremos algo.

Llegaron a la carretera mientras Unai mantenía su espalda en alto con un brazo y sostenía a Aya con el contrario.

Tardaron en encontrar un piso en el que poder entrar, que estuviese abierto pero fuese seguro.
Cuando se hicieron con uno se aseguraron de que fuese lo suficientemente alto como para saber que esos seres no llegasen con facilidad. La suerte estuvo de su lado, pues no se encontraron ni uno en el camino, y estuvieron a cubierto antes del anochecer. La hora punta. Aquellas criaturas no tenían ni los oídos ni el olfato tan desarrollado como para encontrarlos allí. Unai se empeñó en subir a Aya los últimos pisos en brazos, aunque ella se negase rotundamente, pues parecía ya demasiado cansada como para hacerlo por sí misma. Una vez dentro, tapiaron la entrada con todo lo que encontraron y Aya se dejó caer sobre el sofá con todo su peso, cerrando los ojos. Estaba empapada, dolorida, cansada... Y sentía una inmensa opresión en el pecho que susurraba por su hermano a cada segundo que pasaba, preocupada.
Unai mientras tanto seguía tapiando la puerta.

Mientras tanto
Aya aprovechó para arrancar un trozo de la tela del sofá, y tomó rumbo al baño, cojeando. Vio la bañera. <<Que recuerdos...>> se acercó a ella y entró dentro, con cuidado para no caerse. Una vez allí, se quitó los pantalones, la chaqueta y las armas, y los dejó caer fuera, extendiendo la pierna. Mordió el trozo de tela, y se aferró al grifo con tanta fuerza como tenía con su mano derecha. De un tirón, se arrancó el hierro. Ahogó el grito que profirió con la tela mientras notaba la sangre caer con fuerza al suelo de la bañera.
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Dejó caer la tela de su boca, repentinamente exhausta... Y gritó aun más fuerte, cuando sintió algo que no esperaba caer sobre ella.Unai escuchó el grito desde la puerta, y con la espada en alto de nuevo entró corriendo dando un portazo al cuarto de baño, esperándose cualquier cosa. Pero lo que encontró, en contra de todo pronóstico, fue a Aya y solo a ella, vestida únicamente con su camiseta blanca y la ropa interior mojándose con el agua de la ducha. La cara de ambos era de impacto. La de ella pasmada porque en aquel lugar hubiese agua potable, y funcionase incluso la caldera ¡Era agua caliente! y la de él por todo eso, y el añadido de encontrársela de aquel modo. Al tirar por culpa del dolor de arrancarse aquel hierro, Aya había accionado el grifo. Y Funcionaba. Simplemente no se lo podía creer... No podía. Y cuando se dio cuenta de que Unai la miraba, intentó cerrarlo avergonzada <<¡Estoy gastando éste agua! ¡Soy idiota!>> pero justo cuando iba a accionarlo, una mano la detuvo.

– Espera...

Tanto la mano como la mirada que él la dirigió eran totalmente decididas. Se quitó la chaqueta, dejó caer las armas a su espalda junto con sus botas, y entró dentro de la ducha con ella.

– ¿Qué estás...?

No pudo siquiera respirar cuando sintió sus manos rodearle la cintura. Unai la empujó para quedar debajo del agua, y Aya pudo notar el calor de ésta bajarle por la espalda, despacio.

Entre las gotas del agua y el vapor que poco a poco se formaba en la habitación, pudo ver el rostro de
Unai acercarse al suyo hasta quedar a escasos centímetros el uno del otro. Acababan de casi morir ahogados, e irónicamente estar ahí, bajo el agua una vez más, se había convertido en el mejor refugio posible. En el mejor lugar del mundo.

– ¿Y si en realidad estamos muertos? – Preguntó Aya, dudosa.

Agua y sangre se unían cayendo entre ambos sin descanso, formando un remolino grotesco que desaparecía por el sumidero.

– No quiero comprobarlo nunca.

Habló tanto con su voz como con sus labios, que ahora, silenciosos, se acercaron a besar los de Aya con el mayor cariño y deseo posibles. El “Gong” del corazón de ambos, restallaba al unísono creando un coro magnífico con el agua, chocando en el suelo de la bañera.

<<¿Comprobarlo?>> Pensó Aya. No importaba. En aquel momento no. 

_______________________________________________
Debo dar las gracias a Alfonso por la frase final de Unai. 
Cuando pregunté "¿Y si en realidad estamos muertos?" contestó "Que preguntita. No sé, contestaría que no quisiera comprobarlo nunca". 
Fue más que perfecto. Gracias. 

jueves, 27 de febrero de 2014

Águilas Z

II. No me conformaré con ésto.

Fight for your life  by Smaragdi

Caminaban los tres por mitad de la calle, con las armas en ristre, mirando a su alrededor. Todo estaba desierto, tan vacío, desolado y repleto de destrucción, que asustaba. Los coches levantados, las cristaleras rotas, las hojas del otoño campando a sus anchas. Y lo peor de todo... Aquel cielo gris, que permanecía así desde hacía tanto...

– Deberíamos ponernos a cubierto, no tardará en empezar a llover – Dijo Aya – ¿Está lejos el refugio?
– No, es la siguiente calle, ya casi estamos. - Respondió Unai.

Giraron la esquina, y se quedaron clavados en el sitio. Estaba plagado de aquellos seres. Aya tiró de ambos para que se escondiesen tras la pared de nuevo, y mantuvieron un silencio casi inhumano, atentos a todo. No les habían visto, pero sería cuestión de tiempo que les oliesen.
Unai levantó la mano y señaló a la mitad de la calle, donde una puerta blindada adornaba el edificio, en apariencia militar. Ese debía ser el refugio, pero era imposible llegar hasta él. Aprovechando que su hermano vigilaba y no la prestaba atención, Aya le hizo a Unai un gesto con la mirada, que increíblemente, él entendió a la perfección. Les distraerían de nuevo.

– Cuando te diga... – Susurró Aya a su hermano. – Corre hasta la puerta y no dejes de llamar hasta que te abran ¿Vale?

El hermano se le agarró al brazo y negó con la mirada, sabiendo lo que pretendía.

– Oye, será como antes, y además no estaré sola ¿De acuerdo? Uno solo no podría despistarles, hay que dividirlos, iremos los dos. No te preocupes.

En un gesto que no creía ni suyo le besó la frente y se apartó de él, señalándole que se escondiese.

Unai y Aya se miraron, asintiendo con la cabeza e incorporándose, y casi al unísono salieron corriendo hacia la calle atestada. Aquellos seres tardaron menos de un segundo en verlos y echar a correr jadeado hacia ellos, y tuvieron que hacer varias piruetas para que no les rozasen.
Cuando al fin llegaron al final de la calle, Aya se giró y silbó con fuerza para que su hermano corriese hacia la puerta. No tardaron en abrirle la entrada haciendo resonar las visagras metálicas, y cuando ella supo que estaba a salvo, volvió sobre sí misma, y se encontró corriendo de nuevo a toda velocidad. El camino se separaba, Unai le lanzó una última mirada para girar hacia la izquierda mientras ella lo hacía por su derecha, los seres se dividieron de forma patosa y abrupta.

Ni ellos sabrían cuanto tiempo pasaron corriendo ni cuántas de aquellas criaturas les seguían, pero cuando al fin se encontraron en lo alto del puente de la autopista, supieron que habían hecho mal, pues estaban corriendo de frente el uno contra el otro sin ninguna salida.
Se detuvieron en seco a menos de un palmo de distancia y se miraron con la respiración descontrolada, escuchando a los seres gritar tras ellos y sintiéndose completamente acorralados.

Era el fin... Pero Aya estaba tranquila, pues su hermano estaba bien, y a fin de cuentas, si aquella iba a ser su forma de morir...

Se alzó sobre sus pies, y agarrándose a la chaqueta de Unai se inclinó sobre éste de forma rápida para que no pudiese preverlo... Y le abrazó. Con la fuerza de un terremoto.
Los sentidos de Aya se habían abotargado, su cuerpo entero ardía mientras su estómago sentía que no necesitaría protección nunca más si podía abrazarle de aquella manera, y su mente viajó a un mundo lejano donde no existía el dolor, el miedo... En el que aquellos seres nunca habían sido reales. Sintió la necesidad de cortar el momento cuando la alerta pudo más que todo aquello, y atendió al gesto de Unai totalmente anonadado por lo que acababa de hacer, mirándola sin palabras.

Entonces sí, estaba lista. Sacó las armas que tenía, una en cada mano, y se giró sobre sí misma apuntando al primero de aquellos que se le iba a echar encima. No pretendía morir sin luchar, si aquel era su final sería el mejor que hubiese existido nunca, y sonrió ladina preparada justo cuando sintió unos brazos aferrarse a su cintura. Los de Unai.

Giró el rostro por encima de su hombro y le miró, sin entender qué hacía, pero antes de poder preguntar nada él la sonrió y le guiñó un ojo.

– Si crees que pienso morir aquí... ¡Vas lista!

Tiró de Aya hasta acercarse peligrosamente al borde del puente y cuando sintió sus pies casi en el aire, la giró para tenerla de frente y la volvió a abrazar con fuerza, susurrándole al oído.


– No me conformaré con ésto.

Y la estrechó contra si, cerrando los ojos y obligándola a pegar el rostro contra su pecho para que no pudiese ver nada... Mientras daba un paso atrás y caían juntos al vacío.

lunes, 3 de febrero de 2014

Águilas Z

I. ¿Quién eres? ¿Importa eso?.

Platform lights by ilona-lightpainting

Aquella mañana todo parecía mucho más alterado que de costumbre, y ella se despertó mirando a su alrededor como si hubiese estallado una bomba. Recogió sus cosas, despertó a su hermano con un par de zarandeos y le hizo una señal para que mantuviese la boca cerrada.

– Quédate aquí. - Susurró.

Quitó el seguro de su pistola, viendo cómo su hermano se incorporaba y también recogía sus armas y salió de la habitación cerrando la puerta metálica tras de sí, mirando a su alrededor.

No tardó ni un segundo en encender la linterna que siempre llevaba con ella y apuntar a izquierda y derecha, pero no vio nada. Fue entonces cuando le llegaron los claros gemidos lejanos de aquellas criaturas, no tan distantes como debían estar. Corrió hacia el andén de metro, en busca del foco del sonido, y en su final pudo ver, por una de las salidas, como al menos una veintena de esos seres bajaban directamente hacia ella.
Se le heló la sangre.
Estaba completamente paralizada cuando vio a uno de ellos correr, a una velocidad impactante.
No le dio tiempo a reaccionar, cuando
se la echó encima.

– ¿Estás bien? - Preguntó aquel... ¿Ser? ¡No! ¡Ellos no podían hablar!

Era un... Era un humano, aunque no podía verle porque su linterna se había ido a la mierda. Se agachó y levantó a la chica del suelo por la cintura.

– S-Sí...

El hermano salió de su escondite con el arma en ristre, al ver a aquella persona sobre la muchacha. Sobre su hermana.

– ¡No, tranquilo, es humano!
– ¿... Qué? - Ni él se podía creer aquello.

Bajó el arma justo cuando el grupo de aquellos seres comenzaba a bajar a las vías del tren. 

– ¡Vámonos! - gritó la chica agarrando a su hermano y al desconocido para salir corriendo por las vías del metro.

Al menos pasarían veinte minutos corriendo hasta llegar a un andén que aún tenía su propia luz de emergencia, y de una patada la chica abrió la puerta de la sala de contadores, rompiendo la cerradura y señalando a su hermano que entrase dentro. Cuando al fin lo estuvo, hizo caso omiso de sus quejas y cerró la puerta
desde fuera, no sin antes abrazarle y decirle con gesto serio “No se te ocurra salir hasta que hayan pasado. Nos veremos en seguida”.
Los seres también corrían, y se les estaban echando encima, pero al menos así se aseguraba de que no se quedasen a por su hermano. Pegó un par de tiros a uno de ellos y siguió corriendo, señalando al chico que corría con ella que la siguiese. Los gritos y jadeos a sus espaldas eran estremecedores, y la luz poco a poco escaseaba cada vez más hasta que llegaron al siguiente andén. Subieron sin pensarlo dos veces.

– ¡A la sala de control! - Gritó ella agarrando del brazo al desconocido y llevándolo escaleras arriba.

Llegados
al fin, ella tuvo que empujar con todo su cuerpo tres veces seguidas, casi partiéndose el brazo, para intentar abrir la puerta sin resultado. Con un “Aparta” el extraño la abrió de un solo movimiento, y entraron dentro, parapetándose con un mueble lleno de ficheros que no le interesaban a nadie.
Ella se agachó y tiró del chico para que se escondiese a su lado, bajo la mesa, pues si los seres les veían a través del cristal estarían perdidos. Pero no lo hicieron.
Los gritos se sucedían, los gemidos, repugnantes, llenaban sus oídos. Los golpes contra el cristal al pasar de aquellos seres se repetían uno tras otro... Pero al fin, hubo silencio.
Pasarían más de veinte minutos hasta que, ella, se atrevió a hablar.

– ¿Quién eres...? - Dijo con un susurro, aún agazapada.
– ¿Importa eso?

No, no importaba. Pero era el primer humano que veía desde hacía meses... Se levantó y se encaminó a la puerta, para apartar el mueble y salir por ella.
– Yo soy Aya... - Se levantó ella tras sus movimientos y salió también por la puerta.

Uno de aquellos seres se había quedado rezagado, y mientras el chico se giraba para mirarla se le echó encima. La chica ni lo pensó, empujó al chico a un lado con los brazos, tirándole al suelo, y levantó la pistola para disparar al
ser a la cabeza, de un solo movimiento. Éste, que parecía un hombre mayor pero bastante deformado, cayó cual saco de patatas hacia atrás, chocándose contra la pared. Aya se giró hacia el chico y le tendió la mano para ayudarle a levantarse.

– Perdona... -
Dijo sintiéndolo por el empujón.
– Soy
Unai.
Sostuvo su mano con fuerza y se levantó del suelo. Al instante, Aya sintió una electricidad descomunal recorrerle la columna vertebral, y apartó la vista haciendo como que comprobaba su cargador.
– Debo... Debo volver a por mi hermano.
– Voy contigo. - Señaló al muerto tras ella con la cabeza y asintió. - Ahora te lo debo.

Y ella no se quejó.


Echó a andar de nuevo hasta las vías del tren en busca de su hermano. A mitad de camino se detuvo en seco, cuando sintió como Unai se agarraba de su mano, entrelazando sus dedos. No sabía por qué lo había hecho, pero no se quejó. No dijo nada. Le encantaba sentir aquello, el contacto humano... Así que continuó su camino, apretando su mano alrededor de la de él, sin saber que desde ese momento... Ya nunca se soltarían.

martes, 7 de enero de 2014

La Guardia de fuego

IV. La locura de la luna.

The Moon by deejaywolf

Los días cada vez eran más cortos en la zona Norte de la ciudad, ¿Cuánto tiempo llevaba caminando a la deriva? Pronto harían dos semanas desde su salida triunfal del Congreso, y ya incluso había encontrado una octavilla con su nombre en una taberna a las afueras de la ciudad. Tuvo que aguantar la risa cuando vio aquel “Se busca por desacato a la autoridad” ¿Qué autoridad? ¿Y qué le harían, si es que la encontraban? Valverde no era más que un niñato, y todos los que le seguían simplemente eran borregos dispuestos a todo con tal de sobrevivir. El mundo siempre había apestado bastante, pero desde que Zelen tenía memoria, era prácticamente un infierno repleto de imbéciles y asustadizos arrogantes.

Dos días hacía desde que dejó atrás la población más cercana y se adentró en la montaña, bordeando la ciudad, adentrándose en el bosque y dejando que el frío le calase hasta los huesos. Seguía aquel ruido, aquellas voces que se metían en su mente, esa canción que la guiaba de lado a lado como una nana que acunaba sus sentidos mientras la luna en lo alto de la noche se movía arrulladora... Simplemente hipnótico. No entendía nada, pero cuanto más lo pensaba, menos quería hacerlo.

" Siempre me pregunté cómo sería convertirse en ellos... "

Sus pies la guiaban mientras sus manos se aferraban a los troncos de los árboles a su alrededor. Evitaba el día y caminaba de noche, pues la luz del sol le dañaba ya demasiado la vista, y no podía ver.

"Es una paz tan extraña... Es casi como quedarse dormido, muy lentamente. Podría acostumbrarme."

No se podía mirar en ningún espejo desde hacía días, pero no hacía falta hacerlo para saber que ahora debía tener los ojos más brillantes que nunca. Podía ver en plena oscuridad como si hubiese la más brillante de las bombillas sobre su cabeza. La luna, aún si menguada o casi oculta tras las montañas, era suficiente para mostrarle el mundo entero. Era rápida, mucho más rápida, y el frío invernal que hacía tiempo arreciaba sólo era notorio en el vaho que salía de entre sus labios cuando el oxígeno era expulsado de sus pulmones. Y aquella paz...

Era el tercer día de la tercera semana que había salido del Congreso cuando uno de ellos apareció a su paso en las colinas del Norte. Zelen, se agazapó entre las hierbas.

– Mamá luna canta, mamá luna canta ¡Canta, canta, CANTA!

La chica contuvo el aliento. Por el aspecto de la criatura, llevaría convertida apenas un par de meses, pues prácticamente vestía la ropa impoluta que en su día debió llevar como humana, vaqueros ajustados y camiseta de tirantes ligeramente raída. Era una mujer, estaba claro, aunque el tono de su voz no lo hubiese dejado claro. Y todo ésto, sólo le llevaba a una única conclusión: Que la superaría en fuerzas. Un recién convertido siempre era más fuerte que cualquiera de los anteriores a ellos, pues aún mantenían la forma física humana, sumada a su nueva condición. Zelen tenía todas las de perder ahí.

Sin darse cuenta, Zelen arrancó con una uña un pedazo de la corteza del árbol sobre el que su mano se apoyaba mientras oteaba a la criatura, y ésta, como movida por un resorte, se giró clavando sus ojos en ella como si fuese el último bocado sobre la tierra.
Zelen se incorporó de golpe, intentando ser rápida, y posó las manos sobre la empuñadura de su espada lista a luchar hasta su último aliento mientras la criatura se agazapaba. Pero, para incredulidad de la joven, aquel monstruo ligeramente pareció ir relajándose.

"¿Qué está ocurriendo...?"

– Nooo... – Dijo con voz gutural la criatura. – ¿Tú?
Zelen se quedó de piedra.
Le hablaba, aquel ser le estaba hablando directamente a ella, ¿Desde cuando eran capaces de hacerlo? El escalofrío que le recorrió la espalda de arriba abajo le impedía respirar.

– ¿Túúúú?
– … Yo.

El ser pegó un salto en el sitio, cual cachorro cánido cuando se le dicen dos palabras amables.

– ¿Túúúú...? – Dijo una vez más.
– Yo, sí.

La criatura no parecía caber en sí de gozo, pero ésta vez parecía querer llegar “Más allá” o por lo pronto, daba señas de pretender comunicarse de un modo algo más profundo.

– ¡¿Túúú?! – Se llevó la criatura una mano al oído, y la otra en un brusco y nada natural movimiento, la dirigió de un golpe al cielo. Hacia la luna.

Y Zelen, comprendió.

– … Sí, yo lo oigo. Es... ¿Es la Luna?
– ¡Mamá canta, canta, CANTA!
– Canta... Pero, ¿Qué...?
– ¡Ven a cantaAaAaAAAAaaarrRRR! – Pronunció la criatura mientras sonreía de lado a lado con su ahora amorfo rostro no humano y señalaba a Zelen que la siguiese a través del bosque.

No entendía por qué, ni de qué manera, pero algo la decía que debía seguir a aquella criatura. Aunque no soltó la empuñadura de su espada ni un solo instante, clavando los ojos en la nuca de la criatura, sentía una paz interior que no era capaz de explicar unida a todo un amasijo de sensaciones increíblemente sobrecogedoras, y aterradoras.
El ser caminó durante largo rato, sería sobre hora y media al menos, y sin detenerse ni un minuto estuvo cantando, gritando y dando saltos toda la travesía hasta llegar al destino que en su mente debía haber fijado.
Los árboles se iban apelmazando, cada vez era más difícil caminar, y el frío impedía que Zelen pudiese mover bien los músculos de su cuerpo. Seguía a la criatura por cada paso que daba, cada movimiento, y ésta no se giró ni una sola vez para dirigirle la mirada de nuevo mientras mantenía sus ruidosos gritos en vilo. Estruendosos silbidos y graznidos que, pronto, comenzaron a escucharse desde otras partes del bosque uniéndose a las de aquel primer ser con el que Zelen se había topado.

"Uno en el Norte, dos al Éste, al menos otro al Oeste y tres por el Sur... Se están reuniendo."

Sus suposiciones, entonces, parecían correctas. Pensó en Valverde durante un segundo, y una sonrisa ladeada le surcó el rostro no supo si por maldad pura, rabia o desasosiego. Simplemente, surgió de la nada y le hizo sentir mejor. Ella tenía razón.

Se sintió rodeada, no podía huir y lo sabía, pero a la vez estaba... Excitada. Iba a llegar al origen de aquella “llamada”, sabría de donde venía todo aquello, y a dónde pretendían llegar ellos o, simplemente... Comprenderlos, si es que podía.
El bosque poco a poco pareció ir abriéndose, y entre el ramaje aparecieron las primeras estrellas, que a ojos de Zelen, relucían como nunca antes lo habían hecho. Por primera vez en su vida se dio cuenta de que, aún sin una luna en el firmamento o luz alguna artificial, sería capaz de guiarse únicamente con el brillo de aquellas luciérnagas espaciales

Las ramas fueron desapareciendo, y las hojas de los árboles dieron paso a un claro que pronto quedó iluminado de un modo casi espectral por la luz de la luna y los ojos inhumanos de Zelen.
La visión, le cortó a Zelen la respiración.
El claro, estaba lleno de ellos.No podría contarlos aunque quisiese, pero aquel lugar tendría fácilmente la extensión de un campo de fútbol, y más de la mitad estaba completo. Pronto más y más de aquellas criaturas fueron llegando al claro, tal y como ella y su guía habían entrado ya, y se reunieron en torno al centro del lugar.

"¿Qué es eso...?" Algo, parecido al arrullo de un violín perfectamente afinado, entonando la más bella de las melodías, daba la impresión de surgir del centro del claro. "Esa música... "

Zelen, que se había quedado de piedra al sentirse rodeada por aquellas criaturas, de repente sintió un resorte empujarla hacia delante, para poder descubrir qué era aquello.
Cuando salió por completo de entre los árboles, el silencio se hizo en el lugar. Y todos los ojos, fríos como el hielo y henchidos de locura, se clavaron sobre ella.

"Mierda..." Pero algo, aquella melodía, casi le impedía sentir miedo. Sin mediar palabras o gestos algunos con los seres, echó a andar hacia el origen del sonido.

Ellos, a pesar de fijar sus ojos en ella, la dejaron paso conforme caminaba.

Había criaturas de todas las edades, algunas apenas habrían alcanzado la treintena (la edad común de conversión) y otras, sin embargo, ya mostraban claros signos de vejez. La mayoría tenían señales de batalla en sus cuerpos, y los tics que les asediaban les obligaban a proferir un grito tras otro de vez en cuando, poniendo el vello de punta de cualquiera que pudiese escucharles.
Zelen, caminaba erguida, pero con un escalofrío permanente recorriéndole la nuca.

Al fin, alcanzó el centro, el origen de aquella nana tan increíble e hipnótica, y apartando al último de ellos pudo ver el misterio que tanto había esperado.

Una roca, del tamaño de una mesa de comedor, lisa y brillante como el nácar, con un pequeño hueco en su centro en el que reposaba algo de agua, plácida y ligera, que reflejaba la luz de la luna como si fuese el espejo más bello que hubiese existido jamás.
La música, salía directamente de aquel pequeño remanso de agua, y Zelen, impulsada por una emoción similar al amor más intenso que jamás hubiese sentido, se acercó a ella con la mano extendida, queriendo tocar su infinita belleza.

Al instante, cinco ellos se la echaron encima y la hicieron caer al suelo, de la forma más brusca posible.

– ¡NO! – Gritó en su oído uno de ellos.
– ¡NO TOCAS!
– ¡NO! ¡NO!

No comprendió nada, el agua le atraía de tal modo que sin duda les habría matado a todos para poder siquiera mirarla otra vez.
– ¡Soltadme! ¡Dejadme! Necesito...
– Entenderás. – Dijo de nuevo en su oído otra de las criaturas.
– ¡No quiero entender nada! ¡Quiero tocarla, lo necesito! ¡Dejadme!


Poco a poco los seres la soltaron hasta que pudo ponerse en pie por sus propias fuerzas, y Zelen, llena de furia, sacó su espada y les miró de uno a uno preparada para cortarles el cuello. El agua, la luna, todo aquello la estaba llamando tanto que no era capaz de ver, de sentir o pensar algo que no fuese en ella, aquella misticidad, ese milagro, esa “Madre”. La amaba, y no sabía lo que era.
Les mataría a todos para llegar a ella.

Puso su arma en ristre, y gruñó. Nunca había gruñido.

– No. – Susurró uno de ellos.Zelen pudo sentir el frío golpe de una roca sobre su nuca nada más escuchar aquella seca palabra, y cayó cuan larga era sobre el verde pasto a sus pies. Lo último que pudo ver, fue la roca impía desde el suelo, y un pequeño reflejo que la luz de la luna y el agua ejercían sobre uno de los lados de la piedra. Se desmayó, soltando su espada, con una sonrisa al ver aquello.

Sin duda alguna, se había vuelto loca.