jueves, 27 de febrero de 2014

Águilas Z

II. No me conformaré con ésto.

Fight for your life  by Smaragdi

Caminaban los tres por mitad de la calle, con las armas en ristre, mirando a su alrededor. Todo estaba desierto, tan vacío, desolado y repleto de destrucción, que asustaba. Los coches levantados, las cristaleras rotas, las hojas del otoño campando a sus anchas. Y lo peor de todo... Aquel cielo gris, que permanecía así desde hacía tanto...

– Deberíamos ponernos a cubierto, no tardará en empezar a llover – Dijo Aya – ¿Está lejos el refugio?
– No, es la siguiente calle, ya casi estamos. - Respondió Unai.

Giraron la esquina, y se quedaron clavados en el sitio. Estaba plagado de aquellos seres. Aya tiró de ambos para que se escondiesen tras la pared de nuevo, y mantuvieron un silencio casi inhumano, atentos a todo. No les habían visto, pero sería cuestión de tiempo que les oliesen.
Unai levantó la mano y señaló a la mitad de la calle, donde una puerta blindada adornaba el edificio, en apariencia militar. Ese debía ser el refugio, pero era imposible llegar hasta él. Aprovechando que su hermano vigilaba y no la prestaba atención, Aya le hizo a Unai un gesto con la mirada, que increíblemente, él entendió a la perfección. Les distraerían de nuevo.

– Cuando te diga... – Susurró Aya a su hermano. – Corre hasta la puerta y no dejes de llamar hasta que te abran ¿Vale?

El hermano se le agarró al brazo y negó con la mirada, sabiendo lo que pretendía.

Oye, será como antes, y además no estaré sola ¿De acuerdo? Uno solo no podría despistarles, hay que dividirlos, iremos los dos. No te preocupes.

En un gesto que no creía ni suyo le besó la frente y se apartó de él, señalándole que se escondiese.

Unai y Aya se miraron, asintiendo con la cabeza e incorporándose, y casi al unísono salieron corriendo hacia la calle atestada. Aquellos seres tardaron menos de un segundo en verlos y echar a correr jadeado hacia ellos, y tuvieron que hacer varias piruetas para que no les rozasen.
Cuando al fin llegaron al final de la calle, Aya se giró y silbó con fuerza para que su hermano corriese hacia la puerta. No tardaron en abrirle la entrada haciendo resonar las visagras metálicas, y cuando ella supo que estaba a salvo, volvió sobre sí misma, y se encontró corriendo de nuevo a toda velocidad. El camino se separaba, Unai le lanzó una última mirada para girar hacia la izquierda mientras ella lo hacía por su derecha, los seres se dividieron de forma patosa y abrupta.

Ni ellos sabrían cuanto tiempo pasaron corriendo ni cuántas de aquellas criaturas les seguían, pero cuando al fin se encontraron en lo alto del puente de la autopista, supieron que habían hecho mal, pues estaban corriendo de frente el uno contra el otro sin ninguna salida.
Se detuvieron en seco a menos de un palmo de distancia y se miraron con la respiración descontrolada, escuchando a los seres gritar tras ellos y sintiéndose completamente acorralados.

Era el fin... Pero Aya estaba tranquila, pues su hermano estaba bien, y a fin de cuentas, si aquella iba a ser su forma de morir...

Se alzó sobre sus pies, y agarrándose a la chaqueta de Unai se inclinó sobre éste de forma rápida para que no pudiese preverlo... Y le abrazó. Con la fuerza de un terremoto.
Los sentidos de Aya se habían abotargado, su cuerpo entero ardía mientras su estómago sentía que no necesitaría protección nunca más si podía abrazarle de aquella manera, y su mente viajó a un mundo lejano donde no existía el dolor, el miedo... En el que aquellos seres nunca habían sido reales. Sintió la necesidad de cortar el momento cuando la alerta pudo más que todo aquello, y atendió al gesto de Unai totalmente anonadado por lo que acababa de hacer, mirándola sin palabras.

Entonces sí, estaba lista. Sacó las armas que tenía, una en cada mano, y se giró sobre sí misma apuntando al primero de aquellos que se le iba a echar encima. No pretendía morir sin luchar, si aquel era su final sería el mejor que hubiese existido nunca, y sonrió ladina preparada justo cuando sintió unos brazos aferrarse a su cintura. Los de Unai.

Giró el rostro por encima de su hombro y le miró, sin entender qué hacía, pero antes de poder preguntar nada él la sonrió y le guiñó un ojo.

– Si crees que pienso morir aquí... ¡Vas lista!

Tiró de Aya hasta acercarse peligrosamente al borde del puente y cuando sintió sus pies casi en el aire, la giró para tenerla de frente y la volvió a abrazar con fuerza, susurrándole al oído.


No me conformaré con ésto.

Y la estrechó contra si, cerrando los ojos y obligándola a pegar el rostro contra su pecho para que no pudiese ver nada... Mientras daba un paso atrás y caían juntos al vacío.

lunes, 3 de febrero de 2014

Águilas Z

I. ¿Quién eres? ¿Importa eso?.

Platform lights by ilona-lightpainting

Aquella mañana todo parecía mucho más alterado que de costumbre, y ella se despertó mirando a su alrededor como si hubiese estallado una bomba. Recogió sus cosas, despertó a su hermano con un par de zarandeos y le hizo una señal para que mantuviese la boca cerrada.

– Quédate aquí. - Susurró.

Quitó el seguro de su pistola, viendo cómo su hermano se incorporaba y también recogía sus armas y salió de la habitación cerrando la puerta metálica tras de sí, mirando a su alrededor.

No tardó ni un segundo en encender la linterna que siempre llevaba con ella y apuntar a izquierda y derecha, pero no vio nada. Fue entonces cuando le llegaron los claros gemidos lejanos de aquellas criaturas, no tan distantes como debían estar. Corrió hacia el andén de metro, en busca del foco del sonido, y en su final pudo ver, por una de las salidas, como al menos una veintena de esos seres bajaban directamente hacia ella.
Se le heló la sangre.
Estaba completamente paralizada cuando vio a uno de ellos correr, a una velocidad impactante.
No le dio tiempo a reaccionar, cuando
se la echó encima.

– ¿Estás bien? - Preguntó aquel... ¿Ser? ¡No! ¡Ellos no podían hablar!

Era un... Era un humano, aunque no podía verle porque su linterna se había ido a la mierda. Se agachó y levantó a la chica del suelo por la cintura.

– S-Sí...

El hermano salió de su escondite con el arma en ristre, al ver a aquella persona sobre la muchacha. Sobre su hermana.

¡No, tranquilo, es humano!
– ¿... Qué? - Ni él se podía creer aquello.

Bajó el arma justo cuando el grupo de aquellos seres comenzaba a bajar a las vías del tren. 

¡Vámonos! - gritó la chica agarrando a su hermano y al desconocido para salir corriendo por las vías del metro.

Al menos pasarían veinte minutos corriendo hasta llegar a un andén que aún tenía su propia luz de emergencia, y de una patada la chica abrió la puerta de la sala de contadores, rompiendo la cerradura y señalando a su hermano que entrase dentro. Cuando al fin lo estuvo, hizo caso omiso de sus quejas y cerró la puerta
desde fuera, no sin antes abrazarle y decirle con gesto serio “No se te ocurra salir hasta que hayan pasado. Nos veremos en seguida”.
Los seres también corrían, y se les estaban echando encima, pero al menos así se aseguraba de que no se quedasen a por su hermano. Pegó un par de tiros a uno de ellos y siguió corriendo, señalando al chico que corría con ella que la siguiese. Los gritos y jadeos a sus espaldas eran estremecedores, y la luz poco a poco escaseaba cada vez más hasta que llegaron al siguiente andén. Subieron sin pensarlo dos veces.

– ¡A la sala de control! - Gritó ella agarrando del brazo al desconocido y llevándolo escaleras arriba.

Llegados
al fin, ella tuvo que empujar con todo su cuerpo tres veces seguidas, casi partiéndose el brazo, para intentar abrir la puerta sin resultado. Con un “Aparta” el extraño la abrió de un solo movimiento, y entraron dentro, parapetándose con un mueble lleno de ficheros que no le interesaban a nadie.
Ella se agachó y tiró del chico para que se escondiese a su lado, bajo la mesa, pues si los seres les veían a través del cristal estarían perdidos. Pero no lo hicieron.
Los gritos se sucedían, los gemidos, repugnantes, llenaban sus oídos. Los golpes contra el cristal al pasar de aquellos seres se repetían uno tras otro... Pero al fin, hubo silencio.
Pasarían más de veinte minutos hasta que, ella, se atrevió a hablar.

– ¿Quién eres...? - Dijo con un susurro, aún agazapada.
– ¿Importa eso?

No, no importaba. Pero era el primer humano que veía desde hacía meses... Se levantó y se encaminó a la puerta, para apartar el mueble y salir por ella.
– Yo soy Aya... - Se levantó ella tras sus movimientos y salió también por la puerta.

Uno de aquellos seres se había quedado rezagado, y mientras el chico se giraba para mirarla se le echó encima. La chica ni lo pensó, empujó al chico a un lado con los brazos, tirándole al suelo, y levantó la pistola para disparar al
ser a la cabeza, de un solo movimiento. Éste, que parecía un hombre mayor pero bastante deformado, cayó cual saco de patatas hacia atrás, chocándose contra la pared. Aya se giró hacia el chico y le tendió la mano para ayudarle a levantarse.

– Perdona... -
Dijo sintiéndolo por el empujón.
– Soy
Unai.
Sostuvo su mano con fuerza y se levantó del suelo. Al instante, Aya sintió una electricidad descomunal recorrerle la columna vertebral, y apartó la vista haciendo como que comprobaba su cargador.
– Debo... Debo volver a por mi hermano.
– Voy contigo. - Señaló al muerto tras ella con la cabeza y asintió. - Ahora te lo debo.

Y ella no se quejó.


Echó a andar de nuevo hasta las vías del tren en busca de su hermano. A mitad de camino se detuvo en seco, cuando sintió como Unai se agarraba de su mano, entrelazando sus dedos. No sabía por qué lo había hecho, pero no se quejó. No dijo nada. Le encantaba sentir aquello, el contacto humano... Así que continuó su camino, apretando su mano alrededor de la de él, sin saber que desde ese momento... Ya nunca se soltarían.

martes, 7 de enero de 2014

La Guardia de fuego

IV. La locura de la luna.

The Moon by deejaywolf

Los días cada vez eran más cortos en la zona Norte de la ciudad, ¿Cuánto tiempo llevaba caminando a la deriva? Pronto harían dos semanas desde su salida triunfal del Congreso, y ya incluso había encontrado una octavilla con su nombre en una taberna a las afueras de la ciudad. Tuvo que aguantar la risa cuando vio aquel “Se busca por desacato a la autoridad” ¿Qué autoridad? ¿Y qué le harían, si es que la encontraban? Valverde no era más que un niñato, y todos los que le seguían simplemente eran borregos dispuestos a todo con tal de sobrevivir. El mundo siempre había apestado bastante, pero desde que Zelen tenía memoria, era prácticamente un infierno repleto de imbéciles y asustadizos arrogantes.

Dos días hacía desde que dejó atrás la población más cercana y se adentró en la montaña, bordeando la ciudad, adentrándose en el bosque y dejando que el frío le calase hasta los huesos. Seguía aquel ruido, aquellas voces que se metían en su mente, esa canción que la guiaba de lado a lado como una nana que acunaba sus sentidos mientras la luna en lo alto de la noche se movía arrulladora... Simplemente hipnótico. No entendía nada, pero cuanto más lo pensaba, menos quería hacerlo.

" Siempre me pregunté cómo sería convertirse en ellos... "

Sus pies la guiaban mientras sus manos se aferraban a los troncos de los árboles a su alrededor. Evitaba el día y caminaba de noche, pues la luz del sol le dañaba ya demasiado la vista, y no podía ver.

"Es una paz tan extraña... Es casi como quedarse dormido, muy lentamente. Podría acostumbrarme."

No se podía mirar en ningún espejo desde hacía días, pero no hacía falta hacerlo para saber que ahora debía tener los ojos más brillantes que nunca. Podía ver en plena oscuridad como si hubiese la más brillante de las bombillas sobre su cabeza. La luna, aún si menguada o casi oculta tras las montañas, era suficiente para mostrarle el mundo entero. Era rápida, mucho más rápida, y el frío invernal que hacía tiempo arreciaba sólo era notorio en el vaho que salía de entre sus labios cuando el oxígeno era expulsado de sus pulmones. Y aquella paz...

Era el tercer día de la tercera semana que había salido del Congreso cuando uno de ellos apareció a su paso en las colinas del Norte. Zelen, se agazapó entre las hierbas.

Mamá luna canta, mamá luna canta ¡Canta, canta, CANTA!

La chica contuvo el aliento. Por el aspecto de la criatura, llevaría convertida apenas un par de meses, pues prácticamente vestía la ropa impoluta que en su día debió llevar como humana, vaqueros ajustados y camiseta de tirantes ligeramente raída. Era una mujer, estaba claro, aunque el tono de su voz no lo hubiese dejado claro. Y todo ésto, sólo le llevaba a una única conclusión: Que la superaría en fuerzas. Un recién convertido siempre era más fuerte que cualquiera de los anteriores a ellos, pues aún mantenían la forma física humana, sumada a su nueva condición. Zelen tenía todas las de perder ahí.

Sin darse cuenta, Zelen arrancó con una uña un pedazo de la corteza del árbol sobre el que su mano se apoyaba mientras oteaba a la criatura, y ésta, como movida por un resorte, se giró clavando sus ojos en ella como si fuese el último bocado sobre la tierra.
Zelen se incorporó de golpe, intentando ser rápida, y posó las manos sobre la empuñadura de su espada lista a luchar hasta su último aliento mientras la criatura se agazapaba. Pero, para incredulidad de la joven, aquel monstruo ligeramente pareció ir relajándose.

"¿Qué está ocurriendo...?"

– Nooo... – Dijo con voz gutural la criatura. – ¿Tú?
Zelen se quedó de piedra.
Le hablaba, aquel ser le estaba hablando directamente a ella, ¿Desde cuando eran capaces de hacerlo? El escalofrío que le recorrió la espalda de arriba abajo le impedía respirar.

– ¿Túúúú?
– … Yo.

El ser pegó un salto en el sitio, cual cachorro cánido cuando se le dicen dos palabras amables.

– ¿Túúúú...? – Dijo una vez más.
– Yo, sí.

La criatura no parecía caber en sí de gozo, pero ésta vez parecía querer llegar “Más allá” o por lo pronto, daba señas de pretender comunicarse de un modo algo más profundo.

– ¡¿Túúú?! – Se llevó la criatura una mano al oído, y la otra en un brusco y nada natural movimiento, la dirigió de un golpe al cielo. Hacia la luna.

Y Zelen, comprendió.

– … Sí, yo lo oigo. Es... ¿Es la Luna?
– ¡Mamá canta, canta, CANTA!
Canta... Pero, ¿Qué...?
– ¡Ven a cantaAaAaAAAAaaarrRRR! – Pronunció la criatura mientras sonreía de lado a lado con su ahora amorfo rostro no humano y señalaba a Zelen que la siguiese a través del bosque.

No entendía por qué, ni de qué manera, pero algo la decía que debía seguir a aquella criatura. Aunque no soltó la empuñadura de su espada ni un solo instante, clavando los ojos en la nuca de la criatura, sentía una paz interior que no era capaz de explicar unida a todo un amasijo de sensaciones increíblemente sobrecogedoras, y aterradoras.
El ser caminó durante largo rato, sería sobre hora y media al menos, y sin detenerse ni un minuto estuvo cantando, gritando y dando saltos toda la travesía hasta llegar al destino que en su mente debía haber fijado.
Los árboles se iban apelmazando, cada vez era más difícil caminar, y el frío impedía que Zelen pudiese mover bien los músculos de su cuerpo. Seguía a la criatura por cada paso que daba, cada movimiento, y ésta no se giró ni una sola vez para dirigirle la mirada de nuevo mientras mantenía sus ruidosos gritos en vilo. Estruendosos silbidos y graznidos que, pronto, comenzaron a escucharse desde otras partes del bosque uniéndose a las de aquel primer ser con el que Zelen se había topado.

"Uno en el Norte, dos al Éste, al menos otro al Oeste y tres por el Sur... Se están reuniendo."

Sus suposiciones, entonces, parecían correctas. Pensó en Valverde durante un segundo, y una sonrisa ladeada le surcó el rostro no supo si por maldad pura, rabia o desasosiego. Simplemente, surgió de la nada y le hizo sentir mejor. Ella tenía razón.

Se sintió rodeada, no podía huir y lo sabía, pero a la vez estaba... Excitada. Iba a llegar al origen de aquella “llamada”, sabría de donde venía todo aquello, y a dónde pretendían llegar ellos o, simplemente... Comprenderlos, si es que podía.
El bosque poco a poco pareció ir abriéndose, y entre el ramaje aparecieron las primeras estrellas, que a ojos de Zelen, relucían como nunca antes lo habían hecho. Por primera vez en su vida se dio cuenta de que, aún sin una luna en el firmamento o luz alguna artificial, sería capaz de guiarse únicamente con el brillo de aquellas luciérnagas espaciales

Las ramas fueron desapareciendo, y las hojas de los árboles dieron paso a un claro que pronto quedó iluminado de un modo casi espectral por la luz de la luna y los ojos inhumanos de Zelen.
La visión, le cortó a Zelen la respiración.
El claro, estaba lleno de ellos.No podría contarlos aunque quisiese, pero aquel lugar tendría fácilmente la extensión de un campo de fútbol, y más de la mitad estaba completo. Pronto más y más de aquellas criaturas fueron llegando al claro, tal y como ella y su guía habían entrado ya, y se reunieron en torno al centro del lugar.

"¿Qué es eso...?" Algo, parecido al arrullo de un violín perfectamente afinado, entonando la más bella de las melodías, daba la impresión de surgir del centro del claro. "Esa música... "

Zelen, que se había quedado de piedra al sentirse rodeada por aquellas criaturas, de repente sintió un resorte empujarla hacia delante, para poder descubrir qué era aquello.
Cuando salió por completo de entre los árboles, el silencio se hizo en el lugar. Y todos los ojos, fríos como el hielo y henchidos de locura, se clavaron sobre ella.

"Mierda..." Pero algo, aquella melodía, casi le impedía sentir miedo. Sin mediar palabras o gestos algunos con los seres, echó a andar hacia el origen del sonido.

Ellos, a pesar de fijar sus ojos en ella, la dejaron paso conforme caminaba.

Había criaturas de todas las edades, algunas apenas habrían alcanzado la treintena (la edad común de conversión) y otras, sin embargo, ya mostraban claros signos de vejez. La mayoría tenían señales de batalla en sus cuerpos, y los tics que les asediaban les obligaban a proferir un grito tras otro de vez en cuando, poniendo el vello de punta de cualquiera que pudiese escucharles.
Zelen, caminaba erguida, pero con un escalofrío permanente recorriéndole la nuca.

Al fin, alcanzó el centro, el origen de aquella nana tan increíble e hipnótica, y apartando al último de ellos pudo ver el misterio que tanto había esperado.

Una roca, del tamaño de una mesa de comedor, lisa y brillante como el nácar, con un pequeño hueco en su centro en el que reposaba algo de agua, plácida y ligera, que reflejaba la luz de la luna como si fuese el espejo más bello que hubiese existido jamás.
La música, salía directamente de aquel pequeño remanso de agua, y Zelen, impulsada por una emoción similar al amor más intenso que jamás hubiese sentido, se acercó a ella con la mano extendida, queriendo tocar su infinita belleza.

Al instante, cinco ellos se la echaron encima y la hicieron caer al suelo, de la forma más brusca posible.

– ¡NO! – Gritó en su oído uno de ellos.
– ¡NO TOCAS!
– ¡NO! ¡NO!

No comprendió nada, el agua le atraía de tal modo que sin duda les habría matado a todos para poder siquiera mirarla otra vez.
¡Soltadme! ¡Dejadme! Necesito...
– Entenderás. – Dijo de nuevo en su oído otra de las criaturas.
– ¡No quiero entender nada! ¡Quiero tocarla, lo necesito! ¡Dejadme!


Poco a poco los seres la soltaron hasta que pudo ponerse en pie por sus propias fuerzas, y Zelen, llena de furia, sacó su espada y les miró de uno a uno preparada para cortarles el cuello. El agua, la luna, todo aquello la estaba llamando tanto que no era capaz de ver, de sentir o pensar algo que no fuese en ella, aquella misticidad, ese milagro, esa “Madre”. La amaba, y no sabía lo que era.
Les mataría a todos para llegar a ella.

Puso su arma en ristre, y gruñó. Nunca había gruñido.

– No. – Susurró uno de ellos.Zelen pudo sentir el frío golpe de una roca sobre su nuca nada más escuchar aquella seca palabra, y cayó cuan larga era sobre el verde pasto a sus pies. Lo último que pudo ver, fue la roca impía desde el suelo, y un pequeño reflejo que la luz de la luna y el agua ejercían sobre uno de los lados de la piedra. Se desmayó, soltando su espada, con una sonrisa al ver aquello.

Sin duda alguna, se había vuelto loca.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

La Guardia de fuego

III. Un nuevo camino.



El Congreso se alzaba imponente, con las únicas luces que existían por la zona iluminándolo, como si se tratase de un faro en la oscuridad. Los grandes muros metálicos de más de tres metros de altura, electrificados, evitaban que curiosos indeseables se adentrasen en sus inmediaciones, y la veintena de guardias por flanco que lo asediaban, también recordaban el aviso a los viandantes.

Ella se aproximó al edificio, con la cabeza aún cargada en su mano, y se detuvo cuando varias armas restallaron entre chasquidos, listas para dispararla.

¡¿Quién va?! – Dijo autoritaria una voz poco amigable.
Una Guardián. Traigo el informe del norte de ésta semana.
– Muestra la cara.

Chasqueó la lengua, molesta. Sabía lo que aquello significaría, pero no tenía elección, así que elevó la mirada hasta ellos.

– Lárgate. No dejamos entrar
iniciados. – <<Todas las semanas igual...>> Permaneció en el sitio, molesta – ¿No me has oído? ¡Largo, monstruo!

Aquella palabra, hirió su alma. La poca que le quedaba.
Con un gesto, único, rápido y certero, desenfundó la espada y dejó caer la cabeza de su mano al suelo, que rodó quedando a la vista desprotegida de todos.

Repite eso. – Sentenció con la mirada mortífera.
Mons...
¡Basta! Ella tiene permiso para entrar. – Dijo una voz conocida. – Bajad las armas. Es una orden.

Al segundo, todas las armas cedieron. La voz, al otro lado del muro, era totalmente invisible para ella que permanecía fuera, pero aún así sabía quién era. Le llamaban Muñoz, pero no era su apellido real. Ella era de los pocos que lo sabían.
Una de las verjas metálicas comenzó a chirriar, y poco a poco ésta se apartó empujada por tres de los hombres que la habían asediado a modo de puerta deslizando. Ella recogió la cabeza de aquel Ser, la colocó de nuevo entre la tela raída, y caminó hacia dentro enfundando su espada, una vez más.

¡Dios santo! No tienes buen aspecto, ¿Estás bien? – De un par de pasos, se colocó frente a ella y se dejó ver. – ¿Qué ha ocurrido? Oh... Dime que eso de tu mano no es lo que crees.

Ella miró a su nuevo acompañante de arriba abajo, con detenimiento. Muñoz, de su misma estatura, siempre había sido un tipo con el que se podía hablar. Compañero de mil batallas, pero ninguna de sangre, llevaba en las venas la política y la negociación, el liderazgo, pero desde la silla. Por eso sus caminos se habían separado tan drásticamente.
Tenía los ojos castaños y la mirada profunda, unas gafas exageradamente cuadradas pero finas, que reflejaban las luces del Congreso, y una barba incipiente que nunca desaparecía del todo. Algunos dirían que era atractivo. A ella jamás se lo pareció.

Es justo lo que crees. Y ahora vamos, tengo que seguir con la ruta antes de que salga el sol.
Por supuesto, pero mantén eso alejado de mi. – Añadió Muñoz con gesto de desagrado, mirando la bolsa de tela. -- Me alegro de verte.

Pasaron dentro del edificio, por sus escalones inmensos y rodeados por las estatuas de los leones que aún permanecían casi intactas tras todo lo ocurrido. Dentro, la actividad parecía casi nula. Los pocos jóvenes que allí se encontraban, estaban demasiado ajetreados entre distintos papeleos como para siquiera reparar en su presencia. Aún así, no faltaron las miradas de desprecio.

Guardianes... – Escuchó cómo susurraba uno de ellos con asco.

<<Y pensar que doy mi vida por éstos... >> Pensó mientras fruncía el ceño. Se encogió de hombros y continuó su camino, hasta la sala central. Allí, el Consejo se encontraba reunido alrededor de un joven que al parecer exponía cómo su casa había sido derribada por unos rebeldes y pedía ayuda para proteger a sus hermanos, y su recién nacida hija.
No tardaron en despacharle con las manos vacías.

Adelante, Guardián. – Dijo el que presidía la sala, mientras Muñoz tomaba asiento a su lado.

Tomás Valverde, de venticinco años, había adquirido el cargo de Presidente del Consejo de un modo que poca gente era capaz de explicarse. Pero tampoco nadie tenía ánimos de hacer preguntas.
Alto, desgarbado, con gesto extremadamente serio, barba de varios días y rasgos muy cuadrados y fuertes. De haber vivido en una época prehistórica, habría sido el perfecto líder de la tribu rodeado de mujeres a las que las presas que solía aplastar les atraían como a las moscas la mierda. Ese símil la hizo sonreír.

El informe del Norte. – Dijo mientras se colocaba en el centro de la sala y soltaba la cabeza en el suelo, ante ella.
– ¿Qué significa ésto, Guardián? ¿Y por qué no te identificas antes de hablar?

Su mirada lo dijo todo. Aquellas nimiedades políticas le daban exactamente igual, por no parecerle simplemente absurdas. No tenía tanto tiempo como para perderlo con aquellas estupideces.

Ésto es lo que he encontrado durante la semana en el Norte. Ellos. ¿Debo ser más explícita? – Colocó un pié sobre la cabeza del Ser y la removió ligeramente con su bota.
¡Ya basta! ¡Exijo que te identifiques o abandones ésta sala inmediatamente!

La mirada de la chica vagó hasta Muñoz, que apartó la suya a algo que repentinamente parecía llamar su atención en sus zapatos. <<Cobarde...>>

Guardián de la zona Norte, nivel Avanzado. Zelen.
– ¿Apellidos?
– No tengo. Renegué de ellos. – <<Como casi todos los guardianes, lo sabrías si no fueses idiota>>.
– Muy bien, Zelen, Guardián de la zona Norte, prosigue con tu informe.

El calor que subió a la cara de la chica, fue repentino e impactante. Pero mantuvo su compostura como pudo y apartó la bota de la cabeza de aquella criatura, o terminaría por aplastarla.

– Los Ellos se han replegado. Cada vez son menos. En toda la semana, sólo me encontré con éste. Estaba completamente desubicado, desnutrido y confundido, pero era letal. Su fuerza ha sido impactante.
– Eso son buenas noticias. – Dijo reclinándose hacia atrás Valverde.
Creo que no.
Explícate, Zelen.

Tomó aire una única vez, cerró los ojos para poder concentrarse en todo lo que había descubierto a lo largo de la semana, y lo soltó de golpe. No quería tener que repetirlo, y con aquellos patanes, estaba claro que tendría que hacerlo bien para evitar estupideces.

Creo que se están reagrupando más allá del límite Norte. Todos los que he encontrado viajaban en esa dirección.– Tragó saliva y continuó. – Me parece que están reuniéndose donde saben que no atacaremos.
Estás dando por hecho que tienen raciocinio más allá de la simple alimentación. ¿Es eso?
– Tras luchar con ellos y observarlos, me atrevo a decir que sí. Se están organizando.

La sala se tornó en silencio. Para acto seguido comenzar a estallar en risas jocosas y nada agradables, que restrallaron en los oídos de Zelen.

– Y dinos, Guardián Zelen... ¿En qué te basas? No tenemos indicios anteriores de que Ellos sean capaces de comunicarse entre su misma especie ¿Cómo pueden decirse de unos a otros hacia donde deben viajar, o qué hacer?
– No se comunican, no es tan sencillo. Es como si algo les... Llamase.
– ¿Ese “algo” también te está llamando a ti, Zelen?

Ella alzó la mirada una vez más hasta clavarla en los ojos de Valverde, que alzó las cejas de forma inquisitoria. No podía contestar, e hiciese lo que hiciese, sabía lo que ocurriría a continuación.

Guardián, creo que tu tiempo se acaba.
Te equivocas, aún es pronto.
Me parece que hemos oído suficiente.
¡No has oído nada! ¡Te digo que se están reagrupando en el Norte! Se preparan para algo, alguien los controla, lo sé, simplemente lo...
¡Basta! – Gritó Valverde poniéndose en pie. – ¡Hemos tenido demasiada de ésta locura tuya, iniciada! Lamentamos todos tu pesar, pero está claro que no puedes seguir ejerciendo como Guardián del Norte. Tu luna se acerca, y estás perdiendo la cabeza.
– ¡No, aún tengo tiempo!
– Pero no con nosotros.

La sala de nuevo se hundió en la nada. Los ojos de Muñoz, ahora estaban bien fijos en ella, que le devolvió la mirada de forma casi desesperada. <<No lo hagas, Víctor...>>

– Ya no eres bienvenida aquí, Zelen. Permitirte quedarte, supone un peligro para todos nosotros, y deberías saberlo. – Sentenció Valverde. – Cierra ésto, Muñoz. Los Guardianes son tus protegidos, no los míos.
– Señor...

Zelen miró a Víctor como si fuese la última roca a la que sujetarse en una cascada que caía al vacío. No podía hacer nada, solo esperar, solo desear que él no hiciese aquello, pero sabía que era demasiado difícil. Sabía que llegaría ese momento tarde o temprano, y por desgracia, había sido antes que después.

Víctor miró a Valverde una última vez, y agachó la cabeza hasta el suelo.

Zelen, Guardián del Norte de niv...
– Al menos mírame a los ojos cuando lo hagas. – Dijo ella con la voz fría como el hielo.

Un escalofrío recorrió a Víctor mientras la miraba a sus brillantes ojos amarillentos. Aquello le encogía el corazón de tal modo que bien podría dejar de latir, pero ya no había marcha atrás. No tenía elección alguna.

Zelen... Guardián del Norte, de nivel Avanzado. Te relego de tu posición de Guardián. A partir de ahora, descansarás de tu puesto, y esperarás tu última Luna como humana, con el honor que aún posees. No conservarás tu espada, perderás todo título antes otorgado, y tendrás impedida la entrada a toda zona común pública durante el día, para evitar el peligro de los nuestros.

<<Nuestros...>> dolía escuchar aquella palabra tanto que Zelen tuvo que ponerse una mano en el pecho, intentando respirar con normalidad. Con la otra, sostuvo la espada con fuerza entre sus dedos. Que se la arrebatasen, si es que podían. Ella no la entregaría.

– Zelen, antigua Guardián del Norte...
Apaga la llama.Ella, con la mirada oscurecida y a la vez de aquel brillo tan espectral, frunció los labios en una mueca de puro odio y deseó poder retener las palabras que por juramento debía anunciar en aquellos momentos. Las palabras que significaban su fin como Guardián.

Se acabó mi camino.
Descansa ahora, iniciada. Tus últimos días deben ser vividos con honor y la gloria de un guerrero.
– No hay ninguna gloria en ésto.
– Entrega tu espada. – Interrumpió entonces Valverde.
– ¿Qué tal si me la quitas tú?

Los susurros molestos en la sala se sucedieron, mientras Zelen sostenía el acero aún enfundado entre sus manos. Sabía que pronto comenzarían los fuegos artificiales. Víctor le imploraba con la mirada que detuviese aquella locura, pero a fin de cuentas... ¿No estaba ya loca?

– Arrebatádsela.

Esa palabra sola bastó para que tres guardias, venidos de cada puerta de la sala, se echasen sobre Zelen, la cual mostró su casi innata habilidad para el combate rodando sobre sí misma de un modo que ni un danzarín experimentado conseguiría, desarmándoles casi al instante.

– ¡Ésto es un escándalo! ¡No tienes honor, iniciada! – Chilló Valverde.
– Tal vez no. Pero tengo algo que sí que puedo darte.

De forma soez y vulgar, Zelen extendió su mano libre con el brazo extendido hacia el Presidente del Consejo, y le mostró cierto dedo a modo de insulto como despedida magistral. Valverde no tardó en ponerse casi a patalear como un bebé, mientras Zelen echaba a correr hacia la parte trasera del Congreso.
Mientras corría, se encontró de frente con Víctor, que la miró como quien ve alejarse un fantasma, con los ojos casi hendidos en lágrimas, repleto de dolor. Hacerle aquello, renegar de su casi hermana, le era más doloroso que cualquiera de las heridas, pero de los ojos de ella solo recibió odio, pues era el autor del mayor deshonor jamás habido por los Guardianes.

– ¡Detenedla! – Restalló a sus espaldas.

Ella dio gracias a que nadie de los allí presentes, excepto Víctor, la conocían de verdad. Cuando era apenas una niña, había vivido entre aquellas paredes, y conocía cada rincón, cada escondite y cada puerta por recóndita y pequeña que fuese. Es por ello que antes de que pasasen quince minutos, Zelen había conseguido salir fuera del edificio sin ser vista, con la espada aún entre sus manos.

Y una vez más, respirando hondo el frío de la noche, se colocó la capucha sobre la frente y retomó su acostumbrado calmado pero firme caminar.

Ésta vez, iría más allá del Norte. A donde aquella sensación la llamaba.

Y debería sentir miedo, ira o tal vez nostalgia por todo lo ocurrido y lo que podría suceder, pánico tal vez por poder sentir algo que los demás no sentían, o dolor en sus entrañas al verse traicionada por los que ahora ya no la consideraban su igual. Pero lo único que podía sentir, era cómo las lágrimas resbalaban silenciosas por sus mejillas hasta caer en el filo de su espada aún desenfundada que no era capaz de dejar de mirar, en cuyo reverso de la hoja había escritas cuatro nombres, de los que un día fueron sus hermanos en su anterior vida:

Álvaro
Lydia
Víctor

Zelen

Dos de los nombres ya estaban tachados, pues hacía tiempo que ya no recorrían su mismo camino, y deteniendo sus pasos unos segundos sacó su cuchillo corto de la bota izquierda y postró el filo contra el nombre del tercero, y comenzó a sesgarlo de un lado a otro. Víctor estaba tan muerto como los demás ahora.

Y ella, Zelen, ahora solo podía caminar hacia el Norte. <<Se acabó mi camino...>> recordó para sí misma.

-- Pero empieza uno nuevo.

lunes, 19 de agosto de 2013

Y entonces aprendimos a luchar.

 Fight by ~Inominatus


Tenía el rostro entre las sombras y la voz mezclada con el humo que salía de su cigarro. Entrecerró los ojos una vez más, clavó los dedos en la cabeza de su bastón y alzó la voz.
– No existían.
– ¿Qué? – Preguntó el joven. – Eso es imposible.
– ¿Acaso crees que miento?
– No, pero...
– Ven, te enseñaré algo.
El hombre se puso en pie y encendió las luces de la habitación. Cama, cómoda, mesita de noche, lámpara, libros en la estantería y una ventana, todo en su sitio, todo normal. El joven, aún niño de apenas ocho años de edad, se incorporó del lecho y siguió los pasos de su abuelo a donde quiera que éstos le llevasen.
La casa era pequeña, tal vez demasiado, y las ventanas estaban completamente cerradas a la luz diurna selladas con capas y capas de papeles de periódicos y revistas viejos, por lo que era casi imposible saber en qué posición debía estar el sol. El abuelo subió unas pequeñas escaleras que llevaban a la buhardilla, y el joven se detuvo antes del primer peldaño, mirando al anciano.
– Mamá dice que no debo subir ahí...
– ¿Tienes miedo?
El pequeño pareció pensárselo de nuevo. Sopesó las posibilidades, los riesgos y las aventuras que podía correr, y decidió que merecía la pena.
– ¡No! – Gritó mientras subía a trompicones.
La buhardilla era un lugar pequeño, de madera carcomida por el tiempo y suelo quejumbroso. El techo dejaba caer goteras en los días de lluvia, y por ello la mitad de la sala estaba llena de cubos de plástico, casi todos de distintas tonalidades de azul. El niño quedó asombrado cuando pudo ver que dos de las ventanas de la buhardilla daban al exterior, y no estaban tapadas.
– Eso es... ¿Es el cielo, abuelo?
– Sí, lo es. – Dijo renqueante. – Ven aquí.
El pequeño obedeció y apartó la mirada de los cristales para redirigirla hasta llegar con su abuelo. Al alcanzarle, éste sostenía una pequeña caja de latón entre sus dedos.
– ¿Qué es? – Preguntó impaciente.
– Es una caja de recuerdos.
El chico de repente había perdido todo interés en las ventanas, y tomando asiento al lado del anciano, en el mismo suelo, se cruzó de piernas y esperó que comenzase a hablar.
– Lo que ésta caja contiene podría abrir muchas mentes, y cerrar tantas otras. – Comentó mientras se acomodaba. – Pero yo busco sólo algo en particular...
El abuelo comenzó a rebuscar en la caja, lejos de la visión del niño. El pequeño intentaba asomarse al interior del increíble cofre del tesoro que ahora parecía el anciano tenía entre sus dedos, pero éste era apartado de su vista a cada intento un poco más. Aún así, no desistió, pero pasados unos segundos ya fue tarde. El abuelo cerró la caja con un fuerte chasquido del metal, y extrajo de ella lo que parecía una fotografía antigua.
– Éste de aquí, hijo mío, adivina quién es. – Dijo tendiéndole la foto.
– ¿Eres tú, abuelo?
– El mismo.
– ¡Pero si eras tan pequeño como yo!
– ¡Por supuesto! ¿Crees que siempre he sido viejo?
Ambos rieron unos segundos, y el abuelo casi dio gracias porque el pequeño reparase antes en todo aquello que en lo alarmante de la fotografía en sí.
– Fíjate con detalle, y dime qué es lo que no encaja.
El abuelo tendió la fotografía al nieto y le dejó que la examinase. Antes de decirle nada más, el niño se puso a observarla como si tuviese mil secretos escondidos.
Ante sus ojos podía ver a un niño, de su edad, que sostenía una pelota entre los brazos y sonreía frente a las luces de un muelle, reflejadas en el agua. Llevaba un traje de marinero, tal vez viniese de su propia comunión, y a su lado se alzaba amable un hombre mayor que él, que le aferraba con cariño un hombro. Ambos poseían una sonrisa pintada en sus caras.
– No veo nada...
Pensó entonces el pequeño en que allí, había algo que no encajaba. Algo en el agua... El agua... ¿Podía ser?
No. Eran las luces que se reflejaban.
De repente, lo entendió.
– ¿Era de noche?
El abuelo asintió lentamente con la cabeza.
– Pero... ¿Cómo es posible?
Repasó la fotografía una y otra vez en busca del distintivo que ambos, padre e hijo, debían tener en la parte central de su cuello, pegado al pecho, bien claro y a la vista para que los Centinelas no acabasen con ellos.
– ¡No llevabais Marca! Eso significa que...
– Que no existían.
El niño soltó la fotografía poco a poco hasta dejarla caer en el suelo, atónito ante la mirada de su abuelo. De repente, todo en lo que siempre había creído, desapareció poco a poco.
Alzó su mano derecha lentamente y paseó los dedos por la Marca en relieve que sobresalía de la parte central alta de su pecho. Marca que le fue implantada el día de su nacimiento.
– Los Centinelas no existían. Las Marcas tampoco existían. Podíamos hacer lo que quisiésemos e ir donde quisiésemos. – Dijo el anciano mirando al cielo nocturno. – Éramos libres.
– ¿Y qué pasó?
El niño pasó la mirada de los ojos cansados de su abuelo hasta su pecho, donde también se podía ver el relieve arrugado de la Marca sellado en su piel.

El hombre, tomó aire.

– Olvidamos cómo luchar.



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Éste es el comienzo de una nueva serie de relats cortos, quién sabe si novela si da para más, que iré sacando adelante a la vez que continúo con la Guardia de Fuego, que por supuesto no he olvidado. Espero que tena buena acogida, pues es una nueva forma de escribir completamente distinta a la que hasta ahora he incubado (algunos lo notaréis bien, otros no).

¡Que lo disfrutéis, los que lo aguantéis!

martes, 16 de julio de 2013

La Guardia de fuego

II. Los ojos de la noche.

The Devil's Eyes by =Grivetart

La brisa arreciaba poco a poco mientras los grillos volvían a cantar a su paso. Llevaría apenas unos veinte minutos caminando cuando el silencio se hizo con la calle que transitaba.
Llevó la mano rauda al cinto, pegó su espalda contra la pared y entrecerró los ojos, dispuesta para la batalla.

Los árboles comenzaron a arrullar suavemente, haciendo que la piel se le erizase con la brisa. Un susurro, como un suspiro, comenzó a sonar en sus oídos como si alguien estuviese mascullando palabras en un idioma que le era desconocido. Hasta que le fue bien conocido.

- Un, dos, tres, tres, tres... - Pudo entender de una voz, masculina, que variaba de tono de una forma sepulcral entre sílaba y sílaba. Era un sonido inhumano. Ella se aferró al mango de su arma. - ¡Tres, tres, tres!

Al final de la calle, y gracias a sus ojos de iniciada, ella pudo ver cómo una sombra se cernía girando la esquina. De forma esquelética y raquítica, pero estirada y desgarbada, con un hombro cuantiosamente más elevado que el otro, la mirada perdida y rábica vagando de un lado a otro, los labios cortados mostrando en todo momento parte de su dentadura, el pelo a medio caer... ¿Cuántos años debía tener cuando se convirtió? No aparentaba más de los cuarenta, y por su aspecto, no debía haber presenciado batalla alguna con un Guardián, pues no tenía heridas de guerra. Al menos, no visibles. Y eso podía significar, o bien que no era tan peligroso, pues evitaba la batalla, o que era demasiado rápido como para acertarle, y era él quien mataba primero.


- ¡Suerte, suerte! - Los ojos de aquel ser parecían a punto de salirse de sus órbitas mientras miraba a su alrededor. De repente, comenzó a golpearse la cabeza con las manos de forma brusca y exagerada. - ¡Dos! TrrrrrRRrrRRrreeeeEeeEEsss... - Aquel grito gutural que ejerció le puso a ella de nuevo todos los pelos de punta, y dio un pequeño paso atrás, alarmada. Ese ser tenía la voz demasiado grave, y aquello solo significaba una cosa: Que era un veterano, de los que más tiempo llevaban convertidos. De los que más muertes habían causado.

Ella elevó su arma ante su rostro y se tensó de un modo casi impensable, cuando aquella criatura
detuvo el divagar de su cuerpo por la calle y se quedó estática. La escasa luz que existía en el ambiente, se reflectaba en la piel desnuda de los brazos y el pecho de aquel ser, que ahora le hacían parecer ser una estatua de cera mal tallada.
Lentamente, cual puerta entornada en un amanecer, la criatura giró su rostro de una forma desencajada en la que de seguro se habría partido el cuello de ser humano, y postró los ojos directamente sobre los de ella. El amarillo febril, brillante como mil faros en la oscuridad, se clavó en su nueva presa durante más de veinte segundos sin mover ni un solo ápice de su amorfo cuerpo, casi como si no la hubiese visto.

- ¡¡¡TrrrrEEEeeeeEEeeeSSsssS!!! - Gritó la criatura abriendo tanto la boca que pareció que se iba a comer a sí mismo. Y se lanzó raudo hacia el frente, a por ella.

Ella consiguió esquivarle de un salto, impulsándose contra la pared, y se giró sobre sí misma de nuevo con el arma en ristre. Su capucha cayó hacia atrás con el movimiento. El ser, con las huesudas manos clavadas en la pared contra la que ella se había apoyado, giró una vez más su cuello hasta quedar la cabeza colocada por encima de su espalda, y sonrió mostrando sus deformados y afilados dientes de un modo amenazador y violento. Se detuvo unos instantes al ver los ojos semi amarillos de la muchacha, como pensándose mejor si atacar o no, y durante unos instantes ella temió... Que no lo hiciese. Pero se impulsó una vez más.
El acero chocó contra la carne cuando la chica se agachó para esquivar el encontronazo y elevó el arma por encima de su cabeza, consiguiendo asestarle a aquella criatura un buen corte en el vientre, que comenzó a liberar un líquido sanguinoliento de color oscuro y casi pútrido al instante, impregnando el aire de un olor nauseabundo.
Apenas tuvo tiempo de girarse, cuando un golpe la lanzó de bruces contra el suelo. El ser se había lanzado contra su espalda y la había hecho caer, siendo más rápido que ella, pues el dolor a esas criaturas no les afectaba, y por ello estaba por encima de él.
La espada salió volando lejos de su dueña, la cual se encontraba rodando por el suelo para girarse y tener de frente a la criatura, que con sus dientes de casi sierra intentaba desgarrarle el cuello.
Aferró con fuerza los hombros de la criatura para apartarla de ella, notando cómo ejercía una fuerza inhumana para intentar llegar a su sangre, pero con suerte consiguió interponer una rodilla entre ambos y la empujó tan fuerte hacia atrás, propinándole una patada en el estómago, que tuvo tiempo de volver a ponerse en pie y correr a por su espada.



Rodó cuando la tuvo entre sus dedos para esquivar al ser, que sabía saltaría desde su espalda. Y así fue. La criatura chillaba de rabia, enfurecida, y expulsaba saliva en forma de espuma por las comisuras de sus labios mientras se lanzaba contra ella, alocada, una y otra vez. Ella sintió de repente cómo algo cálido le resbalaba por la frente, y supo que al caer se había hecho una brecha en la cabeza, pero no quiso comprobarlo. La sangre caía por su mejilla derecha, pero no le impedía la visión. Y aquella criatura, ni pareció inmutarse de ese hecho.

Una vez más, de un salto, voló contra la muchacha, que elevó la espada en alto, concentrándose.
Pareciese que el ser iba a arrancarle la cara de un mordisco, pues iba directo a ser certero y mortal, pero en el último segundo la chica se lanzó hacia un lado cual bailarín experimentado, giró sobre sí misma con una sola pierna, y giró la espada para dar justo con el filo de forma descendente sobre el cuello de la criatura, con un único tajo.

Un sonido que rebotó varias veces en los alrededores, cálido, húmedo y blando, dejó claro que había sesgado la cabeza de aquel ser de una forma casi impecable. El cuerpo del monstruo se mantuvo en pie unos segundos más, casi sin comprender por qué había perdido su cabeza, y se desplomó acto seguido ante los ojos amarillentos de la muchacha, que atendía a la escena casi sin un ápice de emoción en el rostro. Bajó la espada poco a poco y persiguió la cabeza de la criatura, alcanzándola segundos después.

Pasó un rato en el que la chica al fin volvió a retomar el rumbo, con la espada de nuevo enfundada y la capa ondeando ante la brisa, chocando contra sus tobillos. La capucha ocultaba su rostro, y sus ojos, una vez más. La sangre resbalaba aún por su mejilla, pero no se molestaba en limpiarla.

Su camino continuó hacia el sur, rodeada del sonido de los grillos que habían vuelto a cantar, tranquilos, como si nada hubiese ocurrido.
La única diferencia en ella, era la sangre en su mejilla y en la hoja de su espada, mientras mantenía el puño izquierdo ahora cerrado, entre cuyos dedos se podía atisbar el febril brillo amarillento de unos ojos, ya muertos.


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Gracias por el magnífico título, Jon. Siempre eres mi inspiración.
PD: Oh sí, te aguantas. Te adoro~ 

lunes, 17 de junio de 2013

La Guardia de fuego

I. La noche es de ellos.


Aquella noche tocaba guardia. No serían ni las once cuando el sol comenzó a caer por detrás de los altos edificios, y ella ya estaba preparada, con sus vaqueros oscuros y su corset negro ceñido en cuyos lados había sendas dagas que servían de armas secundarias, o arrojadizas, mas un par de pistolas ancladas entre recios cintos de cuero. Por último, cuando alcanzó la puerta del piso, sujetó la capa negra con capucha que había colgada a un lado de ésta, y la miró detenidamente.
A su lado, el brillo de su espada sobresaliente de su propia vaina le devolvió el reflejo de sus ojos, coloreados entre tonos marrones, verdes y... Amarillos.

Sólo ellos tenían los ojos amarillos. Totalmente comidos por círculos superpuestos unos sobre otros, cegadores, brillantes, asombrosamente fríos y muy... Amarillos.

Cuando aquel color febril se comiese el resto, ella ya no existiría.
Desechó la idea de su mente, se colocó la capa, se enfundó la espada en la cintura de forma cómoda para que no chocase contra sus piernas al correr, y se subió la capucha hasta taparle la frente, de modo que al agachar el rostro no se pudiese ver su mirada, pero pudiese tener siempre visibilidad suficiente como para sobrevivir a la noche.

Entornó sus dedos alrededor del pomo de la puerta y respiró hondo. Sus objetivos estaban claros y muy bien detallados: Arrebatar la vida de todos los ellos que hubiese morando las calles aquella noche. De todos.
No importaba si pedían clemencia o no, pues todos habían perdido la cabeza, aún si algunos la mantuviesen lo suficiente como para intercambiar algunas palabras. Todos tenían ese tinte de locura en la mirada inconfundible, en ese color enfermizo que se la iba comiendo a ella día tras día.

La noche la recibió con una ventisca fresca de verano, acogedora, y un silencio casi atronador. Los pájaros ya no cantaban a esas horas, era normal, pero sí lo hacían los grillos. Cuando dejaban de hacerlo, es que algo no iba bien.

Tomó rumbo al sur, pues su posición estaba en las lindes norte de la ciudad y no tendría sentido haber avanzado en otra dirección. Además, aquella era su zona asignada por el Congreso, y no era quién para llevarles la contraria.

Apenas había tenido tiempo para sumirse en sus pensamientos tras haber cruzado dos manzanas, cuando el ruido de los grillos se detuvo. Su mano en el cinto fue tan rauda como su mirada al clavarse en la sombra que le acechaba, y cuando se giró sobre sí misma pudo ver cómo el brillo sepulcral de una mirada se asomaba a unos metros de distancia, tras un vehículo de tantos hacía tiempo ya abandonado.


- La luz es mi guía, el fuego es mi fuerte. - Dijo ella con voz sepulcral.


- Su hijo, mi corazón: férreo y valiente. - Contestó una voz masculina.

Ella bajó la mano que se había aferrado a la empuñadora de su arma lentamente, y caminó hacia la sombra de forma mansa y calmada. Éste, a su vez, igual lo hizo.
Sólo otro Guardián podía conocer el código, y el reflejo de sus ojos castaños ante la poca luz del ocaso, le dejó claro que estaba a salvo.
Él, por el contrario, al ver el brillo amarillo de los de ella, no pareció tan convencido.

- Se te echa la noche encima. - Anunció con voz queda. - ¿Cuántas lunas te quedan?
- Las suficientes. - Contestó ella. - Sólo tengo veintitrés.
- ¿Veintitrés? Eres demasiado joven como para sucumbir tan pronto. Es... Extraño. ¿A qué se debe?
- Ni lo sé, ni me importa. - Echó a caminar sin mirar atrás, de nuevo hasta su destino, conforme hablaba. - ¿Vas al sur o nos separamos aquí?
- Voy al sur, pero... - La mirada del Guardián lo dijo todo.

Ella sabía que no estaría cómodo en su presencia. Nadie estaba cómodo en la presencia de un iniciado, aquellos que comenzaban a ser comidos por la oscuridad, que tenían esa mirada que brillaba en la más férrea noche, de un amarillo fuerte y antinatural.

- Nuestros caminos se separan aquí, entonces. - Sentenció ella ocultando de nuevo su vista tras la tela de su capucha. - Que tengas buena guardia.

Se dispuso a caminar un par de pasos más, pero antes de ello se dio la vuelta y miró a su compañero de arriba abajo, sopesando si sería lo suficientemente hábil como para haber aguantado hasta ese momento con vida sólo, como estaba. No era común ver a un Guardián sin acompañante, ella solía ser la excepción. Pero no era quién para preguntar.

- Porta la llama. - Dijo la joven clavando sus iris casi amarillos en su alma.
- I-Ilumina el camino. - Contestó él asintiendo con el rostro, de forma casi patosa. Debía estar nervioso.

Si en lugar de seguir caminando hacia el sur aquella noche ella hubiese acompañado al otro Guardián, tal vez la vida le hubiese sonreído de otra manera. Quizá, el viento no hubiese dejado de arrullar entre los árboles con aquella premura. Puede que, al callar de los grillos, ella hubiese advertido el peligro y le hubiese alejado de allí.
Pero ella no estaba con él.
La vida, aquella noche, sonrió a ese Guardián con los ojos de ocho ellos que le siguieron, acorralaron, y comieron aún con vida de forma lenta y agónica. Y lo último que el hijo de Luz y Fuego vio, fueron los ojos amarillos de todas esas criaturas que carcajeaban a su alrededor en silencio, mientras se llenaban la boca con su sangre, relucir entre la luna y las estrellas.

Y ella, siguió su guardia hacia el sur,
 con los ojos siempre abiertos y ninguna luz a su alcance.

No las necesitaba. 

Todos los que tenían el amarillo en la mirada, podían ver en la oscuridad.

Por eso, la noche es de ellos.
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Éste será el primer pequeño relato de una saga que poco a poco iré formando.
Espero que os guste, realmente estoy disfrutando como una niña al escribirlo.
¡Que lo disfrutéis los que lo aguantéis!

Vic Jade.