Hace mucho que no publicamos un cuento en este caos llamado BALAS DE TINTA. Y como que va siendo hora. Ya estuvo bueno de hablar de cuarentones achacosos.
Lo que hoy ofreceremos al respetable es una pieza compuesta hace diez años, de puros retazos y fusiles. Tiene, quizá, algo de chispa. Quizá. Quién sabe. Misteriosa e irresponsablemente, la editorial mexicana CIDCLI lo convirtió en cuadernillo. Y según me dicen, se vendió bastante bien: mi madre, sola, agotó la edición.
Pero basta de rollos y presunciones.
Señoras y señores, niñas y niños, ante ustedes, completito...
EL INVENCIBLE Y MALVADO DRAGÓN CURIAMBRO
CONTADO POR EL ESCRIBANO DE LA CORTE
DON ALONSO DE NÚÑEZ Y SARRAPY,
DE LA GRAN ORDEN DE LOS DEUDORES MENDICANTES
***
Una sombra diablesca se extendió por el campo de trigo. Los campesinos, que habían dejado de cortar las espigas y miraban el cielo, dieron la voz de alarma:
—¡Un dragón, un dragón! ¡Sálvese quien pueda!
Y, soltando sus herramientas, corrieron a toda prisa.
El monstruo cayó en picada hacia el trigal, arrojó fuego por la boca e incendió en cuestión de segundos aquel hermoso sembrado. Luego se posó en un peñasco cercano y dijo a los labradores:
—¡Alto ahí, hombrecillos cobardes! ¡Empleen mejor sus energías! Vayan a comunicar al rey que yo, el invencible y malvado Curiambro, destruiré la nación entera si él no accede a mis peticiones. Y la primera de ellas consiste en lo siguiente: mañana, al amanecer, deberá depositar en la caverna de Beltenebros todo el oro y todas las joyas de la corona... ¿Quedó claro?
Los otros asintieron temblorosos. Entonces el muy socarrón hizo una reverencia y remató:
—Que pasen un bonito día, señores.
Y se elevó como si nada, batiendo sus negras alas.
***
Ni tardos ni remolones, los labriegos se presentaron en el castillo y solicitaron al mayordomo una audiencia con el rey. El criado, al ver en ellos semejantes expresiones de horror, les concedió de inmediato la entrevista. Los campesinos se metieron a empujones en el salón del trono y repitieron ante el monarca la demanda del feroz animal. En el momento en que terminaron su exposición, el rey, que se rascaba pensativo la barbilla, afirmó:
—De modo que eso quiere el invisible dragón Con Hambre...
—Curiambro, Su Majestad —corrigió uno de los aldeanos—, invencible dragón Curiambro.
—Así es la verdad. Pero menuda sorpresa le aguarda al inservible dragón... ¿Cómo dices que se llama?
—Curiambro.
—¡Ése! A fe mía que no recibirá ni una sola moneda. Al contrario: enviaré a mis mejores hombres, caballeros duchos en las artes de la guerra y de la caza, que con la fuerza de sus poderosos brazos doblegarán en un instante la voluntad del monstruo. ¡Ya lo creo! ¡A ver, mayordomo, convoca enseguida a la crema de mi ejército!
—Sí, señor.
***
Esa misma tarde, varios hombretones cubiertos con pesadas armaduras permanecían inmóviles frente al rey. Allí estaban, por ejemplo, el Caballero de la Media Luz, que era tuerto, el del Aligerado Brazo, que era manco, y el de la Solitaria Pierna, que era cojo: auténticos sansones, todos ellos, cuyas heridas habían sido cobradas en combate.
El soberano se paseó orgulloso ante sus soldados de confianza y les refirió palabra por palabra lo que había acontecido. Éstos, encantados de servir a su amo, juraron que volverían con la cabeza del dragón a rastras, gritaron "hurra" tres veces y se marcharon al patio para afilar sus espadas y preparar la expedición.
Al día siguiente, muy de mañana, partieron del castillo montando sus corceles y entonando un cántico de guerra:
Tararí, tarará,
esa cholla rodará;
tararí, tarará,
la justicia triunfará.
Tan pronto como arribaron a la cueva donde el espantajo se refugiaba, uno de los jinetes, el Caballero del Ronco Pecho, portavoz del grupo, se apeó del cuadrúpedo, avanzó hacia la gruta y ordenó en tono marcial:
—Sal de tu escondite, como quiera que te llames (que nuestro monarca no supo aclararnos esto), y di que te retractas de haber desafiado al más poderoso gobernante que han conocido los siglos, o si no, con nosotros reñirás a muerte.
—¡No me digas! ¡Qué miedo! —respondió Curiambro desde lo profundo de la cueva y, saliendo al encuentro de su gallardo retador, sin más contemplaciones, descargó sobre él un vigoroso manotazo.
Cuando los campeadores vieron que su colega se convertía en puré, arremetieron contra el asesino. Pero las fuerzas del monstruo superaban por mucho a las de los guerreros, de modo que aquél se dio gusto aplastando a unos, comiéndose a otros y achicharrando a los demás. El campo de batalla humeaba por doquier y olía a chamusquina. Al final, sólo un militar quedó con vida. Curiambro lo sujetó del cuello y le dijo:
—Viles y cautivas criaturas, ¿cómo se atrevieron a retarme a sabiendas de que soy invencible? Adviértele al mentecato del rey que el precio acaba de subir, pues aparte del oro y las alhajas deberá entregarme su más valiosa posesión: ¡la princesa Madásima, su hija! De lo contrario, no dejaré piedra sobre piedra en este reino. Y más le vale apresurarse, pues se agota mi paciencia. ¿Entendiste? ¡Qué bueno! ¡Ahora lárgate si no quieres servirme de postre!
Mientras el caballero se alejaba cojeando, Curiambro se limpió los dientes con una espada y sonrió.
No fue una sonrisa agradable.
***
Cerca del anochecer, ante las miradas atónitas del rey y sus cortesanos, el superviviente repitió al pie de la letra el mensaje de la bestia. Al oír la desaforada petición, un paje, que estaba enamorado en secreto de la bella princesita, no pudo contenerse y prorrumpió en grandes voces:
—¡Naranjas de la China! ¡Naranjas de la China! Su Majestad, yo sé cómo vencer a ese engendró de Belcebú.
Los presentes se desternillaron de risa. Solamente la princesita guardó silencio y observó con dulzura a su inesperado paladín. No le pareció de malos bigotes.
—No, de veras. ¡Bríndeme una oportunidad, señor! ¡Se lo pido de rodillas! Escuche. Éste es mi plan...
Y se lo expuso al monarca.
—Tu ingenio y determinación —dijo el rey al final— me dejan suspenso. Parte, valiente pajecillo, y que el cielo se compadezca de ti... ¡Ah!, por cierto, ya que piensas acometer solo esta aventura, deseo que te sigan a hurtadillas algunos escribanos de la corte para que den fe del buen término de tu empresa o, en su defecto, de tu mala fortuna, que en Dios confío que será de lo primero.
—¡Gracias, mi señor! —respondió el paje—. No lo defraudaré.
—Ay, padre mío —dijo entonces la doncella—, si tu esforzado y apuesto súbdito regresa victorioso al castillo, yo recompensaré su noble acción casándome con él... Claro, si tú no tienes inconveniente en ello.
—Ninguno, hijita, ninguno —contestó el rey—. Aprobaría ese casamiento con muchísimo gusto.
Así que oyó estas palabras, el paje se arrojó a los pies de su amada y, besándoselos, aseguró que por ella pelearía con todos los dragones del planeta si fuese necesario, y se puso en camino sin perder tiempo, seguido de cerca por los observadores reales.
Innumerables estrellas titilaban en el firmamento.
***
Al rayar el sol, el paje se internó en la cueva de Curiambro.
—Espero que hayan satisfecho puntualmente mi exigencia —bramó el dragón en cuanto oyó los pasos del mozo.
—¡Oh, flor y espejo de los reptiles flamígeros, temo decirle que no!
Un rugido de furia estremeció las paredes. El monstruo agarró al chico, lo zarandeó y lo arrojó hasta el extremo de la guarida.
A pesar del molimiento, el muchacho se levantó del suelo como pudo.
—No me mate, no me mate —rogó caminando hacia el lagarto y quitándose el polvo—. ¡Sosiéguese, por su madrecita santa! Permítame explicarle qué sucedió. Después haga de mí lo que sea su voluntad.
—¡Desembucha de una vez!
—Anoche, no lejos de aquí, apareció un dragón que dijo superar en fuerza a todos los Curiambros de la Tierra; exigió para sí los tributos que a usted correspondían y, luego de cobrarlos, se tumbó plácidamente en el lecho de una fosa colosal.
—¿Ah, sí? ¡Pues llévame pronto a donde está esa lagartija, que pagará cara, muy cara su osadía!
—Que me place.
Despidiendo humo por las narices, y pestes por la boca, Curiambro siguió al paje hasta el borde de la fosa. Apenas llegaron, el mozuelo echó un vistazo al interior.
—Mire —balbució—: su rival se halla en el fondo, tal como se lo informé.
El esperpento se asomó. Lo que vio hizo que se le revolviera la sangre: ¡abajo se encontraba un dragón idéntico a él!
—Es enorme, ¿verdad? —cuchicheó el paje, espantado—. Mejor vámonos.
Y comenzó a retroceder.
Con el rostro encendido por la cólera, Curiambro respondió que no había en el mundo un ser al que pudiera temerle y, apartando al chico de un manotazo, saltó hacia su adversario sin pensárselo dos veces y bufando con la fuerza de cien toros.
¡ ¡ ¡ P A F ! ! !
Un trompazo resonó en toda la comarca, y miles de gotas salpicaron al paje: ¡el formidable enemigo no era sino el reflejo del propio Curiambro en la superficie de una laguna subterránea!
El monstruo luchó desesperadamente por salir a flote, mas no sabía nadar, como buen dragón, y después de mucho revolverse y no poco patalear, terminó por ahogarse, mal de su grado.
A un gesto del paje, los escribanos surgieron de entre los matorrales. Contemplaron absortos el cuerpo de la bestia, que se hundía poco a poco, y tomaron nota de lo ocurrido. Luego exclamaron vivas en honor del muchacho y lo llevaron en hombros hasta el castillo. Iban a depositarlo con suma delicadeza ante la familia real, pero los muy brutos se tropezaron y lo tiraron sin querer. Pum, zas, pum, rodó el paje. La princesa, que estaba sentada junto a su padre, corrió hacia el mal parado héroe, lo besó en la frente y, hablando con voz clara hacia la concurrencia, anunció que ese hombre intrépido que yacía en el piso sería su marido, a pesar de los moretones.
Dos semanas después cumplió su promesa. Los muchachos se casaron a lo grande y fueron felices...
Bueno, ella más que él. Y es que el esposo, en lugar de ser llamado el Azote de los Dragones o el Caballero del Agudísimo Ingenio, sobrenombres que le venían como de molde, fue bautizado con un apodo completamente inmerecido: Paje de la Aparatosa Caída.
Y con esa pena vivió el pobrecito.
***