domingo 7 de febrero de 2010

Acróstico promocional


B
ienvenidos a su blog,

A su blog Balas de tinta,

La bitácora sucinta,

Apolítica y mejor...

Según dice el propio autor.

Desterremos la amargura,

El encono y la basura.

Todo aquí será chacota,

Ingrediente principal,

Nixtamal de este nagual,

Te-ene-te que en serio explota...

Ay, autor, ¿fumaste mota?

***

martes 2 de febrero de 2010

Respuesta digna de un rey


Anoche la recordé entre sueños y entre sueños me reí. Se trata de una anécdota que ocurrió en la corte portuguesa hace muchos, muchos años. Si mal no recuerdo, la leí por primera vez en El dardo en la palabra, esa obra fundamental de Fernando Lázaro Carreter: obra fundamental que en este momento no tengo a la mano, así que citaré de memoria la anécdota.

Dice así:

Ante Su Majestad, el Rey de Portugal, se iba a presentar el nuevo Embajador de España, Excelentísimo Señor Porras y Porras. Mucha mayúscula y mucho protocolo, pero Porras en portugués significa miembro viril. Pe e ene e. Así pues, el funcionario encargado de anunciar al Embajador nomás no abría la boca. El Rey, viendo las dudas de su ayudante, le preguntó que a qué se debían.

―A los apellidos de Su Excelencia. No sé si deba, señor.

―Desembuche, hombre ―dijo el Rey, aunque seguramente en términos más protocolarios (ya no me acuerdo bien)―. ¿Qué tan graves pueden ser?

―Es el señor ―dijo el otro casi en un susurro― Porras y Porras.

Se hizo un silencio incómodo. El Rey se rascaba la barbilla; el cortesano sudaba frío. Entonces vino la admirable respuesta real:

―Lo que molesta ―concluyó Su Majestad― es la insistencia.

Y sanseacabó. A partir de ese día solamente se habló con Porras de asuntos de Estado.

***

martes 26 de enero de 2010

El libro que no fue

Mis generales Plomo y Paredones
desayunando muy cucos en el "Sanborns".
A la hora de la cuenta pasaron por las armas al mesero.
Que "por cobrón", dijieron.


Qué duda cabe. Iba a ser un libro revolucionario. Un libro de vanguardia, si me lo permiten. La versión más puntillosa y comatosa de nuestra gesta armada de 1910: la Bola, la Revolufia, la Revolución Mexicana, puesn. Todo, todo cabría en ese libraco oloroso a pólvora: desde la entrevista Díaz-Creelman en 1908 hasta la fundación en 1929 del Partido Nacional Revolucionario, siniestro abuelo del no menos siniestro Partido Revolucionario Institucional. Pero no, dijo la editora. Que siempre no; que ya había muchos libros sobre la Revolución, y que además era un lío tratar de explicar a los niños esa megabalacera que costó la vida a un millón de compatriotas. Y total para qué. A ver, para qué, ¿eh? Y la verdad es que sí. ¿Para qué? Ni cómo argumentarle en contra. Pero el esfuerzo se hizo. Por eso hoy, en un arranque revolucionario e institucional, ponemos aquí las dos primeras páginas para disfrute del respetable, solaz del fisgón y pasmo del estudioso:

***

LA REVOLUCIÓN CON PUNTOS Y COMAS
(Y UNO QUE OTRO BALAZO)

telegramas enviados por el general de división Ultiminio A. Plomo
a su compadre, el general de multiplicación Armando N. Paredones,
durante los años en que ambos señores
andaban revolucionando de lo lindo

Telegrafista: A. N.

***

PARTE I: ENTREVISTA DÍAZ-CREELMAN

El general Porfirio Díaz había gobernado México durante casi treinta años, reeligiéndose tramposamente cada cuatro. En 1908 da una entrevista al reportero canadiense James Creelman. Don Porfirio asegura que "México ya está listo para la democracia", es decir, listo para la libre competencia política: todo el mundo puede participar en las elecciones de 1910. A raíz de esta declaración se forman (o salen de la clandestinidad) muchos partidos. Los más famosos son el Partido Nacional Antirreeleccionista, de Francisco Ignacio Madero, y el Partido Liberal Mexicano, de los hermanos Flores Magón.

Pero no son las únicas personas con aspiraciones políticas. No, señor...

TELEGRAMA DE MI GENERAL PLOMO
A MI GENERAL PAREDONES

Compadre (dos puntos)
Pues con la novedad de que el señor presidente (coma)
general don Porfirio Díaz (coma) nos deja (punto)
Como que me están dando ganas de lanzarme para presidente (punto)
Cómo ve (punto)

TELEGRAMA DE MI GENERAL PAREDONES
A MI GENERAL PLOMO

Láncese (coma) compadre (coma) láncese (punto)
Ahora es cuando (punto)
Nomás acuérdese de su fiel Paredones cuando la banda presidencial atraviese su augusto pecho (punto)
Y viva la causa (punto) O sea usted (punto)

***

Y así seguía la cosa. Ya ni modo. Nunca sabremos en qué bando militaron los bravos y esforzados generales Plomo y Paredones: si con Villa, si con Zapata, si con Obregón, si con Carranza, o sabiamente, con el que iba ganando en esa curiosa lid de matarse los unos a los otros. Tampoco sabremos a cuántos traidores pasaron por las armas. O cuántas plazas sitiaron o defendieron. O si a la hora de los plomazos aguantaron bala al pie del cañón, machos de pelo en pecho, o se les hizo de pollo y pusieron pies en polvorosa. Y lo más importante: qué tan cerca estuvieron de lograr el máximo ideal revolucionario: hacer de la silla presidencial el sitial de sus insignes y no breves posaderas.

Ay.

***

lunes 18 de enero de 2010

Entre platos y retratos


Debí nacer en otra época, verdadediós. Soy decididamente anticuado: un nonagenario atrapado en el cuerpo de un cuarentón. No es bravata ni excusa: creo que no hubiera sido tan mal publicista en los años veinte o treinta del siglo pasado: época de oro en que los anuncios eran rimados. Oh, rimados, mi delirio.

De vez en cuando, sin embargo, los astros se alinean y les son favorables incluso a los bichos raros como yo. Ejemplo de esto es el calendario que acabamos de hacer en la agencia donde presto mis servicios, mis chismes y mis quejas.

Véase si no.

Primero le propusimos al cliente un tema ya de por sí anticuado para su calendario 2010: los telones típicos de plaza. Ya se sabe: esos telones que cuelgan de una rama o un poste, tienen una silla o un caballito enfrente y un poco más adelante al venerable fotógrafo con su Polaroid (bueno, ahora usan cámaras digitales: el destino nos ha alcanzado a todos) pregonando a los cuatro vientos: "Pásele, pásele".

El cliente aprobó el tema, y fue entonces cuando pude meter mi cucharota: "Si el tema es tradicional, vernáculo, pintoresco", les dije a mis superiores, "¿por qué no darle una voz tradicional, vernácula, pintoresca al personaje principal, al fotógrafo?". "¿De qué estás hablando, Willis?", me preguntaron a coro, haciendo gala de su cultura televisiva. "Pues de darle una pátina, un barniz de respetabilidad al asunto", respondí haciendo gala de mis arcaísmos de baúl. "Digo, ¿por qué no hacerlo todo rimado como si fuera un pregón antiguo?", agregué llevando maíz a mi nixtamal. Y que caen en el garlito. "Órale", remató el jefe, "aviéntatelo así". "Órale", remató el subjefe, "aviéntatelo así". "Órale", remató el subsubjefe, "aviéntatelo así". Y que me lo aviento así; ni modo que les dijera que no si me estaban insistiendo tanto.

Para no abrumar al respetable pondré aquí nada más tres o cuatro piezas. A ver qué tal. Espero que no me lluevan jitomates. O, para no salirme del tema, olotes viejos.

(Haciendo clic en las imágenes,
se vuelven grandes y legibles).





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Entre platos y retratos, © 2010 GRUMA

viernes 15 de enero de 2010

¿"Los pájaros" de Hitchcock?

Haciendo clic en la foto se vuelve grandota.

No, pero poco les falta.

Los escasos peatones de Houstontitlán, capital mundial del petróleo y el fraude corporativo, no sólo debemos sortear a innumerables zopencos de gorrita al revés y distraídas cuanto prepotentes señoras de la alta sociedad que pilotando tamañas camionetas siembran el terror en calles, avenidas y banquetas. No, señor. También debemos esquivar los embates de la naturaleza; a saber: los diluvios repentinos, los huracanes de mudable dirección, los rayos, el calorón del verano... y las migraciones pajareras.

Se trata este último de un fenómeno maravilloso, sin duda. El éxtasis para ornitólogos y observadores de aves. Sin embargo, para los pobres diablos que no podemos, o no queremos, o "ambas dos cosas", comprar un coche, es un fastidio y causa permanente de aflicción y carrera. Me explico... Pero ¿necesito explicarme? Mejor remito al lector a la foto que encabeza esta entrada. Imagínese que está parado justo en la esquina de la gasolinera y debe cruzar la avenida en cualquier dirección. ¿Está en arameo, verdad? Va a necesitar un paraguas o los reflejos felinos del Hugo Sánchez. Porque llueve y no es agua lo que cae.

Y eso es todo. Mientras el mundo se desmorona, yo ando aquí con mis babosadas. Pero qué se le va a hacer. Así es uno.

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jueves 14 de enero de 2010

Leído por ahí

Guillermo Tell con antifaz.

Intelectual es aquella persona que al oír la obertura del "Guillermo Tell" de Rossini no piensa inmediatamente en "El llanero solitario".

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lunes 11 de enero de 2010

Sí que es tóxico el piracanto


El otro día, en una comida familiar, me preguntó mi sobrina Mónica: "Tío, ¿sabes qué es un piracanto?". Y yo: "Me suena, me suena. ¿Dónde he oído esa palabra?". Al final no me pude acordar y, aunque entre los míos tengo fama de hablador, es decir, de que si no sé algo me lo invento al instante, quedé como un pelmazo. Sin embargo, juro por mi tía la bigotona que sí había oído esa palabra. Y no pocas veces. La cosa era dónde. Dónde demonios. La comilona terminó y me vine todo el camino rumiando la duda: piracanto, piracanto, piracanto. Llegué a la casa a buscar la palabra en mis diccionarios, y nada. Encendí la computadora y, hombre moderno, la encontré en Google. Casi me voy de espaldas. El piracanto es un arbusto que da un frutito rojo en racimo, muy tóxico. ¡La casa de mis padres, donde transcurrió mi infancia, estaba rodeada de piracantos! De niños, mi hermano y yo llegamos a probar los frutitos a pesar de las advertencias de mi madre. ¿Será por eso que ahora padezco semejantes lagunas mentales? Porque digo: haber crecido entre piracantos y no recordar ni su nombre es preocupante. Lo único que puedo argumentar a mi favor es que de chamacos lo llamábamos "la plata de las manzanitas esas que saben feo". En fin. Que el propósito de esta entrada no es tirar rollo sino alertar a las madres sobre los peligros del piracanto. Está comprobado que causa amnesia. Y cierto grado de imbecilidad.

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miércoles 6 de enero de 2010

Siete veces

Traducción tomada de la página de Luis González de Alba.
(Si haces clic en la imagen se vuelve grande y legible).

La música. Siempre la música. Ayer, a media tarde, que es la hora en que un oficinista bien nacido debe por ley deprimirse, el de la tecla hizo un doble descubrimiento: primero, el de la página web del impecable escritor Luis González de Alba y, segundo, el de la música de fondo del sitio en cuestión: la pieza se titula "Eftá forés", que decimos los griegos, y se traduce como "Siete veces". Bueno, la traduce el mismo González de Alba, helenista consumado, que yo nomás ando haciéndole al payaso... como siempre. También hay un video (o vídeo, que decimos los españoles) en YouTube (que decimos los america... ¡Basta, chupatintas acomplejado, de payasadas!) pero no le hace justicia ni a la letra ni a la música.

En fin, si hay alguien ahí sintiendo ya todo el peso y el agobio del año nuevo, deje de leer este blog telarañoso y pegue un brinco a la Magna Grecia.

Ocho veces.

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martes 5 de enero de 2010

Oído por ahí

"El único defecto del año nuevo es que es igualito al viejo".

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lunes 21 de diciembre de 2009

Interrumpimos este intermedio...


... para anunciar, llenos de falsa modestia, que IBBY México-A Leer acaba de incluir Problemático lo acuático, de nuestro insigne colaborador Hidrocálido Molécula, en la Guía de libros recomendados 2010. Desde esta mesa de redacción (que también hace las veces de comedor y de escritorio de las hijas) enviamos nuestras más sinceras felicitaciones al célebre científico y de paso le preguntamos si la recomendación viene acompañada de algún premio en efectivo o cosa parecida pues el fin de año pinta mal para quienes colaboramos en BALAS DE TINTA.

Ahi lo que sea su voluntad, don Hidrocálido.

Y en lo que se aclara esto de los dineros, ponemos enseguida la sinopsis de la obrita recomendada; obrita que, siendo sinceros, venía pasando con más pena que gloria:

Acompaña al científico Molécula en la mayor aventura acuática, ecológica y ¡esdrújula! de nuestra época. Ve lo difícil que es traer el agua a las ciudades y encuentra las ardientes diferencias entre un mundo CON AGUA y uno SIN AGUA. Al final, descubre si algún día dejará de ser... problemático lo acuático.

***

Posdata del 30 de diciembre. Buscando entre mis curiosidades me encontré una prueba de ilustración hecha por Alberto Gamón. La pongo aquí nomás porque soy como esas abuelitas que todo guardan y que luego todo sacan sin que nadie se lo pida en un puro afán de darse paquete con las glorias del pasado.


Y deseo que el 2010 nos resulte a todos mucho menos piñata y cruel que el 2009. Digo: a este paso no vamos a llegar ni al 2012, año maya del ramalazo.

***

miércoles 2 de diciembre de 2009

Intermedio

Redactor en plena acción.

En lo que reanudamos la serie "Llevársela cachetona" sometemos al juicio del respetable estos versos alusivos a nuestro tema central. Esperamos que sean de su agrado. Y si no, pues vengan unos merecidos jitomatazos, que eso nos sacamos por andar haciéndonos los simpáticos.


QUÉ PESADA PROFESIÓN


Soy de oficio redactor,

redactor publicitario,

raro título y honor

de bufón parasitario.


Y ¿en qué se me va la vida?

Entre el momento de entrada

y el momento de salida

hago poco, casi nada:


oigo chismes de oficina,

cuento chistes, voy a juntas

y, aunque es vicio de la rima,

sigo en juntas y más juntas.


Al final sin mucho esfuerzo

medio anuncio escribiré

despachándome el almuerzo

con dos donas y un café.


En casa cambia la cosa

pues debo fingirme sordo:

¿Por qué —pregunta mi esposa—

te estás poniendo tan gordo?


***

Llevársela cachetona (I)

Oficinista en el momento sublime de planchar cachete.


Mucho se ha dicho acerca de la crisis económica actual. Expertos de todo el mundo se enfrascan en sesudos debates, sin llegar a conclusiones convincentes. Como los sabios no llegan a nada, me voy a permitir lo mismo: voy a exponer una teoría más, absurda e inútil como casi todas, sobre el origen de la crisis. Atención, doctor Carstens: deje de comer pinole y pare oreja. Yo digo que la crisis se debe a que muchos cobramos un sueldo pero en realidad muy pocos trabajan. Es decir: casi todos llevamos una vida de lo más cachetona; vida cachetona que alguien más debe de estar subsidiando con el sudor de su frente. Para corroborar mi hipótesis me valdré de lo que Silvia Pinal llamaría un caso de la vida real: el mío.


Viajemos en el tiempo a mayo de 2001. El lugar: Los Ángeles, California, en el interior de la agencia de publicidad X.


Lisa N, la sensual vicepresidenta, se para frente a mi oficina, da unos toquecitos coquetos en el marco de la puerta, pasa y se sienta. Luego cruza las piernas y estira un poquito su falda hacia las rodillas, mientras con un movimiento brusco pero muy estudiado de cabeza echa hacia atrás su cabello rubio y leonino. Contengo el aliento y trato de poner cara de empleado profesional porque es obvio que la visión fugaz de ese par de muslos sólidos, anchos y perfectamente esculpidos por el ejercicio me ha dejado turulato. Lisa sonríe. A todos en la agencia nos hace lo mismo. Es terrible la mujer.


—¿Podemos hablar tantito de tu manera de trabajar?— dice haciendo la voz como de niña y frunciendo los labios y el entrecejo con fingido enojo.


Me da un vuelco el corazón. Llegué a Estados Unidos hace apenas tres semanas, y llevo dos trabajando en la agencia. Debo agregar que llegué con mis ilusiones cabales, creyendo que éste era el país del trabajo arduo, del esfuerzo personal, de la productividad. Ya saben: eso que tanto se dice de la ética laboral de los anglosajones y que en realidad son puras quimeras. Pero ya me estoy adelantando. Estábamos con Lisa y sus piernas de oro, y conmigo, que ya me veía regresando a México con el sello de "deportado por inútil" en la frente. O en lugar peor. Más íntimo y doloroso.


—¿Para cuándo te pidieron este anuncio de radio? —soltó Lisa de pronto, poniéndose seria y mostrándome los documentos que yo le había enviado el día anterior.


—Me lo pidieron ayer por la mañana, como a las diez y media, y lo terminé ayer mismo, como a las doce y media. Hice dos versiones. Te las mandé...


—Sí, sí. Pero ¿por qué dos versiones, si sólo te pidieron una?


—...


—Mira, corazón —dijo adoptando de nuevo un tono amable, casi maternal—. Aquí cobramos por hora. ¿Nunca habías trabajado en una agencia, verdad? Empecemos de nuevo. ¿Para cuándo te lo pidieron?


—Para el viernes.


—¿Y qué día es hoy?


—Martes.


Se hizo de pronto un silencio embarazoso. No entendía yo nada. Venía de trabajar en una estación de radio, donde había que hacer todo para ya. O se hacía o no había programa.


—En las agencias —dijo Lisa como si hablara por todos los publicistas del mundo— cobramos por hora. Un anuncio de radio, de sesenta segundos, no se hace en una hora. Primero debes pensar en el concepto, luego ver si se ajusta a la estrategia, desarrollarlo, pulirlo, mostrárselo a Creativo, mostrárselo a Cuentas y hacer cambios si los hay; luego, mostrárselo de nuevo a Creativo, a Cuentas, y enviárselo por fin al cliente para que lo apruebe. Todo esto requiere... déjame ver... unas ocho por tres... más seis de revisiones... más dos de cambios. Yo diría que, mínimo, unas treinta y dos horas.


Yo asentía nervioso creyendo que Lisa me estaba haciendo una novatada; que iban a salir de repente todos mis compañeros gritando: "Caíste, baboso", o algo así.


Pero cuál. Era en serio. Esa misma semana tuve ocasión de comprobarlo. Seleccioné uno de los anuncios que ya había escrito y se lo mostré por la tarde al Director Creativo. Luego, el miércoles, a cuatro ejecutivos de Cuentas. Todos pidieron algún cambio, cosas mínimas. Las hice en cinco minutos. Diez a lo sumo. Luego esperé un día entero y el jueves volví a mostrárselo a mis compañeros. "Qué bien", dijeron casi todos. "Qué rápido", agregó alguno más sin sorna. El viernes, puntuales, se lo mandamos al cliente. Lo que éste hizo con el anuncio y lo que nosotros hicimos mientras esperábamos su respuesta amerita otra entrada porque es increíble.


Increíblemente cachetón.


***

miércoles 21 de octubre de 2009

Llamado el Ocioso

Bonita imagen.

Andaba de ocioso cuando se me ocurrió escribir precisamente sobre eso, el ocio, y me puse a buscar información en Internet. Para mi sorpresa, en la enciclopedia global Güisquipedia encontré no sólo una definición impecable de la palabra ocio sino que además me enteré de que hubo una escuela y una corriente de pensamiento del ocio, encabezadas ambas por un tal Dipsómano de Alcurnia, personaje fascinante. Hay mucha información. Trataré de condensarla y honrar brevemente aquí a uno de los grandes filósofos de la Antigüedad, hoy casi olvidado por el público: Tulio Dipsómano de Alcurnia, llamado el Ocioso.

Dipsómano nació en la citada isla de Alcurnia, ciudad-estado ubicada en el vinoso Egeo, en el año 123 de nuestra era, de padre griego, Pletórico de Anforitas, y madre latina, Lucía Quinta Francachela. Desde temprana edad asistió a la Academia de Etilo, donde se educaba a los niños bajo un principio de libertad absoluta: que ellos decidieran si querían estudiar o no. Dipsómano, ante esa disyuntiva, pasó sus primeros años escolares en un lugar que abrieron justo enfrente de la Academia y que se llamaba La taberna de Platón o algo así.

La Academia de Etilo fue el antecedente directo de las modernas escuelas Montessori.

Pero ya me desvié.

Con el tiempo, Dipsómano fue formando una tertulia con otros grandes cuanto sedientos pensadores de Alcurnia: Empínacles, Briagales el Breve, Briagales el Extenso, Bacacho, Lentovino, etc.

Cierto día, uno de los contertulios, Tércules llamado el Necio, desafió a Dipsómano diciéndole que, si tan listo se creía, resolviera la paradoja de la flecha. Ya se sabe. Aquella que dice que si un arquero dispara una flecha, ésta irá de A a B, pero antes deberá llegar a un punto intermedio C, y antes de C, a un punto intermedio D, y antes de D, a un punto intermedio E, y así hasta el infinito, de manera que la flecha no llegará nunca a B. Dipsómano tomó un arco y una flecha, le pidió a Tércules que se pusiera al fondo, bien pegado a la pared, le apuntó al corazón y disparó. Tércules halló, en el terreno de lo práctico, la respuesta a sus dudas.

Luego hay una laguna en la vida de nuestro filósofo pues al parecer tuvo que salir por piernas de Alcurnia, acusado de intento de homicidio. Fue la injusticia de siempre: la autoridad, supersticiosa, que no entiende de razonamientos y es enemiga jurada del progreso intelectual.

Paradójicamente, durante el exilio, Dipsómano compuso no pocas paradojas, la mayoría de las cuales se han perdido. Apenas unas cuantas han llegado hasta nosotros gracias a la tradición oral de Occidente y, en especial, a la de cientos de tertulianos que las han repetido con fervor sentados (en el mejor de los casos) alrededor de una mesa, una vela y alguna bebida espiritosa. La más célebre paradoja de Dipsómano es quizá la del cuchillo, que transcribo enseguida:

"En un cuchillo, ¿qué es más importante: el filo o el mango?

¿El filo, dice?

Si el cuchillo es un puro filo, ¿de dónde lo sujeta?

Y si es un puro mango, ¿con qué corta?".

Esta paradoja ha tenido decenas de interpretaciones, pero ninguna convincente. Y dadas mis limitaciones, no intentaré una más.

Podría seguir y seguir escribiendo sobre este titán grecolatino, que hizo del ocio una escuela y una corriente de pensamiento, como decía al principio. Pero no quiero abusar. Pongamos punto final a esta entrada. Si alguien desea saber más de Dipsómano de Alcurnia, búsquelo en Internet.

Si lo encuentra, me avisa.

***

miércoles 7 de octubre de 2009

Para darse un quemón


Hace mucho que no publicamos un cuento en este caos llamado BALAS DE TINTA. Y como que va siendo hora. Ya estuvo bueno de hablar de cuarentones achacosos.

Lo que hoy ofreceremos al respetable es una pieza compuesta hace diez años, de puros retazos y fusiles. Tiene, quizá, algo de chispa. Quizá. Quién sabe. Misteriosa e irresponsablemente, la editorial mexicana CIDCLI lo convirtió en cuadernillo. Y según me dicen, se vendió bastante bien: mi madre, sola, agotó la edición.

Pero basta de rollos y presunciones.

Señoras y señores, niñas y niños, ante ustedes, completito...

EL INVENCIBLE Y MALVADO DRAGÓN CURIAMBRO

CONTADO POR EL ESCRIBANO DE LA CORTE

DON ALONSO DE NÚÑEZ Y SARRAPY,

DE LA GRAN ORDEN DE LOS DEUDORES MENDICANTES

***

Una sombra diablesca se extendió por el campo de trigo. Los campesinos, que habían dejado de cortar las espigas y miraban el cielo, dieron la voz de alarma:

—¡Un dragón, un dragón! ¡Sálvese quien pueda!

Y, soltando sus herramientas, corrieron a toda prisa.

El monstruo cayó en picada hacia el trigal, arrojó fuego por la boca e incendió en cuestión de segundos aquel hermoso sembrado. Luego se posó en un peñasco cercano y dijo a los labradores:

—¡Alto ahí, hombrecillos cobardes! ¡Empleen mejor sus energías! Vayan a comunicar al rey que yo, el invencible y malvado Curiambro, destruiré la nación entera si él no accede a mis peticiones. Y la primera de ellas consiste en lo siguiente: mañana, al amanecer, deberá depositar en la caverna de Beltenebros todo el oro y todas las joyas de la corona... ¿Quedó claro?

Los otros asintieron temblorosos. Entonces el muy socarrón hizo una reverencia y remató:

—Que pasen un bonito día, señores.

Y se elevó como si nada, batiendo sus negras alas.

***

Ni tardos ni remolones, los labriegos se presentaron en el castillo y solicitaron al mayordomo una audiencia con el rey. El criado, al ver en ellos semejantes expresiones de horror, les concedió de inmediato la entrevista. Los campesinos se metieron a empujones en el salón del trono y repitieron ante el monarca la demanda del feroz animal. En el momento en que terminaron su exposición, el rey, que se rascaba pensativo la barbilla, afirmó:

—De modo que eso quiere el invisible dragón Con Hambre...

—Curiambro, Su Majestad —corrigió uno de los aldeanos—, invencible dragón Curiambro.

—Así es la verdad. Pero menuda sorpresa le aguarda al inservible dragón... ¿Cómo dices que se llama?

—Curiambro.

—¡Ése! A fe mía que no recibirá ni una sola moneda. Al contrario: enviaré a mis mejores hombres, caballeros duchos en las artes de la guerra y de la caza, que con la fuerza de sus poderosos brazos doblegarán en un instante la voluntad del monstruo. ¡Ya lo creo! ¡A ver, mayordomo, convoca enseguida a la crema de mi ejército!

—Sí, señor.

***

Esa misma tarde, varios hombretones cubiertos con pesadas armaduras permanecían inmóviles frente al rey. Allí estaban, por ejemplo, el Caballero de la Media Luz, que era tuerto, el del Aligerado Brazo, que era manco, y el de la Solitaria Pierna, que era cojo: auténticos sansones, todos ellos, cuyas heridas habían sido cobradas en combate.

El soberano se paseó orgulloso ante sus soldados de confianza y les refirió palabra por palabra lo que había acontecido. Éstos, encantados de servir a su amo, juraron que volverían con la cabeza del dragón a rastras, gritaron "hurra" tres veces y se marcharon al patio para afilar sus espadas y preparar la expedición.

Al día siguiente, muy de mañana, partieron del castillo montando sus corceles y entonando un cántico de guerra:

Tararí, tarará,
esa cholla rodará;
tararí, tarará,
la justicia triunfará.

Tan pronto como arribaron a la cueva donde el espantajo se refugiaba, uno de los jinetes, el Caballero del Ronco Pecho, portavoz del grupo, se apeó del cuadrúpedo, avanzó hacia la gruta y ordenó en tono marcial:

—Sal de tu escondite, como quiera que te llames (que nuestro monarca no supo aclararnos esto), y di que te retractas de haber desafiado al más poderoso gobernante que han conocido los siglos, o si no, con nosotros reñirás a muerte.

—¡No me digas! ¡Qué miedo! —respondió Curiambro desde lo profundo de la cueva y, saliendo al encuentro de su gallardo retador, sin más contemplaciones, descargó sobre él un vigoroso manotazo.

Cuando los campeadores vieron que su colega se convertía en puré, arremetieron contra el asesino. Pero las fuerzas del monstruo superaban por mucho a las de los guerreros, de modo que aquél se dio gusto aplastando a unos, comiéndose a otros y achicharrando a los demás. El campo de batalla humeaba por doquier y olía a chamusquina. Al final, sólo un militar quedó con vida. Curiambro lo sujetó del cuello y le dijo:

—Viles y cautivas criaturas, ¿cómo se atrevieron a retarme a sabiendas de que soy invencible? Adviértele al mentecato del rey que el precio acaba de subir, pues aparte del oro y las alhajas deberá entregarme su más valiosa posesión: ¡la princesa Madásima, su hija! De lo contrario, no dejaré piedra sobre piedra en este reino. Y más le vale apresurarse, pues se agota mi paciencia. ¿Entendiste? ¡Qué bueno! ¡Ahora lárgate si no quieres servirme de postre!

Mientras el caballero se alejaba cojeando, Curiambro se limpió los dientes con una espada y sonrió.

No fue una sonrisa agradable.

***

Cerca del anochecer, ante las miradas atónitas del rey y sus cortesanos, el superviviente repitió al pie de la letra el mensaje de la bestia. Al oír la desaforada petición, un paje, que estaba enamorado en secreto de la bella princesita, no pudo contenerse y prorrumpió en grandes voces:

—¡Naranjas de la China! ¡Naranjas de la China! Su Majestad, yo sé cómo vencer a ese engendró de Belcebú.

Los presentes se desternillaron de risa. Solamente la princesita guardó silencio y observó con dulzura a su inesperado paladín. No le pareció de malos bigotes.

—No, de veras. ¡Bríndeme una oportunidad, señor! ¡Se lo pido de rodillas! Escuche. Éste es mi plan...

Y se lo expuso al monarca.

—Tu ingenio y determinación —dijo el rey al final— me dejan suspenso. Parte, valiente pajecillo, y que el cielo se compadezca de ti... ¡Ah!, por cierto, ya que piensas acometer solo esta aventura, deseo que te sigan a hurtadillas algunos escribanos de la corte para que den fe del buen término de tu empresa o, en su defecto, de tu mala fortuna, que en Dios confío que será de lo primero.

—¡Gracias, mi señor! —respondió el paje—. No lo defraudaré.

—Ay, padre mío —dijo entonces la doncella—, si tu esforzado y apuesto súbdito regresa victorioso al castillo, yo recompensaré su noble acción casándome con él... Claro, si tú no tienes inconveniente en ello.

—Ninguno, hijita, ninguno —contestó el rey—. Aprobaría ese casamiento con muchísimo gusto.

Así que oyó estas palabras, el paje se arrojó a los pies de su amada y, besándoselos, aseguró que por ella pelearía con todos los dragones del planeta si fuese necesario, y se puso en camino sin perder tiempo, seguido de cerca por los observadores reales.

Innumerables estrellas titilaban en el firmamento.

***

Al rayar el sol, el paje se internó en la cueva de Curiambro.

—Espero que hayan satisfecho puntualmente mi exigencia —bramó el dragón en cuanto oyó los pasos del mozo.

—¡Oh, flor y espejo de los reptiles flamígeros, temo decirle que no!

Un rugido de furia estremeció las paredes. El monstruo agarró al chico, lo zarandeó y lo arrojó hasta el extremo de la guarida.

A pesar del molimiento, el muchacho se levantó del suelo como pudo.

—No me mate, no me mate —rogó caminando hacia el lagarto y quitándose el polvo—. ¡Sosiéguese, por su madrecita santa! Permítame explicarle qué sucedió. Después haga de mí lo que sea su voluntad.

—¡Desembucha de una vez!

—Anoche, no lejos de aquí, apareció un dragón que dijo superar en fuerza a todos los Curiambros de la Tierra; exigió para sí los tributos que a usted correspondían y, luego de cobrarlos, se tumbó plácidamente en el lecho de una fosa colosal.

—¿Ah, sí? ¡Pues llévame pronto a donde está esa lagartija, que pagará cara, muy cara su osadía!

—Que me place.

Despidiendo humo por las narices, y pestes por la boca, Curiambro siguió al paje hasta el borde de la fosa. Apenas llegaron, el mozuelo echó un vistazo al interior.

—Mire —balbució—: su rival se halla en el fondo, tal como se lo informé.

El esperpento se asomó. Lo que vio hizo que se le revolviera la sangre: ¡abajo se encontraba un dragón idéntico a él!

—Es enorme, ¿verdad? —cuchicheó el paje, espantado—. Mejor vámonos.

Y comenzó a retroceder.

Con el rostro encendido por la cólera, Curiambro respondió que no había en el mundo un ser al que pudiera temerle y, apartando al chico de un manotazo, saltó hacia su adversario sin pensárselo dos veces y bufando con la fuerza de cien toros.

¡ ¡ ¡ P A F ! ! !

Un trompazo resonó en toda la comarca, y miles de gotas salpicaron al paje: ¡el formidable enemigo no era sino el reflejo del propio Curiambro en la superficie de una laguna subterránea!

El monstruo luchó desesperadamente por salir a flote, mas no sabía nadar, como buen dragón, y después de mucho revolverse y no poco patalear, terminó por ahogarse, mal de su grado.

A un gesto del paje, los escribanos surgieron de entre los matorrales. Contemplaron absortos el cuerpo de la bestia, que se hundía poco a poco, y tomaron nota de lo ocurrido. Luego exclamaron vivas en honor del muchacho y lo llevaron en hombros hasta el castillo. Iban a depositarlo con suma delicadeza ante la familia real, pero los muy brutos se tropezaron y lo tiraron sin querer. Pum, zas, pum, rodó el paje. La princesa, que estaba sentada junto a su padre, corrió hacia el mal parado héroe, lo besó en la frente y, hablando con voz clara hacia la concurrencia, anunció que ese hombre intrépido que yacía en el piso sería su marido, a pesar de los moretones.

Dos semanas después cumplió su promesa. Los muchachos se casaron a lo grande y fueron felices...

Bueno, ella más que él. Y es que el esposo, en lugar de ser llamado el Azote de los Dragones o el Caballero del Agudísimo Ingenio, sobrenombres que le venían como de molde, fue bautizado con un apodo completamente inmerecido: Paje de la Aparatosa Caída.

Y con esa pena vivió el pobrecito.

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miércoles 30 de septiembre de 2009

Hasta vino mi "amiguita"

Pues ya pasó. Y no me dolió... tanto. El ego es lo único que traigo abollado, magullado, ninguneado y todo lo malo que termine en -ado. Para compensar semejante vapuleo moral, mis hijas me hicieron un pastel de chocolate exquisito. Dicho pastel ya forma parte de mí a modo de lonja. La fiesta de cumpleaños resultó de lo más animada: mañanitas, tarjetas, regalos (dos discos: uno con tres sonatas para violín, de Brahms, y otro con... ¡el Réquiem, de Mozart!). Cuando estaba por concluir el jolgorio llegó una amiga, delgadísima como siempre, y me dio un abrazo casi erótico. Mi mujer no se puso celosa. Al contrario. Se fue muy tranquila a buscar la cámara. Podría jurar que hasta contenta iba.

Aquí, la foto del abrazo casi erótico:

"Conque cumplimos cuarenta, ¿eh?
¡Ven a mis brazos, papucho!".

Y con esta bonita imagen doy por acabados los festejos.

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